El manuscrito de las almas Capítulo 6
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Capítulo 6

M argery y Angus separaron sus caminos. Como cada vez que la mandaba a comprar, no la volvería a ver hasta la puesta del sol.

Las primeras veces Angus había acusado la preocupación, pero Margery era perspicaz y le gustaba explorar el mundo a su alrededor, así que no le quedó más remedio que aprender a convivir con el miedo a cambio de que no viese en su padre un freno a su instinto, aunque a veces sus desavenencias terminasen en disputas.

La humedad pesaba en el ambiente. Le inundaba los pulmones tanto que el frío parecía emanar desde su interior.

Le adormeció la piel hasta el punto de que percibía el pinchazo de una esquirla como una caricia.

Se dirigía a la casa de una paciente y, conforme se aproximaba a su destino, evocaba con más fuerza el recuerdo de la muerte de su anterior paciente.

Se esforzó en no recluirse en casa durante tantos días, más por sentido del deber que por tener la fortaleza necesaria, pero en el fondo no soportaba la carga de tanta responsabilidad.

Debía hacer lo que fuese para cesar la tormenta que lo anegaba por dentro.

Mantuvo los puños cerrados, uno cobijado dentro del gabán y el otro sujetando el maletín, y avivó el paso hasta llegar al domicilio.

Su paciente, una mujer joven que se acariciaba continuamente su turgente barriga casi sin percatarse de ello, lo alentó a entrar a la estancia con premura, donde respiró la calidez del hogar. Sus mejillas incandescentes denotaban su desasosiego.

—Haga lo que sea, doctor —le imploró—, pero asegúrese de que el bebé esté bien.

Angus la exploró exhaustivamente: escrutó cada palmo de su piel en busca de algún indicio pernicioso, olió su aliento, evaluó su respiración agitada y examinó sus dilatadas pupilas. Recabó toda la información sobre su rutina y sus sensaciones hasta que obtuvo el diagnóstico más probable.

—No podemos saber si eres tú o es el bebé el que está enfermo, así que no voy a recurrir a la sangría —dictaminó Angus—.

Eso solo serviría si es tu sangre la que está enferma.

Pero si no fuese así no solo nos arriesgaríamos a males mayores, sino que podría afectarle muy negativamente.

En principio, lo más plausible es que se trate de algún problema digestivo.

Así que te vas a preparar una solución de vinagre y miel, que es el tratamiento menos intrusivo que conozco, para que te purgues.

El bebé también absorberá el líquido, por tanto, si fuese él, lo limpiará igual.

Hazlo dos o tres veces al día, y no te preocupes si te hace vomitar, que de esa forma también funcionará.

Reduce la ingesta de alimentos al mínimo durante un par de jornadas.

La joven asintió, aunque su rostro no pareció recuperar ni un ápice de tranquilidad.

—¿Y el bebé? ¿Estará bien?

—Ese no es mi campo, Grace, no sabría decirte —admitió Angus sin tan siquiera mirarla a la cara mientras guardaba sus artilugios—.

Si estás muy preocupada, sé que últimamente algunas comadronas se están interesando por los cuidados previos al parto.

Pero, insisto, no soy muy ducho en la materia, no está entre mis atribuciones.

—A él le intrigaba más el fin de la vida que el inicio de esta.

La mujer, cabizbaja, se resignó en silencio—.

No obstante, si quieres puedo preguntar por si alguna mujer estaría dispuesta a verte.

Aunque te advierto que puede salirte caro, no sé si realmente merece la pena.

—Tan solo quiero asegurarme de que el bebé está bien —repuso implorante.

—Sigue mis pautas y en unos días vuelvo a ver cómo te va. Si no has mejorado, podemos pensar en buscar a alguna partera. —Angus percibió un atisbo de satisfacción en su mirada, un brillo en sus ojos—. Aunque sigo pensando que nadie como tu madre para asistirte en el parto.

—De eso no me cabe la menor duda, doctor. Son solo estas fiebres las que me tienen en vilo.

—Por cierto, ¿dónde está?

—Hace un rato que se fue al mercado, tiene que estar al llegar. ¿Puedo ofrecerle algo de comer y la espera? Se alegrará de verle.

Angus rechazó la oferta, pues aún tenía que visitar a otros pacientes y quería evitar que la oscuridad lo alcanzase de vuelta a casa. El sendero en las afueras se tornaba muy turbio cuando caía la noche y no había traído consigo la lámpara a fin de resguardar al menos una mano en la gabardina.

Salió al exterior y anduvo unos cuantos pasos calle abajo cuando oyó que alguien lo llamaba efusivamente a su espalda.

—¡Angus! ¡Angus, espera! —La mujer lo alcanzó, pero dado su sonoro jadeo necesitó unos segundos para recobrar el resuello—. ¿Cómo has visto a mi hija? ¿Está bien? ¿Y el bebé?

—Por ahora todo en orden, no te preocupes. —Ella sonrió aliviada—. En unos días volveré, solo por asegurarme, pero no tenéis nada que temer.

—¡Qué alegría, Angus! Estamos muy expectantes con la llegada de la nueva vida. Parece que el tiempo no pasa cuando deseas algo con tanta fuerza.

—Ten paciencia, que al final todo llega —anotó Angus—. E intenta calmar a tu hija, que se preocupa en exceso. No le pasa nada que no le podría pasar a cualquiera. Bueno, a cualquiera excepto a ti, que en cuarenta y un años jamás te he visto enfermar. ¡Qué fortaleza! Te la has quedado toda para ti.

Soltaron sendas carcajadas que terminaron de relajar la poca tensión que flotaba en el ambiente.

—De niños siempre era yo el que enfermaba y tú la que tenías que venir a visitarme cuando estaba en cama. Nunca al revés. De hecho, no recuerdo haberte visto enferma, ahora que lo pienso.

—Y que Dios quiera que siga siendo así. Yo rezo cada día al Señor para que la nueva vida que se avecina tenga, por encima de cualquier otro atributo, esa resistencia. No hay nada más valioso en estos tiempos que corren.

—¿Qué opinaría tu pastor si te oyese rogar por la intermediación sagrada? —preguntó Angus mordaz—. No te volvería a dejar entrar en la iglesia.

—¡Necedades! Dios solo hay uno. Protestantes, católicos… Da igual lo que digan unos u otros sobre cómo llegar a Él —espetó la mujer con indignación—. Yo ya estoy muy mayor para que vengan a cambiarme las cosas de lugar.

—No te quito la razón, pero ándate con cuidado con lo que dices. Y, sobre todo, delante de quién lo dices. —Angus agachó la cabeza y prosiguió entre susurros—: Que estos temas son tan sensibles que al final acaban sirviendo como excusa para cometer verdaderas atrocidades.

La mujer se santiguó con el semblante rígido de nuevo.

—Y tú, ¿cómo lo llevas con Margery? ¿Mejor?

Angus exhaló un suspiro delator mientras meditaba bien sus palabras.

—Solo por momentos, honestamente. Criarla solo es más duro de lo que pensaba.

Cuando estoy trabajando, no puedo dejar de tenerla a ella en un segundo plano constantemente.

Pero, cuando es ella la que sale de casa, esa sensación se exacerba todavía más.

Al final tengo la cabeza dondequiera que esté ella —aclaró—.

No obstante, eso es una carga con la que puedo vivir.

Lo peor es la creencia que me sobrevuela en todo momento, esa que me hace dudar de si ella se siente en casa o no.

A veces es como si no existiese un vínculo real en­tre nosotros.

Y, si a estas alturas no lo hay, ¿por qué habría de pensar que algún día lo habrá?

Dos años atrás, cuando una violenta tormenta lo sorprendió tan lejos de su hogar como de su destino, Angus tuvo que guarecerse en un pasaje al que, por su estrechez, accedía una cantidad de agua ínfima.

A pesar de ello, un río lo atravesaba de lado a lado.

Un poco más al fondo, derrumbada sobre unos escalones, discernió la figura de una niña que no se inmutaba ni con el empuje incesante del agua.

Al aproximarse, la vio tendida bocarriba, con los párpados caídos y el resto del cuerpo encogido sobre sí mismo.

Intentó reanimarla, pero esta no reaccionó.

Su cuerpo era enjuto y la ropa empapada marcaba su figura esquelética.

Volvió a repetir el gesto, golpeándola con más fuerza.

Entonces la criatura soltó una bocanada y entreabrió los ojos un instante antes de volver a caer en la inconsciencia.

En ese momento, sus músculos se destensaron y su cuerpo se quedó flácido.

Angus la tomó en volandas y cruzó la tempestad, casi sin esfuerzo debido al peso de la niña.

Lo peor fue luchar contra las inclemencias del tiempo.

El camino era resbaladizo, y el tramo final hasta su casa, escarpado.

Había que sumarle la fatiga, que lo llevó a hincar la rodilla hasta en dos ocasiones.

Pese a todo, consiguió mantenerla a salvo hasta que cruzó el umbral.

La arrimó a la chimenea y Angus prendió la llama a toda prisa.

Trajo cuantas mantas tenía a su alcance y la envolvió con ellas.

Su respiración era frágil, muy lánguida.

Su consciencia aún estaba ausente. Angus intentó que tragase un elixir que la haría entrar en calor, que le serviría de reconstituyente, pero este se derramó por su mejilla.

Con todas las opciones malogradas, solo le quedó esperar.

Y, por azares del destino, funcionó. El médico no se había separado de ella en ningún momento cuando notó el pecho de Margery elevarse con tesón.

Sus ojos se abrieron con lentitud, como si la luz del fuego la estuviese cegando.

Abrió y cerró varias veces las manos. Fue en ese instante cuando, por primera vez, sus ojos se cruzaron con los de Angus.

No había rastro de sorpresa alguno, solo alivio y calma.

Todavía hubieron de pasar horas hasta que su piel gélida se atemperase, pero al menos ya pudo comer algo.

Lo justo para colorear su, hasta entonces, tez pálida.

Con las primeras palabras que intercambiaron, Angus descubrió que la niña era huérfana y había pasado su vida deambulando sola en busca de supervivencia.

Angus decidió poner remedio a esa situación y la adoptó, a lo que la niña accedió con renovada ilusión.

—Escúchame, Angus —dijo la mujer poniéndole la mano sobre el hombro—. Margery tuvo mucha suerte de que fueses tú el que la encontrase aquel día. No puedo imaginarme a nadie mejor para ofrecerle la vida que antes no tenía.

El doctor suspiró nada convencido. Fue a decir algo que finalmente se ahogó en su garganta.

—Y no solo le salvaste la vida aquella vez.

Sin irnos tan atrás, ¿qué me dices de hace un mes?

Asegurabas que no sobreviviría y mírala ahora.

Ahí sí que hubo algo de intermediación divina, aunque te resistas a creer en los milagros.

—Se rio de nuevo y consiguió arrancarle una sonrisa a Angus, que poco a poco recuperaba la compostura—. Por cierto, ¿está ya sana del todo?

Angus asintió y sus facciones se rigidizaron.

Si había algo peor que ver morir a un paciente era que ese paciente fuese un ser querido.

Cuando se la encontró por primera vez bajo la lluvia, sufrió por ella como lo habría hecho por cualquier otro paciente.

Pero cuando cayó enferma esa última vez, tras dos años de convivencia y de lo que se podría considerar paternidad, notó como si le hubiesen extirpado el corazón y lo hubiesen estrujado ante él mientras le apresaban los brazos a la espalda.

Como si le estuviesen desgarrando la piel pedazo a pedazo o arrancando los dientes uno a uno.

Lo que vino después, aquellas lúgubres veladas, cambió el rumbo de su vida para siempre.

—Sí —contestó Angus sin ofrecer más detalles.

El tembleque del brazo reveló que tocaba zanjar el asunto. Una ligera tirantez se había instalado entre ambos y los había acallado, con lo que era hora de marcharse. La mujer se le adelantó.

—Me alegro, pues —concluyó. Lo miraba con las cejas caídas—.

Tengo que entrar ya, Grace necesita de mis cuidados.

Vuelves en unos días, ¿no? A ver si lo haces con menos prisa y podemos recordar viejos tiempos.

Aquellos años en los que no había más preocupación que descubrir lo que el mundo tenía que ofrecernos.

—Quedan ya lejos… Pero sí, estaría bien revivir anécdotas.

Luego se despidieron afectivamente y Angus siguió su ruta establecida. Sin embargo, la zozobra lo acompañó el resto de la jornada sin saber muy bien qué le inquietaba. Incapaz de despojarse de la pesadumbre que lo sometía por dentro.