Capítulo 5 #3
—¿Ves? Por eso nosotros hacemos una celebración cuando alguien muere para ahuyentar a los malos espíritus con música y juegos —se mofó—.
Pero no, no creo que ese gato fuera Sìth.
Además es una leyenda de las Tierras Altas, habría tenido que andar mucho para llegar hasta aquí. Te lo digo por experiencia.
Flora se lo tomó a broma, pero yo había vivido aquel momento y la duda ya estaba sembrada. No podía dejar de pensar si habría algo de real en aquella creencia.
—¿Qué más me puedes decir de ese ser? ¿Hay forma de recuperar el alma robada?
—Las leyendas, sean las que sean, son difusas, tú lo sabes.
Dependiendo de la región, hay quien te dirá que el gato Sìth es una bruja que se puede transformar en gato hasta ocho veces, y que, si lo hace una novena vez, queda atrapada en ese cuerpo animal para siempre.
—Los rasgos joviales de su cara se destensaron—.
En serio, Roy, solo son cuentos. Tu madre está ahora observándote y estoy seguro de que no deja de llorar porque no la dejas ir.
Una gota rebotó en el dorso de mi mano y se deslizó hasta caer al suelo. Y esta dio paso a una lluvia ligera.
—¿Lo ves? —ratificó Flora recuperando las carcajadas—. Venga, Roy. Vamos a resguardarnos a la taberna y así te resguardas también de ti mismo.
Accedí ante la insistencia. Quizá necesitaba alboroto para no oír mis pensamientos. Puede que el ruido y la conversación me hiciesen apartar de mi mente por un rato lo que se agolpaba en mi cabeza.
El trayecto se hizo corto. Aunque ella no lo necesitaba por su atuendo, recorrimos el camino aprisa para evitar que acabase empapado. Nos sentamos en la barra y pedimos cerveza.
— Slàinte! —entonó Flora con la primera jarra alzada en el aire.
—¡Salud! —dije imitando el gesto.
Poco habría de durar ese respiro. Cuando apenas había consumido la mitad de la bebida, algo rompió la atención que tenía puesta en Flora. Giré bruscamente la cabeza y grité hacia el fondo de la barra:
—Disculpe, ¿qué acaba de decir?
El tabernero, como si un animal salvaje acabase de entrar a su local, se acercó.
—Escúchame, Roy, no quiero peleas, ¿me oyes?
—No busco bronca, solo es que me ha parecido oír algo extraño y quería asegurarme.
—¿De qué se trata? ¿Puedo ayudarte yo? —recalcó el tabernero, que acababa de soltar lo que tenía entre manos y se había posicionado frente a mí con el ceño fruncido.
—¿Ha dicho algo de un ángel?
El tabernero se relajó una vez que hubo descartado cualquier indicio de disputa y le hizo un gesto al hombre en la distancia. Este se aproximó.
—¿A qué venía eso de un ángel? —repetí.
El rostro de Flora rezumaba extrañeza y sus brazos parecían estar preparados para entrar en acción en cualquier instante.
—Le estaba diciendo a este señor —dijo señalando al tabernero— lo mal que estaba mi tía antes de morir. Tenía delirios y visiones, entre ellas la de un ángel que había ido a salvarla. Ya sabe, cuando la cabeza se va antes que el cuerpo…
—¿Mencionó algo en concreto sobre ese ángel?
—Venga, Roy —intervino Flora—. Déjalo ya, que lo estás incomodando. Y a mí también.
El hombre se mantuvo impasible y resolvió mi duda, que me cayó como una losa.
—Lo llamó Ángel de la Misericordia. ¿Por qué?
El hombre continuó escrutándome con esa mirada de duda razonable, pero mis labios se habían sellado.
Comencé a parpadear con frecuencia, notaba cómo se me resecaban los ojos.
Un sabor amargo y pesado, recién instalado en la boca, se dejaba caer por la garganta.
Al tratar de escabullirme del lugar, me tropecé.
Me erguí como pude y logré salir de nuevo a la gélida y húmeda noche.
Corrí vía abajo, dejándome llevar por la inercia como si fuese un murciélago en la oscuridad. La confusión y la ira se entrelazaron.
Llegué de nuevo al cementerio y me arrodillé sobre la tumba de mi madre.
Comencé a golpearla con el puño y a vociferar al aire.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué trataban de decirme?
Entre lamentaciones, distinguí una figura recortada frente a mí.
Era el sepulturero. Me abalancé sobre él y lo agarré de la túnica.
La pala se le escapó de la mano menos mala.
—¡¿Dónde está?! —exigí a voces. Mi nariz casi tocaba la suya—. ¡Vamos, dímelo! ¿Dónde está tu amigo? Decía que lo sabía todo sobre este pueblo, ¿no?
El sepulturero tenía el rostro pálido y el cuerpo encogido, pero aquello no me hizo retroceder un ápice.
—¡Dime dónde encontrarlo! Al vagabundo, tú lo conoces, ¿no es así?
Y entonces sentí un monumental azote en el lateral de la rodilla que me hizo doblegarme e hincarla sobre la tierra. Aflojé los puños y el sepulturero quedó en libertad. Este se alejó a trompicones.
—Jovenzuelo, deja al chaval, que él no te ha hecho nada —dijo una voz que reconocí desde las sombras—. Si andabas buscándome, aquí estoy. Pero, si la próxima vez apareces con esos modales, no tendré tanta consideración.
Acto seguido pude discernir los pliegues de su carne y la sonrisa excesiva del vagabundo misterioso. Sujetaba el bastón con el que me había subyugado a su voluntad.
—¿Y bien? —me desafió.
Cuando recobré el aliento y la serenidad, me erguí frente al anciano.
—¿Quién es el Ángel de la Misericordia?