El manuscrito de las almas Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Puede hacerme un favor? —añadió—. Intuyo que sabe leer. ¿Podría leerme algún pasaje de las memorias de mi hermana?

Accedí con gusto, en parte por devolverle el favor esa noche, en parte por aliviar un poco su dolor. Los recuerdos, si son buenos, pueden curar el alma.

Le leí las primeras páginas del libro en las que Octavia recreaba una escena de su niñez.

Un niño trataba de robarle un beso y ella, pese a desearlo igual, se negaba porque no era propio de una señorita.

Aquel coqueteo daba paso a un juego divertido entre dos niños descubriendo el amor sin saberlo.

Salté unas páginas, hasta otra escena de su juventud en la que la propia Leslie aparecía, aunque todavía como una niña de teta.

Los párpados plegados y unas pequeñas arrugas en torno a las comisuras de la anciana evidenciaban que se encontraba allí, viendo a su hermana por última vez. Al terminar, se mostró agradecida. Nos despedimos sin muchos aspavientos.

Para entonces, la mayoría de los faroles frente a las viviendas ya iluminaban débilmente las callejuelas, por lo demás, lóbregas.

Volví a notar la atracción de la taberna frente a mí, no tenía más sitio al que ir.

En ese segundo intento llegué a poner un pie dentro, pero la alegría que se respiraba en la estancia me agobió. Hui sin mirar atrás.

Fui a parar al cementerio, carente de luz y de vida.

¿Qué pretendía hacer allí? En ese momento no lo supe.

Las piernas me habían alejado de todo rastro de felicidad para llevarme al lugar que me correspondía, frío y solitario.

Me senté entre las dos elevaciones de tierra donde yacía mi familia.

Hundí ambas manos en la tierra casi seca y traje conmigo sendos puñados que apreté y apreté hasta que se me escurrieron entre los dedos.

Solo dejaron una fina capa de polvo en las palmas.

Los ojos se me empañaron y, como si me estuviera escondiendo de mí mismo, me dejé caer entre las rodillas.

Unos pasos me sacaron del trance. Me limpié las lágrimas de la cara y la llené de tierra en su lugar. Al girarme, vi la enorme capa que se perfilaba ante mí y no tuve duda alguna de quién era. Hasta ese momento no había advertido lo alta que era, especialmente desde donde la observaba.

—¿Qué haces aquí, Flora?

—¿No es obvio? Te he seguido. —Sus labios trazaron una sonrisa que se quedó ahí durante el resto de la charla—. Estaba en la taberna y, como no tengo a nadie con quien hablar, me paso el rato mirando de un lado a otro. Te he visto entrar y salir, y no me lo he pensado.

Flora desplazó la pesada vestimenta que la resguardaba del frío y se sentó junto a mí. Ambos teníamos la vista puesta en el bosque donde se perdía el paisaje.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—Si te soy sincero, no lo sé. Sentí que la taberna no era lugar para mí en este momento. Ya viste cómo acabé la última vez y no tengo la suficiente confianza como para asegurar que no volvería a suceder algo así.

—Si bebes tú solo, puede. Pero ahora me tienes a mí para vigilarte. ¿Por qué no nos vamos de aquí? Este lugar sí que no es para ti. Ni para nadie más que para los que ya no están entre nosotros.

Flora no insistió ante mi silencio. ¿Por qué seguía sentada junto a mí?

Se había levantado un viento helado que yo había aceptado como penitencia, pero por el que ella no tenía por qué pasar.

No sabía qué pretendía, pero no encontraría en mí a alguien que se compadeciese de ella.

Si quería continuar a la intemperie sin razón era decisión suya.

—¿Qué te hace sentir este lugar? —preguntó—. ¿Por qué aquí y no en tu casa? ¿Es porque te sientes más cerca de ellas?

Me encogí de hombros. ¿Era esa la causa?

—Ahora mismo las voces que gritan en mi cabeza no me permiten reflexionar con claridad. Mi pensamiento es una mezcolanza de pasado, presente y un futuro que no creo que suceda.

—¿Por qué dices eso? Estás aquí, ¿no? Está sucediendo.

—Pues porque todavía no me imagino un futuro en soledad. Todavía las veo a ellas, pese a que la razón me diga lo contrario.

Flora se abstuvo de hablar. Mi irritación pareció sobrecogerla, si bien permaneció férrea y no se marchó.

Aunque no era mi intención, bien podría haber entendido mis maneras como una forma de decirle que no quería a nadie a mi lado.

Al menos a nadie que no fuesen ellas. No obstante se quedó haciéndome compañía.

—El día que enterré a mi madre —comencé tras unos minutos que templaron mi ánimo—, justo antes de sepultarla, un gato se colocó justo allí. Su mirada me estremeció y el pelo erizado me asustó. Parecía que iba a abalanzarse sobre mí, pero al final sorteó la zanja y se perdió en la arboleda.

Flora soltó un resoplido y se rio sutilmente.

—¿Has oído hablar alguna vez del gato Sìth?

—Negué con la cabeza. Flora prosiguió entre susurros—: Se trata de un espíritu maligno encarnado en la figura de un gato negro, salvo por una zona blanca en el pecho.

Lo gracioso de esto es que puede robar el alma de una persona que ha fallecido si salta sobre esta antes de ser enterrada.

Si eso pasa, pierden la oportunidad de trascender a la otra vida y los deja atrapados en algún lugar entre el cielo y la tierra.

—No lo había oído hasta ahora —repuse con interés creciente y con un leve nerviosismo—. ¿Crees que es posible? ¿Que le haya robado el alma a mi madre? El gato era tal cual lo has descrito.