El manuscrito de las almas Capítulo 5
14%

Capítulo 5

L a avena desmenuzada e hinchada navegaba a la deriva en aquel caldo de la misma manera que lo hacía mi mente a través de los recuerdos.

Lejos de dibujarme una sonrisa, se me clavaban y me retorcían.

Podía ver la figura de mi joven Catriona majando el cereal con delicadeza, llevando a ebullición la cantidad justa de agua y agregando a la mezcla un sutil pedazo de mantequilla que culminaba en una equilibrada pasta a la que añadía unas gotas de leche para aportar cremosidad.

Era una brose digna de un rey. Entonces me miraba de soslayo y se sonrojaba al advertir que yo no le había quitado el ojo de encima.

Pese a estar encinta, se movía con gracilidad, como si no cargase con ese peso adicional, como si flotase sobre una nube.

Aquella imagen recurrente se iba desvaneciendo a paso lento, cada día algún detalle desaparecía del cuadro, un matiz del aroma se perdía.

Comer se había transformado en una necesidad tan prescindible en mi rutina que apenas le prestaba atención.

Una papilla de avena en crudo o, en el mejor de los casos, convertida en torta con una faja me servía para mantener vivo mi cuerpo otra jornada más en la que perderme en el pasado.

Ese día, por razones que nunca supe, intenté revertir la situación, pero la papilla aguada e insípida resultante, incapaz de evocar sensación alguna, más válida como argamasa con la que construir edificios que como manjar, se encargó de recordarme que nada volvería a ser igual.

Como un pajarillo que hubiese perdido un ala, debía asumir que jamás alzaría el vuelo.

Prendí la lámpara de aceite y salí de casa desanimado.

El pueblo todavía bullía, pues el tono azafranado del sol aún se vislumbraba más allá del horizonte, aunque la oscuridad no tardaría en devorarnos.

En medio de la plaza, una multitud se congregaba en torno a dos teatreros que hacían bailar sus títeres emulando una escena de la aristocracia con jocosidad.

Pasé de largo, mi meta se encontraba unos pasos más adelante.

La turbación me detuvo antes de abrir la puerta.

¿Sería capaz de mantener la compostura o acabaría dejando que el alcohol me controlase otra vez?

Estaba cayendo en una espiral de la que cada vez me costaría más salir, pero nada me animaba a lo contrario.

Entre divagaciones, observé la casa frente a la taberna.

El recuerdo de la mujer muerta y su hermana llorando acudió de nuevo a mi mente y me movió hasta el otro lado de la calle.

Octavia Clark se llamaba, todavía me acordaba.

Golpeé entonces la puerta con los nudillos.

Los goznes chirriaron y reconocí el rostro al otro lado del umbral.

—¿Hola? —dijo temerosa tras unos segundos de silencio.

—Hola… No sé muy bien a qué he venido, en realidad. —La situación me abrumó, pues el impulso inicial había dado paso al bochorno—. Me llamo Roy y estuve aquí la noche en que su hermana… La noche en que falleció.

El semblante de la mujer, con al menos diez años más que yo, no se inmutó. Se mantenía escondida, a la espera de entender qué esperaba de ella.

—Le parecerá extraño, pero vi algo que llamó mi atención en el cuerpo de su hermana aquella noche y me gustaría comentarlo con usted.

—Su recelo estaba más que justificado, pues podría ser un maleante o un atracador.

Alcé la lámpara con la esperanza de que la iluminación sobre mi rostro jugase a favor—.

Mi madre murió poco antes en circunstancias muy similares, o al menos eso me empeño en creer.

Aunque ya no sé si es el deseo de encontrar un motivo o es que de verdad hay algo más.

Las palabras se fueron apagando hasta que se ahogaron en mi garganta. Me sentí ridículo. Estaba a punto de disculparme y retirarme cuando la mujer terminó de abrir y, con un ademán, me instó a entrar.

—Puedo ofrecerle algo de leche —dijo cordial.

—Descuide, estoy bien. Tan solo quiero charlar —repuse agradecido—. ¿Cuál es su nombre?

—Leslie —contestó, todavía suspicaz. Luego se dirigió hacia una pequeña mesa redonda y me hizo gestos para que la acompañase.

Rellenó el candil con grasa de cachalote y encendió la mecha alrededor de la cual nos sentamos. Nos miramos hasta que por fin rompí el silencio.

—Creo que es justo que, antes de preguntarle nada, le cuente a qué viene todo esto.

—Me llené los pulmones de la fina fragancia que desprendían los primeros vapores de la vela y arranqué—: Mi madre murió hace unas semanas, sin más razón que el paso del tiempo.

Era una mujer mayor, aunque no negaré que me sorprendió que se fuera casi de improviso.

He de aclarar que no enfermó, simplemente comenzó a sentirse más y más débil.

Estuvo postrada en cama unos días y finalmente se marchó.

—La imagen de mi madre desapareciendo cruzó fugaz por mi cabeza y sofocó mis palabras.

Tragué saliva para deshacer el nudo antes de continuar—: Nada extraordinario, salvo por el hecho de que descubrí una marca en su espalda, una especie de cicatriz amorfa, que se parecía mucho a la que también tenía su hermana.

Yo no se la había visto hasta entonces, de ahí que venga a preguntarle si usted lo sabía.

A conciencia, decidí obviar la parte en la que había exhumado el cuerpo sin vida de mi madre para encontrar esa seña en su dorso. Solo habría conseguido generar más desconfianza en Leslie.

—Solo puedo decirle que, desde que tengo uso de razón, tenía esa cicatriz. Nunca le pregunté por ella. Precisamente por eso, porque para mí siempre estuvo ahí.

—Pero hay algo que no entiendo —la interpelé confuso—. ¿Se refiere a que era de nacimiento?

—Al menos desde mi nacimiento —aclaró con una voz que casi costaba distinguir pese al sosiego de la estancia—. Quizá lo que le falta por saber es que Octavia era mucho mayor que yo. Me sacaba dieciocho años.

La sorpresa debió de reflejarse en mi cara porque Leslie esbozó media sonrisa antes de continuar:

—Octavia era mi medio hermana, aunque para mí siempre fue mi hermana con todas las letras.

Somos hijas de distinta madre. La suya la abandonó a ella y a mi padre mucho antes de que yo viniese al mundo.

La mía, en cambio, murió en el parto. Así que siempre estuvimos los tres solos: mi padre, Octavia y yo.

—Leslie dejó caer ligeramente la cabeza—.

Primero se fue él y ahora ella… Y yo no tardaré mucho.

Entendía aquel sentimiento, era mi fiel escudero desde que la desgracia asolara mi hogar. No era quién para llevarle la contraria, para engañarla con que todo volvería a la normalidad, porque tenía la certeza de que no lo haría.

—¿Nunca se casaron ni formaron su propia familia?

—Por unas cosas u otras no. Creo que ambas compartíamos un sentimiento especial hacia nuestro padre, como si necesitase de nuestra protección.

De una u otra forma había sido abandonado continuamente y nos negábamos a hacerle lo mismo.

No fue premeditado, jamás hablamos de ello.

Sucedió de manera natural. Simplemente solo nos necesitábamos nosotros tres.

Asentí y enmudecí. Una larga pausa dejó el siseo de la llama como ruido de fondo hasta que Leslie salió de su ensimismamiento.

—Siento no poder ayudarle con lo de la cicatriz de su madre. Quizá hubo algún brote virulento en el pasado que afectara a mucha gente de los alrededores.

Leslie se encogió de hombros y se puso en pie, dispuesta a dar por finalizada la conversación, pero yo aún tenía algo más que decir.

—Una última pregunta: ¿tenía su hermana unas memorias?

Aquello no podía ser otra casualidad más, debía de haber alguna conexión. Leslie tomó asiento de nuevo.

—¿Cómo sabe usted eso? —La mirada se le endureció y la voz pareció temblarle.

—Sostenía un libro aquella noche. ¿No se dio cuenta?

—Apenas recuerdo nada de esa noche, solo las lágrimas. Los recuerdos se me emborronan.

Entonces se calló y se dirigió hacia el otro extremo de la estancia, donde la escuché rebuscar en un cajón. Al poco regresó con el libro y lo soltó sobre la mesa.

—Nunca me interesé por aprender a leer, así que no lo he leído. Reconozco el nombre de mi hermana, pero nada más.

Acaricié la encuadernación tiznada de marrón, bordada con finos hilos amarillos que simulaban el oro y los remaches de acero que preservaban las esquinas.

Pasé las primeras hojas con suavidad. Cada trazo de aquellas líneas manuscritas estaba cuidado con esmero, sin una sola letra más gruesa que otra, con una forma elegante, a veces redondeada y otras, puntiaguda.

—¿Por qué cree que sostenía el libro en ese instante? —le pregunté sin despegar la mirada de las escrituras.

—Sus últimos momentos fueron extraños. Me refiero a justo antes de reparar en que se estaba muriendo.

La oí divagar entre susurros desde el camastro y solo cuando me acerqué logré distinguir algo.

Hablaba de algo así como… como el Ángel de la Misericordia.

Afirmaba que había estado allí, que al fin había venido para salvarla, para redimirla de los pecados de su osadía.

Entonces reparé en que estaba sudando como nunca antes. El resto de la historia ya la conoce.

Estuve tentado de compartir con ella lo que me azoraba, hablarle de las memorias de mi madre, pero recapacité.

Si ella no me lo preguntaba, prefería no sumirla en la tormenta que sacudía mi mente.

Al terminar de pasar todas las hojas, cuando ya solo restaba abatir la tapa trasera sobre el manuscrito, algo captó mi atención.

En una esquina estaban escritas las letras A y M, grandes y oblicuas.

Ya había tomado la determinación de no hacer partícipe a Leslie de mis turbaciones, pero me fue inevitable no leer mentalmente el Ángel de la Misericordia que acababa de mencionarme, pese a lo ilógico que sonaba.

—Muchas gracias por su tiempo, Leslie —concluí al tiempo que le devolví el libro—. No la entretengo más. Siento mucho su pérdida, de verdad. Cuídese.