Capítulo 4 #2
Y no volvió a saber de él hasta que pasó algo más de una semana, cuando el sepulturero aporreó la puerta de Angus. Empujaba una carretilla con un solo agarre en el centro para su brazo izquierdo, pues el derecho lo tenía totalmente pegado al tronco.
—¿Dónde? —interpeló el sepulturero.
—Vamos a la caseta —indicó Angus mientras cogía su maletín minuciosamente preparado para la ocasión—. No puedo meter un cuerpo en mi casa.
—Dos —corrigió el sepulturero.
—¡¿Cómo?! —Fue entonces cuando Angus advirtió el exagerado tamaño del saco que llevaba sobre la carretilla—. Te pedí solo uno. ¿Qué voy a hacer con dos?
El chico se encogió de hombros.
—Me dijo que era posible que necesitase otro más. No sabemos cuándo volverá a morir alguien —se justificó—. Además, cuantas menos veces desentierre un cadáver, menos riesgo hay de que nos pillen… A los dos.
Angus lo asumió a regañadientes y le dio el pago acordado para dos cuerpos. Se dirigieron hacia la parte trasera de la casa.
—Ahora estamos unidos por algo muy serio. —El médico rompió el silencio—. ¿Ni siquiera te vas a dignar a decirme tu nombre?
—Puede llamarme Bob —atajó—. Bob Scott.
Alcanzaron el pequeño cobertizo, que en su interior albergaba la madera para todo el invierno y algunas herramientas, y se adentraron en él.
Angus colocó la vela en una balda y Bob arrojó sin escrúpulos el saco al suelo.
Sin articular palabra, se dio media vuelta y se disponía a irse cuando Angus lo interpeló una última vez.
—Por favor, déjame tu pala.
Bob frunció el ceño. No parecía entender la petición ni mucho menos estar dispuesto a aceptarla.
—¿No tiene usted una pala?
—¿Para qué iba a tenerla? No es algo que necesite ni que use a menudo —repuso Angus—. Al menos me debes eso. Por traerme dos cuerpos en lugar de uno.
Bob se agachó con dificultad y sacó la pala de madera que hasta ese instante reposaba en un hueco bajo la carretilla.
—Tendrá que devolvérmela mañana —le advirtió mientras se la ofrecía—. Recuerde que sin ella yo no puedo trabajar.
—Sé dónde encontrarte —zanjó Angus.
Bob se mezcló en la noche mientras descendía el camino que lo devolvería al lugar del que procediera. Desapareció a ojos de Angus y este echó el cerrojo del cobertizo.
Desanudó el saco y el hedor a muerte lo abofeteó de tal manera que le hizo retroceder un paso y cubrirse la mitad del rostro con el brazo.
Consciente de lo que tenía frente a sí, volvió a acercarse con más tiento.
Terminó de abrir el saco y confirmó sus sospechas: la putrefacción provenía de uno de los cadáveres, que no parecía llevar muerto tan solo dos o tres días, como le había requerido a Bob.
Con sumo cuidado, evitando quebrar los delicados huesos y desmembrarlo, extrajo el cuerpo y lo extendió sobre el suelo.
La piel era ya una fina lámina seca y cuarteada que no tenía nada que proteger bajo sí misma.
Aquello no solo no le servía para sus propósitos, sino que se convertiría en un reclamo para fisgones si lo mantenía en el cobertizo mucho tiempo, pues el olor era intenso y lo impregnaba todo con facilidad.
Lo arrastró hasta el exterior sin apenas esfuerzo, pues solo transportaba un amasijo de huesos, y bordeó la caseta hasta llegar a su cara oculta, colindante con la arboleda.
Tomó la pala y empezó a remover la tierra con decisión.
Le llevó media noche alcanzar una profundidad que le permitiese dormir tranquilo, aunque solo hicieron falta dos embates con la pala para comenzar a notar un aguijonazo en el hombro.
Para cuando hubo finalizado, el dolor se había extendido a lo largo de ambos brazos y la zona baja de la espalda.
Chorros de sudor habían regado sin tregua aquella fosa y notaba el corazón latir en las sienes.
Hizo rodar el cuerpo y lo sepultó bajo parte de la tierra que había apartada a ambos lados del hoyo.
No culminó la tarea, pues sabía que habría de regresar antes del amanecer.
De vuelta en el cobertizo, extendió el otro cuerpo, mucho más entero, sobre una mesa alargada situada en uno de los laterales.
La mirada vacía de aquel hombre se cruzó con la suya y un sobresalto llevó a Angus a colocarlo bocabajo, como si temiese ser juzgado si le observaba durante demasiado tiempo.
El escalpelo se agitaba en su mano trémula a causa, a partes iguales, de la fatiga muscular y el pavor de lo que estaba a punto de hacer.
Apoyó el acero de la hoja sobre la piel de la espalda, inspiró profundamente y realizó la incisión con firmeza.
Apenas un hilo de sangre brotó, denso como el mercurio y más negro que el carbón.
Repitió aquello hasta cuatro veces hasta que la silueta de su recorrido se cerró por completo.
Luego tiró con cuidado, efectuando pequeños cortes para ir despegándola del cuerpo, hasta que se quedó con un pedazo grueso de piel en la mano.
Cargó con el cadáver hasta la improvisada tumba que había dejado a medio cubrir y enrasó el terreno sin apelmazarlo en exceso. En los próximos días volvería a por él.
No podía demorarse mucho más si pretendía no levantar las sospechas de Margery, así que se apresuró al cobertizo para dar comienzo con el procedimiento.
Puso en remojo la piel recién extraída y la limpió lo mejor que pudo.
Acto seguido, la hundió en un cuenco de sal que escondió en el saco, que a su vez ocultó bajo la madera para la chimenea.
Allí pasó unos días hasta perder el agua que contenía.
Angus la revisaba cada madrugada hasta que la piel estuvo a punto.
En las noches siguientes completó el proceso, de sobra conocido, con la urgencia de tener un cuerpo descomponiéndose detrás de su casa.
Volvió a hidratar la pieza, limpió el resto de contaminación, retiró la escasa capa de grasa que le quedaba, utilizó sustancias vegetales y finalmente la tiñó con un pigmento natural.
Forró varias tablillas de madera con el cuero recién hecho y fue entonces cuando encuadernó con estas una serie de hojas de sus más antiguos diarios médicos.
Recuperó el cuerpo de la zanja donde lo había echado y lo colocó en la mesa del cobertizo.
Se sentó en el suelo, sin despegar la vista de este, con el corazón tamborileando bajo el pecho.
Las sombras proyectadas sobre la pared bailaban al son de la llama de la vela que ya casi se había consumido.
Angus sabía que algo había de pasar, así que apuró la vela con tal de no perdérselo.
Aprovechó para repasar esas antiguas anotaciones recién encuadernadas que, para entonces, ya eran trivialidades para él.
Cada instante que pasaba era esperanza que se fugaba. La luz desapareció y no ocurrió nada.
Había intentado reproducirlo con exactitud, pero debía de haber errado en algo.
Devolvió a aquel hombre a la tierra para que pudiese descansar en paz de una vez por todas y regresó cabizbajo a su lecho, donde no pudo pegar ojo pese al agotamiento.
Volvería a intentarlo. Angus no albergaba duda a ese respecto.
Lo que le robaba el sueño era bajo qué premisa debía formular su siguiente hipótesis.