El manuscrito de las almas Capítulo 4
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Capítulo 4

C ada vez soportaba menos perder a un paciente y lo afrontaba aún peor.

Angus había fingido durante días una enfermedad que lo mantuvo postrado en cama para poder negarse a atender a verdaderos enfermos por el miedo a enfrentarse a otro fracaso.

Y eso avivaba aún más su sensación de derrota, sumiéndole en una espiral de la que le costaba salir.

Fue durante una cena, mientras se terminaba la papilla agria que le quedaba en el cuenco, cuando asumió que no podía postergarlo más y se armó de valor para dar el primer paso.

—Cómetelo de una vez —dijo Angus al ver a Margery recreándose con su cena—. La comida no es un juguete.

—Es que ya no tengo más hambre.

El rostro afilado y las facciones angulosas de la niña lo observaban con desconsuelo, aunque Angus había aprendido a que estas artimañas no le ablandasen con tanta facilidad.

—¿Y qué hacemos con eso? —preguntó señalando las sobras de su cuenco—. Sabes que la comida no está para tirarla.

—Y usted sabe que no me gusta el sabor de las sowans … Ha hecho demasiado —refunfuñó. Luego suavizó el tono—: Padre, ¿puede terminárselo usted, por favor?

Angus accedió y liberó a Margery de la mesa, que se levantó con renovada energía y se arremolinó en torno a la chimenea a adorar el fuego.

—Pero, en cuanto recoja todo esto, deberás acostarte —dijo el médico elevando el tono mientras acumulaba los dos cuencos y los transportaba a la encimera—. Ya es muy tarde.

Margery no protestó y, pasados unos minutos, ya se encontraba arropada bajo dos gruesas mantas de lana.

Su padre le besó la frente y le deseó dulces sueños.

Luego esperó hasta saber con certeza que Margery dormía profundamente.

Solo entonces se dirigió a su cuarto y abrió el baúl que había a los pies del camastro.

Era demasiado conocido y, si quería pasar desapercibido, no podía vestir con su indumentaria habitual.

Pese a que la oscuridad jugaba a su favor, el largo abrigo que lo llevaba acompañando durante tantos años era más que reconocible.

Hurgó entre ropajes antiguos y halló en el fondo un manteo viejo y desgastado.

Era de color negro, lo que le ayudaría a camuflarse entre las sombras, y su longitud era suficiente como para cubrir su cuerpo de arriba abajo.

Lo sacudió y una pequeña nevada de polvo quedó suspendida en el aire por momentos.

Luego se envolvió en él y se puso un gorro que hacía tiempo que no usaba y que ocultó sus facciones casi por completo.

Aunque se debatió entre coger o no el farol, al final optó por asegurar la clandestinidad, así que lo dejó en casa.

Buscaría la forma de desenvolverse llegado el caso.

Angus bordeó el centro del pueblo para acceder por una zona menos transitada.

Deambuló entre los pasajes más estrechos, por donde la escasa luz era absorbida hasta desaparecer.

Evitó las calles principales para no ser visto y negar así su presencia allí.

Tan solo podía confiar en los borrachos, pues sus recuerdos se desdibujarían en la memoria a la mañana siguiente.

A decir verdad, solo necesitaba a uno de ellos.

La callejuela por la que torcía el camino hacia la taberna era el lugar idóneo para esperar.

Se sentó, apoyado en la pared, y se hundió en sus propias piernas para taparse el rostro cuanto pudo, a la par que vigilaba la esquina atentamente.

El borracho se demoró más de lo previsto, pero acabó cruzando ante sus ojos, dando tumbos y, por suerte para Angus, desprovisto de acompañamiento alguno.

Lo siguió, guardando la distancia, hasta que tuvo la oportunidad de asaltarlo y reconducirlo a un callejón donde hablar en la intimidad de la penumbra.

Estaba tan ebrio que apenas se percató de aquel zarandeo.

Desorientado, su cabeza se meneaba de un lado a otro en busca de una explicación lógica.

No era consciente de dónde se encontraba ni cómo había llegado hasta ahí.

Angus ya había tratado con aquel hombre.

Ewan era a quien avisaba para que retirasen el cuerpo sin vida de algún paciente.

Él coordinaba a todos los sepultureros y enterradores del pueblo a cambio de unas monedas.

Poseía una cantidad que nadie amasaría en toda una vida dedicada a ese oficio.

Existían habladurías en torno a su persona sobre cómo había cosechado semejante fortuna que dilapidaba sin pudor en la taberna noche sí, noche también.

Angus ni aceptaba ni rechazaba los rumores, jamás le había importado la fuente de sus ingresos.

Pero, si la leyenda negra era cierta, en aquella ocasión le iba a venir muy bien para sus propósitos.

Con el uso de la razón turbado por el alcohol, Angus lo hostigó lo justo para averiguar lo que andaba buscando.

El borracho le confesó en quién de sus sepultureros podía confiar y dónde encontrarlo para plantearle un encargo.

Un encargo delicado que cruzaba la línea de la legalidad y, con toda probabilidad, de la moralidad.

Antes de desembarazarse del hombre, Angus sacó un diminuto frasco del bolsillo y se lo dio a beber sin que este opusiera resistencia.

Se aseguró así de que, junto con la resaca, Ewan tan solo rememorase aquella escena como un mal sueño.

El médico se puso de nuevo en marcha con presteza.

Se mantuvo pegado a las paredes de los edificios, como lo haría una rata para protegerse de los depredadores, y eligió los lugares más angostos y abandonados del pueblo para atravesarla.

Finalmente llegó al otro extremo. Vislumbró un pozo en medio del terreno.

El cielo estaba tan despejado como su mente, que se mantenía despierta y alerta ante aquel escenario inhóspito.

El claro de luna, que se filtraba entre las copas de los árboles que cercaban la explanada, iluminaba directamente el pozo y le confería un aura sobrenatural.

La sensación de exposición de Angus aumentó cuando se sentó sobre la roca fría y desgastada de aquel foso cuyo fondo burbujeaba, aunque la negrura le impedía discernir el motivo.

Según le había asegurado el borracho, el sepulturero merodeaba por esa zona cada madrugada y, tarde o temprano, terminaba haciendo acto de presencia.

El viento silbaba al escurrirse entre la espesura que lo rodeaba y el ambiente le erizaba el vello de la piel, pese a estar bien abrigado.

Era incapaz de distinguir la fauna que se escondía en el bosque, pues sus voces se mezclaban y distorsionaban entre sí.

Por fortuna, no advirtió ni aullidos ni rugidos.

Aun así, el sosiego se le estaba agotando.

Hasta que unos crujidos cercanos lo sacaron de su letargo y le torcieron el gesto.

Atisbó el contorno de una figura errática.

Entornó los ojos y divisó las facciones de un joven que rondaría la veintena.

El muchacho, con suma serenidad, se balanceaba en una dificultosa caminata alrededor de la parcela como si no se hubiese percatado de la presencia de Angus, aunque él tenía la certeza de que eso era imposible.

Después de unos minutos de curiosidad médica, al fin logró abstraerse de los hipnóticos vaivenes del chico.

—Tú eres el sepulturero, ¿no?

Su voz apenas fue un hilo quebrado que escapó de su cuerpo con dificultad, y el eco de sus palabras se diseminó hasta que el silencio volvió a reinar.

—¿Eres el sepulturero o no? —insistió Angus con más decisión ante la ausencia de respuesta.

—¿Quién pregunta?

—Me llamo Angus. He venido a encomendarte una labor muy importante a la par que arriesgada. ¿Y tú?

—¿Yo…? Yo soy el sepulturero.

El extraño permanecía esquivo y Angus era incapaz de dejar de contemplarlo dando vueltas a su alrededor.

—Ewan me ha hablado de ti —prosiguió Angus—.

Asegura que eres una persona cauta. Al menos lo suficiente como para encargarse de asuntos delicados con discreción.

¿Es así? ¿Puedo contar con ello? —El sepulturero no respondió, y, si hizo algún gesto, este pasó desapercibido entre los movimientos de su propia marcha—.

Te pagaré bien, si eso es lo que te preocupa.

—Suéltelo de una vez —masculló el chico entre dientes.

—No me andaré con rodeos. Necesito un cadáver relativamente fresco, de no más de dos o tres días.

—El ulular de un búho en paradero desconocido fue la única réplica que obtuvo—.

Te pagaré el doble de lo que cobres habitualmente por un trabajo ordinario para Ewan.

Y, si cumples con mis expectativas, es posible que vuelva a demandar tus servicios. ¿Qué me dices? ¿Tenemos un trato?

El sepulturero se detuvo por primera vez y asintió con la cabeza en su dirección. A Angus todo comenzó a darle vueltas, como si la singular caminata del muchacho, lejos de marearlo, lo hubiese mantenido hasta entonces equilibrado.

—Bien… ¿Cuándo puedes tenerlo? —preguntó Angus, ansioso de repente por pasar ese trámite tan arriesgado.

—¿Cómo voy a saber cuándo se va a morir alguien? Tendrá que esperar noticias mías.

El médico se avergonzó, pues las palabras del joven no estaban exentas de razón, mientras que las suyas, en teoría marinadas con la madurez de los años, destilaban impaciencia.

—¿Cómo lo hacemos, pues?

El sepulturero había reanudado su recorrido circular.

—Dígame dónde puedo encontrarle y me personaré allí con la mercancía en cuanto disponga de ella. Dado lo delicado de la petición, asumo que nos tendremos que ver en circunstancias similares, así que espéreme cada día a esta misma hora dondequiera que vaya a estar.

Angus aceptó sus premisas y le dio las señas de su casa, donde se aseguraría cada noche de que Margery estuviese dormida con suficiente antelación a la potencial visita.

—Si me permites una última cuestión antes de marcharme… ¿Por qué no has dejado de caminar en todo este rato?

—¿Por qué? Porque puedo —contestó con voz queda, sin necesidad de meditar la respuesta.