Capítulo 3 #2
—¿Quién te has creído que eres? —le increpó el más fuerte de los hermanos, una vez que hubo reanimado al otro.
Se encaró a la mujer, pero esta lo amenazó con el taburete, que aún sostenía en alto. El aire contenido de todos los espectadores se podía sentir en el ambiente.
—¡Ibas a terminar matándolo, gòrach ! —gritó la mujer—. ¿Es que a nadie más le importa? —dijo mirando a su alrededor—. ¿Podríais cargar con eso el resto de vuestra vida?
El murmullo no tardó en fraguarse.
—¡Joder! Ahora lo entiendo —repuso Duff mientras levantaba a su hermano—. Eres una puta norteña. ¿A qué has venido aquí? Vuelve por donde has venido, no queremos a los de tu calaña cerca.
Antes de que se enzarzasen en otra disputa que acabase aún peor, el tabernero apareció acelerado y se interpuso entre Duff y la mujer.
—Ya es hora de que os vayáis —ordenó a los hermanos Duff.
—Pero si…
—¡Ahora! —exclamó. Luego se dirigió, con la expresión encendida, a la mujer y a mí—: Y vosotros también. ¡Largaos de mi taberna!
La mujer se agachó y me ayudó a levantarme. Al intentar apoyar un pie, el dolor me atravesó. El mareo me habría tumbado de nuevo de no ser porque la mujer me agarró a tiempo.
—Deja que te ayude, Roy —se ofreció mientras pasaba mi brazo derecho sobre su cuello. Después comenzamos a caminar a la par.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Se mostró perpleja ante la pregunta y dio un pequeño traspiés.
—Sabes que yo también estaba ahí, ¿no? He sido yo quien te ha salvado la vida —bufó y meneó la cabeza, algo irritada, antes de reanudar la marcha—. Creo que no queda nadie en la taberna que no sepa cómo te llamas.
—Tiene razón, disculpe. Aún estoy un poco aturdido. No sé muy bien cómo ha sucedido todo.
—Yo tampoco —coincidió—. Cuando me he querido dar cuenta, la multitud se había agolpado en torno a vosotros y no sabía por qué.
Me observaba fijamente, sigilosa, a la espera de recibir por mi parte algunos detalles que resolviesen sus dudas. Mientras tanto, el eco de mi aparatoso caminar cortaba el silencio imperante entre los sombríos callejones que transitábamos.
—Se estaba burlando de mis desgracias… Eso y que no se me ha ocurrido otra forma mejor de volver a sentir algo —admití.
—¿Y por eso me he jugado el físico? ¿Por una disputa entre hombres sin cerebro? —me increpó. Yo me encogí con el único hombro que tenía libre—. ¿Qué desgracia es esa que no te ha dejado pensar con claridad?
Resoplé y levanté la cabeza de nuevo. ¿Quién era esa extraña que ahora cuestionaba mis actos? ¿Qué le debía? La vida, quizá. Aunque no tuviese el mismo valor para mí que para ella, me sentía en deuda.
—Hace unos días murió mi madre —solté con desgana—. Aún estoy asimilándolo.
—Lo siento, Roy. —Hizo una pausa—. Ya sé que no tengo derecho a decirte esto, pero… Después de todo, ¿no es ley de vida que sea un hijo el que vea morir a su madre y no al contrario?
—No es solo eso… Hace unas semanas también murió mi esposa. —La mujer se tapó la boca, como arrepentida—. Y el bebé que llevaba en su vientre tampoco sobrevivió.
Agachó la cabeza, avergonzada de haber llegado tan lejos. En mi cabeza se volvió a desencadenar el recuerdo que tantas veces me había sobrevolado antes.
Sentí arder la piel de mi mujer entre las manos.
Parecía que todo su calor corporal se estaba disipando.
Se estremecía como si estuviese siendo víctima del invierno más frío, pese a estar empapada en sudor.
Su corazón galopaba bajo el pecho, y yo temía que acabase por detenerse en cualquier instante sin poder hacer nada para evitarlo.
La intensidad con la que respiraba parecía destrozar su garganta al paso del aire.
El médico intentaba cuanto se le ocurría, pero nada resultaba.
Finalmente, cuando vi la confusión en su rostro, cuando la vi dudar de quién era ese extraño que le sujetaba la mano, supe que yo me estaba aferrando a su vida más que ella misma.
Que ya se había abandonado a la suerte del juicio final.
—Fue muy duro, no le voy a engañar —concluí apretando los párpados, obligándome a borrar esas imágenes de la cabeza.
—¿Cómo se llamaba?
—Catriona. —Su nombre al aire volvió a abrasarme los labios y a helarme los oídos—. Por cierto, ¿cómo se llama usted?
—Flora MacMillan. Y deja de hablarme como si fuese una anciana. No debo de ser mucho mayor que tú.
Hube de esforzarme para poder atender su petición.
—Así que es cierto. Vienes del norte, ¿verdad? —Flora asintió con la cabeza. Luego añadí—: Estás muy lejos de casa. ¿Qué te trae por aquí?
—Necesidad. ¿Qué otra cosa podría ser? —contestó—. Venía en busca de alguna cosecha de temporada en la que trabajar y ganar algunos peniques. Mi marido es crofter en mi tierra, pero este invierno está siendo complicado y apenas nos da para pagar el alquiler de la tierra que labra.
—¿Y has encontrado algo por aquí? —inquirí extrañado.
—Sí, pero no en el campo. Estoy viviendo con un sacerdote que se ha exiliado en el monte. Necesitaba a alguien que le ayudase con las tareas domésticas para poder dedicarse a sus rezos y sus escrituras.
—Preferiría vivir en la casa ruinosa que hay en las afueras, que lleva quemada y abandonada desde hace más de treinta años, antes que compartir techo con un sacerdote católico —señalé con desdén. Flora sonrió ante el comentario.
—No eres la primera persona a la que oigo por aquí hablando así de los clérigos —corroboró Flora—. Sois muy singulares aquí con el tema de la religión. No entiendo cómo podéis tener tantas diferencias tratándose del mismo dios. Es algo que nunca entenderé.
—Es bastante más complejo que eso, pero no me siento ahora con fuerzas para explicártelo. Bastante tengo con no caer redondo del dolor. Por cierto, ¿qué es lo que le has dicho a Duff? Antes, en la taberna.
Flora frunció el ceño hasta que encontró la respuesta.
—¡Ah, sí! Gòrach . Significa ‘estúpido’ en gaélico. A veces no me doy cuenta.
—Pues ten cuidado, si hay algo que está peor visto que un sacerdote católico por aquí es un forastero de las Tierras Altas. Es más que evidente si alguien se fija mínimamente en tu acento; si encima se lo pones fácil hablando en gaélico, puedes tener serios problemas.
Flora no dijo nada, aunque tampoco pareció importarle. Seguimos un rato en silencio, hasta que la caminata nocturna tocaba a su fin. Habíamos llegado a la puerta de mi casa y me sentía más aliviado, tanto física como mentalmente.
—Gracias de nuevo. Por todo —dije—. No sé dónde estaría ahora si no hubieras aparecido.
—Como yo puedo beber y mantener la mente fría al mismo tiempo, tendré que aprovecharlo, ¿no crees?
Se ve que todos los demás perdéis el juicio con facilidad.
—Un amago de sonrisa asomó en el rostro de Flora antes de continuar—: Los próximos días no pisaré la taberna, hay que dejar que las aguas vuelvan a ser mansas.
Pero acabaré por regresar. Después de todo no hay otra cerca.
Así que, si vuelves por allí, nos veremos de nuevo.
—Es muy tarde, ¿estarás bien?
—Sé cuidarme. De hecho, sé cuidarme mejor que tú.
La pregunta es: ¿serás capaz de acostarte tú solo o te meterás en líos por el camino?
—Flora se carcajeó. Cuando se recompuso, añadió—: Solo tengo que llegar al final de la calle y avanzar un poco por el camino de tierra.
Más adelante tengo amarrado al caballo. Y desde ahí no tardaré mucho en estar de nuevo al amparo de tu dios.
Me despedí con cortesía y me interné en casa.
Me dirigí a la cama y me tumbé con los ojos puestos en el techo.
Parecía que había pasado una eternidad desde que esa misma mañana abandonase la herrería.
Intenté reconstruir cada uno de mis pasos, pero pasó poco tiempo hasta que la escasez de fuerzas me llevó a adentrarme en el reconfortante mundo de los sueños.