Capítulo 3
E l estruendo me perforaba los oídos. Cada golpe espantaba los cuervos que se empeñaban en anidar en mi cabeza.
El martillo deformaba a placer ese pedazo de acero incandescente que brillaba en medio de la herrería.
Con cada impacto, mi brazo temblaba un poco más, aunque al mismo tiempo conseguía disipar las tribulaciones que el silencio traía de vuelta.
Por ello atizaba con más vigor aún esa arma que se había convertido en la cabeza de turco sobre la que apaciguar mis pesares.
—Roy… ¡Roy! —gritó el maestro herrero desde el fondo—. Relájate un poco, hombre. Ese trozo de hierro ya ha tenido suficiente.
Obvié sus palabras y me dirigí a la fragua.
El fuego chisporroteó alrededor de la punta de acero mientras esta recuperaba la temperatura que había perdido.
Pese a que mis ojos se resecaron, no pude dejar de observar la llama durante esos instantes.
Regresé a la tibia superficie del yunque y asesté una última descarga que le concedió a la espada su forma definitiva.
De inmediato la hundí en el agua, y el acero, largo y recto, se templó.
Ya solo quedaba el trabajo delicado, afilar ambas hojas y rematar la empuñadura, para acabar convirtiéndose en el decorado del salón principal de un laird o, en el mejor de los casos, de un earl .
Nunca olería el pestilente aroma de la batalla; jamás paladearía el sabor metálico de la sangre.
—Roy, aparta eso un momento —me instó el maestro herrero—. ¡Escúchame! Tengo algo que decirte.
Sequé el filo de la espada y la arrojé al suelo antes de ponerme frente a él. Luego me crucé de brazos y aguardé.
—Roy, sabes que este es el último encargo serio que tenemos.
Después lo que queda es poca cosa y no nos da para comer a ambos.
Viene siendo así desde hace un tiempo y he aguantado todo lo que he podido.
De hecho, gracias a esta última encomienda he podido postergar esta conversación hasta el día de hoy, porque de lo contrario no habría tenido con lo que pagarte.
No necesitaba poseer la inteligencia de un filósofo para saber cómo terminaría aquello, pero mantuve los labios sellados.
—Además, pienso que necesitas tomarte un descanso —manifestó con condescendencia—.
No estás bien. Todo lo que te ha pasado…
Es normal que no lo estés, pero este no es lugar para ti ahora mismo.
Te daré cinco peniques para que puedas sobrevivir unos días, en lo que encuentras otro oficio.
Y por supuesto, si en el futuro esto remonta, te aseguro que serás el primero al que…
El herrero continuó hablando para destilar la culpa.
Yo, en cambio, tan solo sentía indiferencia.
Aquel varapalo caía ya sobre piel lastimada.
La necesidad de sustento se había reducido drásticamente y tampoco me importaba si aquello por fin me arrancaba de las garras de un mundo injusto en el que me veía como un extraño.
Sin mediar palabra, guardé mis herramientas en la alforja y salí.
El sol me cegó. Caminé sin rumbo. Tan solo había pasado medio jornal y no acostumbraba a deambular por el pueblo a plena luz del día.
Las piedras marrones y negras de los muros de los edificios resplandecían; los intrincados callejones no parecían tan peligrosos cuando la claridad los atravesaba de lado a lado; y los prados que sustituían a las casas en las afueras lucían más verdes de lo que los recordaba.
Aquella estampa me otorgó algo de paz durante el paseo. Hasta que abrí la puerta de mi casa.
Toda la calidez se esfumó como el alma de un corazón que ha dejado de latir.
El interior se sentía tan helado que un escalofrío me cortó cuando aún no había atravesado el umbral.
Los claroscuros que la luz filtrada por las ventanas dibujaba en la estancia le conferían un aspecto melancólico, nostálgico, triste.
Un destello, como por acción de Dios, caía sobre un cesto que estaba arrumbado de mala manera en el rincón.
Contenía algunos de los ropajes de mi mujer que algún día tendría que armarme de valor para lavarlos.
La sola idea de desprenderme de lo último que me quedaba de ella, de olvidarme de su olor, me aterraba.
El corazón me palpitó y no fui capaz de entrar en casa.
No tan temprano. Necesitaba que la oscuridad me protegiese de la realidad que me negaba a aceptar.
Regresé sobre mis pasos, con el cielo repentinamente encapotado y una visión del pueblo mucho más lúgubre.
Las gotas empezaron a precipitarse con suavidad, casi no mojaban, pero era cuestión de tiempo que la naturaleza revelase todo su poder.
Cuando la lluvia amenazó con calarme, tuve que resguardarme en algún lugar lejos de mis recuerdos.
No pudo ser otro que la taberna, convertida en refugio.
El local estaba vacío. No atisbé ni siquiera al tabernero.
Me coloqué en mi asiento, ya habitual, y esperé pacientemente, sin nada mejor que hacer.
Conocedor de mi circunstancia, sabía que la sensación que me había embestido no me abandonaría sin más.
Así que, aunque solo fuese para evitar enfrentarme a mis fantasmas, me resigné a buscar otra forma de mantenerme distraído.
Si la forja no podía ser, encontraría otra.
Y, si no había trabajo para mí ahí fuera, le pediría permiso al alguacil para utilizar la piedra de moler del condado y vendería mis servicios de molienda de avena a quien los necesitase.
—Mira quién está por aquí otra vez —apuntó jocosa una voz a mi espalda—. ¿Qué se te ha perdido?
Era uno de los hermanos Duff, acompañado por supuesto del otro, así como de otros dos hombres que no se separaban jamás de ellos.
Obtuvo el silencio por respuesta, y yo, la sorpresa de verme rodeado de personas que no me importaban.
La taberna se había llenado casi por completo.
La iluminación de las velas había pasado de tenue a generosa y el bullicio del gentío era considerable.
Todo había sucedido ante mis ojos sin percatarme.
¿Cuándo se había agotado aquel día? ¿Cuánto tiempo hacía que había huido del que siempre había sido mi hogar?
En un momento de lucidez, escruté la jarra y pensé si no estaba llevando demasiado lejos eso de evadirme de la realidad.
—El niño de mamá está triste porque ya no tiene quien le haga de comer —escuché decir a lo lejos.
Aquellas palabras iban dirigidas hacia mí, no pretendían esconderse. Me giré y nuestras miradas se cruzaron. Una sonrisa desafiante se pintó en la cara del más orondo de los hermanos Duff, con el ego ensalzado por las carcajadas de sus semejantes.
—Prefiero que me dé de comer mi madre a que lo haga mi hermano —respondí casi para mí mismo—. Eso sí que es humillante.
El roce del taburete con el suelo sonó impetuoso cuando este se levantó de súbito.
Por un momento me tembló el pulso. Todo lo que le faltaba de cerebro lo tenía de fuerza, y, aunque yo acostumbraba a cargar con grandes pesos, aquel sobrepasaba por mucho mis capacidades.
Pero me tranquilicé de inmediato cuando vi a su hermano refrenarlo desde el asiento.
El hermano orondo balbuceó algo ininteligible mientras se sentaba de nuevo.
Y, como si algo me moviese en contra de mi voluntad, no pude contener mis instintos:
—Y no olvides avisar a tu hermano cuando tengas ganas de mear si no quieres hacértelo encima —grité envalentonado para que se me oyese por encima del murmullo.
Se levantaron al tiempo y se acercaron a mí.
Ambos reproducían el mismo gesto, con los labios apretados y los puños cerrados, y supe que no venían para nada bueno.
Al ponerme en pie, me tambaleé y estuve a punto de perder el equilibrio.
Las mesas me daban vueltas, los puntos de luz se diluían en el ambiente y no distinguía una cara de la otra de los hermanos Duff.
Uno de ellos me empujó y me hizo caer de espaldas.
Con dificultades para coordinar los brazos, logré incorporarme tan solo para convertirme de nuevo en el blanco de su ira.
Abrí los ojos y me vi postrado como un animal, escupiendo sangre sobre el suelo a un palmo de distancia y con un penetrante dolor en una mejilla.
Una laceración en el costado me relegó al lugar que me correspondía, desde el cual vislumbré pies y más pies a mi alrededor.
De alguna forma ajena a mí, me enderecé de nuevo y acabé frente al hermano orondo.
Intenté esquivar, sin éxito, el golpe sobre el estómago, que me robó el aire unos segundos.
Fue entonces cuando advertí que el otro hermano me sujetaba.
Llegado a ese punto, claudiqué a todo intento de zafarme.
Bajé los párpados y asumí las consecuencias.
Lo peor de todo fue descubrirme sonriendo porque estas no me importaban lo más mínimo.
De pronto, cuando creía que todo iba a terminar, la muchedumbre enmudeció.
Sentí aflojar mis grilletes hasta que desapareció la presión y me caí de nuevo.
Un porrazo resonó con tal sonoridad que acalló todavía más a todos los presentes.
Entorné los ojos y vi al hermano fuerte intentando reanimar al orondo, que yacía inconsciente sobre el suelo.
Detrás de ellos, una figura ataviada con una gruesa capa de lana, anudada en la cintura, que le llegaba más allá de los tobillos; el sobrante lo cargaba al hombro y quedaba fijado a este mediante un broche.
Con la respiración agitada, la figura sujetaba el taburete con el que le había atizado a mi agresor.
Agucé la vista y distinguí las facciones de una mujer en la silueta recortada en el aire.
Llamaron mi atención unas ondas negras y extremadamente largas que se perdían tras su espalda.
Recordaba haberla visto al fondo de la barra, pero no había reparado en que se trataba de una mujer, lo cual no dejaba de ser sorprendente.
Al fin y al cabo, no abundaban en esos lares.