Capítulo 2 #2
Angus asintió con determinación y se apresuró a coger su maletín.
Anunció a Margery que debía partir y salió junto a aquel hombre asustado.
La oscuridad era plena. Apenas era capaz de vislumbrar más allá del farol que el hombre portaba.
La lluvia caía intensa, así que se colocó la capucha y resguardó su maletín entre los brazos.
—Tengo la montura aquí mismo, suba.
Angus hizo como se le pidió y colocó el maletín entre ambos.
El hombre asió las riendas con una mano, y con un rudo movimiento el caballo echó a galopar.
Con la otra mano sujetaba en alto el minúsculo punto de luz que debía guiarlos.
Durante el descenso hacia el pueblo, un efímero haz blanco iluminó el horizonte y el cielo pareció partirse en dos por el trueno que lo siguió.
El rítmico choque de las herraduras contra el suelo de piedra retumbaba entre las callejuelas, totalmente desangeladas y bañadas por una penumbra total.
Angus se esforzaba por mantener los ojos abiertos, pero el aguacero se lo impedía.
El hombre se detuvo frente a la casa, se apeó del caballo casi al trote y le ofreció la mano a Angus para que bajase con premura.
Este, al entrar, se desembarazó del abrigo y se acercó a la mujer.
Esta yacía con los ojos cerrados y la respiración demasiado pausada, casi imperceptible.
Constató que el ritmo cardiaco también era extremadamente bajo.
Le hizo unas preguntas, pero no obtuvo respuesta.
No sabía con certeza si no podía oírlo o si no era capaz de articular sonido alguno.
Procedió a examinarla, empezando por el abdomen y las piernas.
Las heridas, del color del lacre, se repartían amorfas y de distintos tamaños por todo el cuerpo, aunque abundaban en los pies y las muñecas.
Observó con atención una llaga grande y descubrió algo que le preocupó.
—Esto no son solo heridas… Parece carne fungosa. Pero ¿por qué?
Casi como un acto reflejo, se apuró a mirar bajo los labios de la enferma, y sus temores se confirmaron. Las encías estaban tan negras como aquella noche.
—¿Han hecho algún viaje largo recientemente? —inquirió Angus.
—No, en absoluto. No hemos salido del pueblo para nada. ¿Por qué?
—Es extraño, padece una enfermedad más propia de marineros que pasan largas temporadas fuera de su hogar. ¿Su alimentación es adecuada?
—Sí, eso creo. Normal más bien, dentro de nuestras posibilidades. Como ve —dijo señalando a su alrededor—, no nadamos en la abundancia.
Se percató del entorno en el que vivían, de la inmundicia y la podredumbre que decoraban aquel reducido espacio.
—¿Cómo no se han dado cuenta antes de las heridas? ¿Cuánto tiempo lleva abatida de esta forma? —espetó el médico, ligeramente disgustado.
—Dos o tres días… Cuatro, como mucho. —Se detuvo, pensativo, antes de proseguir—: Entienda que caemos enfermos con más frecuencia de la deseada y suele ser pasajero. Pensábamos que era otro constipado más.
Angus frunció el ceño, pero apartó esos pensamientos que le quemaban por dentro y que le habrían llevado a discutir con el hombre.
Por el contrario, puso toda su concentración al servicio de la medicina.
Rebuscó en su bolsa. Sacó una pasta que vertió directamente sobre la encía de la enferma y la esparció de forma homogénea.
Acto seguido, extrajo también una solución diluida de ácido sulfúrico.
Intentó que la mujer la tragase, pero esta no reaccionó.
El líquido se derramó inexorable a ambos lados de su boca.
—Algo no va bien —dijo Angus casi para sí mismo. Apoyó el oído en el pecho—. ¡No! ¡No!
Extrajo otro frasco y trató que ingiriese el contenido, pero fue inútil. Su cuerpo había dejado de responder. Miró apesadumbrado al hombre, que lo observaba con ojos vidriosos a la espera de lo que tuviese que decirle. A juzgar por su semblante, ya lo intuía.
Sin necesidad de palabras, la cabeza caída de Angus bastó para que el marido se arrodillara a los pies de su esposa y comenzó a llorar desconsolado.
Angus, tras lamentarse y disculparse, salió al exterior.
El hombre se ofreció entre llantos, más por cortesía que por otro motivo, a llevarlo de nuevo a casa, pero Angus rehusó.
Sentía que no se lo merecía, que debía pasar por algún tipo de penitencia que le castigase por sus errores.
Así que atravesó las tinieblas y regresó sin sentirse digno de un hogar después de haber roto uno.
El pueblo había enmudecido de repente, lo que le forzó a quedarse a solas con sus pensamientos.
La lluvia había remitido, pero la tormenta seguía en su interior, donde la impotencia anegaba su espíritu y la frustración congelaba su voluntad.
Se le antojó interminable el regreso a casa, donde todavía debía enfrentarse a la peor parte.
Un fino hilo naranja procedente de la chimenea iluminaba el cerco a su alrededor. Margery lo estaba esperando sentada en el suelo. Esta lo miró confusa y se levantó con lentitud.
—¿Qué le pasa, padre?
Angus no respondió. Marchó arrastrando los pies hasta el fuego y ahogó la llama con sus propias manos.
Una punzada de dolor, que le supo a poco, le atravesó la piel.
La estancia se sumió entonces en la oscuridad y le otorgó a los enseres que la ocupaban el mismo aspecto que las cenizas que comenzaban a enfriarse.
—¿Qué ha pasado? —insistió la niña.
—Vete a la cama, Margery —contestó apretando los dientes—. Ya deberías estar durmiendo.
—Pero…
—No me repliques —ordenó Angus.
Margery obedeció, no sin cierto enojo dibujado en la cara. No se dirigieron miradas ni palabras en ese lance. Tan solo el sonido de sus pasos reverberaba entre las paredes hasta que la niña, al fin, desapareció.
Bajo la luz de una vela recién encendida, Angus volvió a colocar su diario médico sobre la mesa, mojó la pluma y descargó la punta sobre el papel, ansioso de que su furia se drenase por ella.
Sin embargo, esta permaneció clavada e inamovible y generó una enorme gota de tinta que acabó por empapar aquel pedazo de lámina.
Soltó la pluma con desprecio, culpándola a ella de su incapacidad para desahogarse, y se quedó fijo en la puerta.
Al otro lado, Margery ya se habría dormido.
Permaneció un rato meditabundo, sin dejar de observar las grietas de la madera.
Y entonces, con brusquedad, se levantó y se dirigió a la pequeña biblioteca.
Estiró el brazo y apartó tres libros que se encontraban en un rincón del estante más elevado.
Detrás de ellos, tumbado y oculto, había un tomo pesado.
Pasó varias páginas hasta dar con una hoja plegada, que sacó.
Continuó pasando hojas de aquel libro hasta encontrar otro pliego, que unió al anterior.
Repitió la operación otras dos veces y regresó a la luz de la llama.
Releyó aquellos apuntes que carecían de sentido para él, aunque una corazonada le gritaba que ocultaban algo que debía ser desvelado.
Alternaba la mirada entre las hojas y la puerta, que parecía vocear su nombre.
Tras muchas cavilaciones, tomó la determinación de que, si no quería que su alma se despedazase una y otra vez, debía retomar la investigación que jamás debería haber sepultado.