Capítulo 2
E l hombre sacó las piernas del jergón con cautela y sintió el frío del suelo en la punta de los dedos desnudos.
Las palmas de las manos se deslizaron poco a poco por el lecho y empujaron con suavidad hasta que logró, con esfuerzo, colocar el tronco recto.
El médico le dio indicaciones para que se abrazase a su cuello.
Cuando lo hizo, aquel tiró de él con delicadeza hasta que se irguió por completo.
Sin soltarse, comenzó a caminar con inseguridad.
Las extremidades trémulas acusaban la inestabilidad y el riesgo de caída, lo cual acrecentaba todavía más su indecisión.
Tan solo dieron unos pasos alrededor de la pequeña alcoba, acompañados por el niño y la niña de la familia, que correteaban a su alrededor, animándolo y aplaudiendo a partes iguales.
—Esto no es parte del tratamiento —le aclaró al paciente, que respiraba con alivio desde la firmeza del camastro—. Tan solo es que lleva usted una semana postrado en cama y quería estar presente durante sus primeros pasos para que fuese consciente de lo que tiene por delante.
—Muchas gracias, doctor. —Ahora lucía un saludable tono de piel—. No sé cómo agradecérselo más.
—No tiene por qué hacerlo, es mi trabajo.
—Angus Morrison… —dijo con orgullo—. Jamás olvidaré su nombre.
—Creo que aún está delirando. ¿Me habré pasado con las drogas?
Ambos restallaron en carcajadas. Después, el doctor se volvió hacia su mujer para darle las últimas indicaciones y pautas para los días siguientes, puesto que ya no habría de regresar.
La esposa asentía con la cabeza al mismo tiempo que le agradecía una y otra vez lo que había hecho por ellos.
No dejaba de repetir cuánto había rezado cada día, no por su marido, sino para que Dios obrase a través de sus manos.
Angus le restó importancia y se dispuso a abandonar la casa cuando todo parecía estar en orden.
Agarró su maletín y dejó atrás la sonrisa tímida y sincera que se reproducía, idéntica, en el rostro de cada miembro de la familia.
Se detuvo al otro lado de la puerta y se despidió una última vez dirigiendo su voz cargada de satisfacción hacia el interior.
El gris que bañaba el paisaje no era suficiente para tumbar su espíritu.
Las construcciones más altas se perdían entre la neblina y las piedras de las fachadas rezumaban el agua que no eran capaces de retener, pero en su fuero interno una llama ardía inextinguible con la fuerza de quien acababa de darle una nueva oportunidad a la vida de otra persona.
Discurrió entre los edificios con paso ligero, con la vista puesta en lo alto de la colina, donde un humo negro marcaba su destino.
Al poco el pueblo quedó a su espalda y dio con un serpenteante camino de tierra, donde las casas se espaciaban más entre sí.
Unos pequeños postes de madera se sucedían para delimitar el ancho de la senda; la hierba perlada reflejaba breves destellos de luz.
Solía admirar el riachuelo que se unía a él en el trayecto que tanto repetía y cuyo fluir le regalaba un relajante sonido que le anunciaba la cercanía de su hogar.
El sendero comenzó a ascender y Angus se adentró por completo en la niebla, mucho más espesa de lo que se le había antojado desde la distancia.
La lluvia era fina y constante, pero esta se escurría sobre el abrigo que le cubría hasta las rodillas, sin llegar a calarle lo suficiente en lo que restaba hasta alcanzar su casa.
Como siempre, la última visión que tuvo antes de acceder a su vivienda fue la vereda que se perdía en el bosque detrás de esta.
Una vez dentro, tan solo unos segundos fueron suficientes para colorearle las mejillas y desentumecerle los dedos.
La hoguera central chisporroteaba con intensidad y sus llamas bailaban salvajemente.
El color vivo de la leña le indicó que no hacía mucho que esta se había prendido.
Margery interrumpió su monólogo interior al verlo llegar y cesó el galope del caballo de madera que sostenía.
—Hola, padre. ¡Qué pronto ha vuelto hoy!
—Sí. Todo ha ido mejor de lo que esperaba —le respondió, aproximándose a ella. Angus besó su frente y la niña sonrió—. ¿Has cuidado bien de la casa en mi ausencia?
Margery asintió con orgullo. Dejó su juguete en el suelo y persiguió a su padre por el habitáculo con un repentino interés por su maletín.
—¿Me ha traído algo?
—Sí, espera… —Margery intentó vislumbrar más allá de las manos de su padre, pero este las supo colocar para mantenerlo oculto mientras lo removía—. Toma, para que vayas al mercado a hacer la compra.
Le dio unos peniques y Margery refunfuñó por la farsa. Angus se rio con sorna y volvió a besarle la coronilla antes de revolverle el pelo.
—¿Traigo lo de siempre? —preguntó la niña con una recobrada jovialidad en sus maneras.
—Sí. Y te sobrará para que compres lo que te apetezca —le concedió. Después la avisó—: Y abrígate bien. Lleva todo el día sin parar de llover.
Margery se dispuso a llevar a cabo los recados como siempre hacía. Cada dos o tres días, dependiendo de los pacientes que visitase Angus, bajaba al centro y se aprovisionaba por los dos.
Cuando se fue, el doctor se quedó a solas bajo la protección de su morada, con el crepitar del fuego de fondo.
Se colocó frente a la estantería rebosante de libros.
La inmensa mayoría versaban sobre medicina clásica y los había leído más de una vez.
Los que menos, traídos directamente desde Oriente, hablaban de la polémica medicina alternativa.
Él jamás había sido un tradicionalista; si otras culturas habían sobrevivido tanto como la suya querría decir que algo estarían haciendo bien, y siempre había sentido curiosidad por técnicas tan atípicas y diferentes a las que había aprendido y empleaba.
Anhelaba poder combinar todas las artes, por distantes que aparentasen estar de la medicina, y convertirse en el médico que más sanaciones tuviese a sus espaldas.
Y qué mejor que despuntar recurriendo a procedimientos que no se estilaban por esa región.
Entre elucubraciones, tanteó con el dedo índice las distintas baldas hasta que vio, aplastado entre dos tomos, un fajo de papeles.
Lo extrajo y hojeó hasta dar con el que buscaba.
Atravesó la estancia y llegó a una mesa que había en un rincón.
Encendió la vela y se sentó con el papel frente a sí.
Tomó la pluma y comenzó a escribir con tesón:
El paciente responde al tratamiento adecuadamente.
Tras una semana, la mejora es notable. El dolor abdominal y sus consecuencias han remitido considerablemente.
Añado caléndula y artemisa infusionadas a su dieta.
Recomiendo tomar agua de rosas y violetas para mejorar la hidratación y recomponer el sistema digestivo.
La tinta continuó fluyendo con presteza.
El bisbiseo de la pluma al rozar con el papel era música para sus oídos.
Aquel instante de lucidez le permitió conjeturar y anotar posibles teorías para futuros pacientes.
Siempre le resultaban gratificantes esos momentos en los que engrosaba su diario médico personal.
Pasó gran parte del día absorto en sus pensamientos, hasta que Margery apareció por la puerta.
Angus, que ya había aminorado el ritmo, decidió poner punto y final a la jornada y retiró todos los papeles para dedicarle tiempo a su hija.
—Margery, te fuiste a mediodía y ya casi se ha hecho de noche. Te tengo dicho que no me gusta que pases tanto tiempo sola. ¿A qué se debe la demora?
—He comprado muchas cosas —se justificó Margery antes de comenzar a enumerar con júbilo cada uno de los productos conforme los sacaba de la bolsa.
Las facciones de Angus reflejaban un trazo de admiración por aquella niña de trece años—.
Un saco de avena, como siempre, que ya se nos estaba terminando.
También he traído raíces, huevos, mantequilla, este pan enorme, que me han vendido por la mitad de precio porque ya está duro, y algas.
—Luego hizo una pausa dramática, pues al fondo de la bolsa aún se intuía algo más.
Angus dejó que se lo mostrase a su manera—.
Y aquí viene lo mejor… ¡Cabezas de oveja! ¡Para que hagamos powsowdie !
Tan solo lo habían tomado una vez, pero la muchacha se había quedado prendada de aquella sopa, por lo que no hubo atisbo de sorpresa en el rostro de Angus al ver la dicha de su hija.
—Tendremos que aprender a hacerlo —puntualizó Angus. Margery agitó la cabeza enérgicamente en señal de aceptación. Después cambió de tercio—. Bueno, dame las monedas que te han sobrado.
—No me ha sobrado nada —contestó Margery con la culpa en la mirada. Hubo una pausa incómoda antes de que siguiese excusándose—: Las cabezas no son baratas, y me había dicho que podía permitirme lo que me apeteciera.
Angus no insistió, aunque no le agradó la idea de gastar tanto dinero de una sola vez.
Mientras colocaban los alimentos en la despensa, alguien aporreó la puerta principal.
Se miraron inquietos durante unos instantes.
Angus soltó lo que tenía entre manos, le hizo un gesto a su hija para que permaneciese detrás y abrió con cautela.
Un hombre empapado lo miraba con desasosiego desde el otro lado.
—Doctor Morrison, disculpe que le moleste a estas horas tan intempestivas. Es mi mujer. Está gravemente enferma.
—¿De qué se trata?
—Llevaba unos días muy fatigada, nada reseñable, pero hoy no se ha podido levantar de la cama. Al caer la noche nos hemos dado cuenta de que tenía heridas por toda la piel. —Tomó aire—. Ya casi no es capaz de hablar. ¡Tiene que ayudarla, por favor!