El manuscrito de las almas Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Tan solo soy un vagabundo, joven —insistió el anciano mientras yo veía desaparecer a mi madre con cada porción de tierra que la cubría.

—A diferencia de usted, yo ya le he dicho mi nombre, así que puede dejar de llamarme joven.

—Eres más joven que yo, ¿no? Pues puedo llamarte joven como puedo llamarte Roy, y no estoy incurriendo en error alguno.

—Lo que usted diga…

Cuando apenas era capaz de distinguir su tumba del resto del terreno, tomé por fin la determinación de alejarme de allí. La cadencia de la pala recogiendo y soltando tierra me martilleaba las sienes. Aquella voz grave volvió a interrumpirme una última vez, aunque no me detuve ni me volví.

—Tan solo soy un cuentacuentos, Roy —gritó—. Lo sé todo sobre este sitio. Si algún día quieres saber algo, podemos negociar un módico precio.

Una carcajada concluyó su retórica.

Me adentré al fin en las oscuras callejuelas empedradas, apenas iluminadas con la vela que cada vecino colocaba en la puerta de su casa para intentar extinguir la lobreguez más absoluta, por miedo a los asaltantes más que por la obligación impuesta.

Durante las siguientes noches tan solo dormité, alcanzaba un estado de duermevela el tiempo justo para no caer en la locura, aunque a veces lo habría deseado.

La única forma que encontré para poner remedio a mi insomnio fue recurrir a la embriaguez.

Jamás había tenido aquellos hábitos, pero las paredes de mi hogar se habían tornado desconocidas y no hacían más que mortificarme a mi llegada.

Así que comencé a consumir el poco tiempo libre que me dejaba el trabajo en la taberna.

Los grupos ocupaban las mesas, el tumulto por los brindis y las risas llenaban el local, y también alguna que otra disputa.

En cualquier caso, una vida social que se me antojaba ajena.

La barra, en cambio, quedaba reservada para la gente más solitaria. Ahí estaba yo.

Pese al calor que arrojaban las velas y los candiles, que bañaban la estancia de un agradable tono anaranjado, esa noche no conseguí deshacerme del frío que me atravesaba.

Pasé las horas ensimismado en la jarra de cerveza, buscando algo en ella, esperando hallar algo en el fondo.

Y, cuando no era así, un solo gesto hacía falta para que el tabernero me la llenara de nuevo.

Recordé los momentos en los que era feliz, en los que no me planteaba que ese bienestar pudiese agotarse.

Fui un iluso al pensar que siempre sería así.

Para evadirme de la dura realidad, vivía en mis recuerdos, pero a cada sorbo las imágenes se volvían más difusas.

Las líneas se confundían entre sí y los rostros iban desapareciendo.

La cerveza se llevaba todo lo bueno y todo lo malo, pero solo hasta el día siguiente.

Y cada vez me hundía en una espiral más profunda aquellas noches de enero de 1645.

—¿Quieres algo más fuerte, Roy? —me susurró el tabernero con cautela.

Sabía a lo que se refería, pero nadie se atrevía a pedirlo en público. No desde que legalmente se perseguía y condenaba. Antiguamente se había utilizado como medicamento, pero la gente había comenzado a consumirlo en su vida privada y había provocado estragos en la sociedad.

Me encogí de hombros, temeroso de mis propias palabras. Aquel gesto fue suficiente para que el tabernero me sirviese un trago minúsculo.

—¡Agua de vida! —aseveró—. Todo de una vez.

Observé durante unos segundos aquel brebaje ambarino antes de ingerirlo tal y como me lo había indicado.

Noté cómo el fuego abrasaba todo a su paso.

El interior de la boca me palpitaba y un ardiente amargor se me instaló en la garganta durante más tiempo del que deseaba.

De manera efímera, volví a sentir calor en el cuerpo, aunque se tratase de un artificio.

—¿Te gusta? —se burló el tabernero entre carcajadas.

—Me has dado esto para que deje de beber, ¿no es así? —le increpé mientras luchaba por recuperar el gusto—. ¿Qué tiene esto de especial? ¿Por qué es tan codiciado?

—No lo sé, a mí no me gusta. Pero, como sé que a mucha gente sí, lo guardo para ocasiones especiales. —Hizo una pausa—. Ahora vete, que ya va siendo hora. Y espero no verte por aquí hasta dentro de unos días.

Me habría gustado poder cumplir su petición, pero sabía que volvería como el pájaro que va a beber al río una y otra vez.

De repente, la multitud se abalanzó sobre la puerta y dejó asolada la taberna.

Afiné el oído y distinguí los gritos de una mujer en la calle.

Me aproximé junto al resto de los paisanos.

Una mujer arrodillada en el suelo lloraba desconsolada y pedía la atención de algún médico para su hermana.

Entre sus brazos, una cabeza colgaba dando buena cuenta del estado inerte del cuerpo.

Nos miramos unos a otros sin reaccionar hasta que alguien se abrió paso y se colocó junto a ellas.

—No estaba enferma, no le pasaba nada —chillaba desesperada en medio de la silenciosa calle—. Pensaba que estaba dormida, pero no se despierta. Ayúdela, por favor.

Aunque el médico la estaba examinando, yo solo podía sentir compasión por ella. Advertí que la estaba mirando con ligera condescendencia, sabedor de que no había vuelta atrás. Luego me avergoncé de mí mismo.

El gentío empezó a dispersarse, pero yo no me moví al reparar en el libro que la señora tendida en el suelo sujetaba entre las manos. Sin ánimo de parecer curioso, entorné los ojos hasta que desde mi posición pude leer el título: Octavia Clark .

—Lo siento, señorita —sentenció el médico—. Su hermana ha fallecido.

El llanto inundó la calle. Al médico le fue imposible calmarla, pese a sus reiterados intentos.

—¿Cómo se llama…? ¿Cómo se llamaba su hermana? —preguntó, pluma en mano.

—Octavia —contestó entre lágrimas la mujer—. Octavia Clark.

Los pocos que nos habíamos quedado hasta el triste desen­lace comenzamos a disgregarnos. Yo caminaba detrás de los hermanos Duff, ambos corpulentos, aunque de formas muy distintas. Sin quererlo, escuché la conversación.

—¿Has visto la marca en la espalda? —preguntó el más orondo de los dos.

—Sí —contestó el más fuerte—. Es evidente que sana no estaba, como decía la hermana. Pero está claro que nadie quiere admitir la muerte cuando llega.

Aquellas palabras se me clavaron como un puñal de certeza y realidad.

—Has escuchado los rumores que llegan desde Edimburgo, ¿no? Lo de la plaga… —apuntó el orondo—. ¿Es posible que haya muerto de eso? Edimburgo está a tres días de aquí.

—No lo creo. Por lo que cuentan, lo que aparece son bultos negros. La marca que tenía en la espalda era oscura, pero no estaba hinchada.

Tenía razón. Yo también me había percatado: no era más que una enorme cicatriz muy oscurecida, cuya rugosidad le daba un aspecto repulsivo. El diálogo quedó inconcluso a mis oídos cuando tomé el otro camino en una bifurcación, rumbo a casa, donde una noche más tendría que luchar contra el insomnio.

Fue en medio de esa batalla cuando un pálpito me desveló y aceleró el ritmo de mi corazón de tal forma que parecía querer escaparse de mi cuerpo.

Aquella absurda idea había llegado para quedarse.

Un presentimiento que cada vez se sentía más como una realidad.

Así que me armé con el farol y me dirigí al cementerio.

Me temblaba el cuerpo. Aquel paseo bien podría haberme costado la vida.

Ya no quedaba nadie por los caminos y era pasto para los asaltantes, pero no me importaba nada.

Vislumbré sin dificultades el montículo de tierra donde estaba enterrada mi madre desde hacía pocos días.

Dejé el farol sobre el suelo, a un lado, y comencé a escarbar en la tierra, todavía húmeda y blanda, con mis propias manos.

Cuanto más hondo cavaba, más me desesperaba.

Los mechones cobrizos, empapados en sudor, se cruzaban salvajes de un lado a otro de mi cara.

Un dolor punzante me llegaba desde las rodillas clavadas en el suelo y la espalda no dejaba de torturarme.

Pero nada podía detenerme. Palpé al fin su cuerpo y continué hasta terminar de desenterrarla.

Me apresuré a revisar su espalda. Una oleada de vértigo me golpeó con violencia cuando constaté mis temores.

No sé cómo no me di cuenta en su momento: mi madre tenía la misma marca en la espalda que Octavia Clark.

Aquella coincidencia, que embriagado no pude ver, había irrumpido en mi mente en la tranquilidad de la noche.

¿Podía ser casualidad que ambas muertes tuviesen tanto en común?

El libro, la cicatriz, la forma de morir…

Y, por si no fuese suficiente con la desazón que me asediaba y los interrogantes que se me acumulaban, el destino me asestó el golpe de gracia cuando descubrí que las memorias de mi madre ya no estaban allí.