El manuscrito de las almas Capítulo 1
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El manuscrito de las almas

El manuscrito de las almas

Por Ruben Cordon

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Capítulo 1

E nfrentarme a la muerte fue duro. Más aún cuando yo solo fui un mero espectador de la lucha.

Una lucha tramposa de la que, tarde o temprano, siempre se proclama la misma vencedora.

Y, sin embargo, incluso con la lección bien aprendida, la muerte, con ese inconfundible hedor amargo, se empeñó en mostrarme su descomunal superioridad visitándome dos veces en cuestión de pocos días.

El rostro marchito de mi madre atesoraba el techo como si alguien le estuviese marcando el camino.

No había quejas, no había sufrimiento, tan solo una vida que se desvanecía con lentitud.

Y yo no tenía claro qué era más doloroso, si aquella agónica espera o la abrupta partida de mi mujer días atrás.

En ambos casos, las circunstancias me habían sobrevenido tan súbitamente que me asfixiaban por dentro.

Había hundido la cabeza en su vientre, apiadándome más de mí que de ella, cuando el estrépito rompió la calma que inundaba la estancia. Mi madre, desde el lecho, había intentado beber agua y la jarra se le había escapado de entre los dedos junto con las pocas fuerzas que le quedaban.

—No se preocupe, madre —me apresuré a decir—. Yo me encargo.

Devolví la jarra a su lugar y, con un paño, recogí el charco del suelo.

Luego me acuclillé a su lado y le di de beber la poca agua que quedaba.

Su mandíbula apenas era capaz de mantenerse firme y algunas gotas se le escurrían por la comisura.

No obstante, aquellos sorbos parecieron aliviarla, pues cayó en un sueño ligero. Temí que fuese el último.

Volví a sentarme y le agarré la mano escuálida que, pese a estar helada, conseguía transmitirme un halo de calor directo hacia el pecho.

Observé sus dedos enjutos y me pregunté cómo era posible.

Desde que había regresado de su viaje, el avance había sido de vértigo.

Había mantenido siempre una juventud envidiable, tanto por fuera como por dentro, y ahora el tiempo parecía haberla aplastado en tan solo una semana.

Quizá descubrir que su hijo había perdido su otra mitad tuvo algo que ver, aunque no dejó de actuar como el estandarte que siempre fue para mí, sobre el que apoyar mi alma rota.

Alma que ahora seguía quebrándose en trozos todavía más pequeños y difíciles de recomponer.

Se revolvió y comenzó a emitir unos sonidos suaves pero ininteligibles.

Me acerqué para intentar comprenderla, en vano, hasta que me percaté de que aquellas oraciones solo cobrarían sentido en su cabeza.

Y esta ya se encontraba lejos de las cuatro paredes que nos daban cobijo.

De pronto se detuvo, entreabrió los ojos y enfocó su mirada en la mía.

Unos segundos de lucidez me permitieron ver aquellos iris cenicientos, que se despidieron de mí en silencio.

—¿Madre? ¿Madre…? —Un nudo en la garganta ahogó mis palabras—. ¿Mamá?

El niño que había quedado enterrado hacía muchos años volvió a manifestarse. Las lágrimas brotaron sin posibilidad ni intención de contenerlas, y la oscuridad del cuarto fue entonces total.

Me había quedado solo en este mundo. Ya no tenía nada más por lo que vivir. Habría rezado para que Dios me llevase con ellas, si no fuese porque ya no tenía claro que hubiese nadie detrás escuchando mis titubeos, mis lamentos, mis súplicas.

Cuando ya no me quedaron gotas que derramar sobre su cuerpo sin vida, me erguí y escruté alrededor.

Tomé la vela que había sido testigo de aquel último adiós y me dispuse a salir.

A punto de hacerlo, algo me hizo volver la mirada, y fue entonces cuando lo vi.

Bajo el camastro donde yacía mi madre, en el rincón más alejado, se recortaba una silueta cuadrada.

Regresé sobre mis pasos y acerqué la llama hasta que distinguí un libro de llamativa cubierta bordada que no había visto antes.

Dejé la vela, me senté de nuevo, y el asombro me invadió al leer el título: Helen Strong, vida y sacrificio .

Tenía entre mis manos unas páginas que, por algún motivo que no alcanzaba a ver, mi madre me había ocultado.

Gracias a ella podría leerlo, pues, como hicieran muchas otras madres, día tras día me leyó los versículos de la Biblia hasta que consiguió que lo hiciese por mi cuenta.

Pero no se contentó con enseñarme a leer, sino que no cejó en su empeño de adiestrarme en el arte de la escritura.

Solía recurrir a buenos y variopintos motivos para recordarme la importancia de poder plasmar en un papel lo que nos revoloteaba por la cabeza.

Aquellos recuerdos tan lejanos dibujaron una fugaz sonrisa en mi cara, que se evaporó cuando la miré y supe que jamás tendría la oportunidad de agradecerle todo lo que había hecho por mí.

Puse entonces mi atención en las memorias, cuyas líneas estaban manuscritas. Pensé que sería una buena manera de honrar su vida, pero bastó con dos páginas para que mi cuerpo sucumbiese a la tensión acumulada, ya exudada, y el peso de los párpados hiciese el resto.

Cuando desperté, la vela se había consumido y el cuarto estaba sumergido en la penumbra. El contorno de los enseres, apenas discernibles, se perfilaba en el aire. Con tiento, abandoné el lugar y recorrí el mismo amargo camino que la semana anterior.

Varias horas después, sentado en el suelo frío y duro, observaba desde arriba el cuerpo de mi madre en la zanja que habría de resguardarla el resto de la eternidad.

Los ojos volvieron a empañárseme al mirar de soslayo aquel otro mon­tículo que, a poca distancia, guarecía a mi joven mujer.

Desvié la mirada y la fijé en el horizonte, intentando huir de la pesadilla que me atormentaba.

El bosque delimitaba los confines del cementerio y absorbía la tenue luz del ambiente, que iba y venía a capricho del viento que soplaba y arrastraba consigo densas nubes que me sumían en las sombras.

Al otro lado, un pequeño camino de arena devolvía al pueblo a aquellos que, por suerte o por desgracia, aún no nos tocaba quedarnos allí para siempre.

Me sentía incapaz de abandonar el lugar, no quería admitir que mi familia ya se había ido.

Había llevado las memorias de mi madre, aunque no para leerlas.

La negrura era casi total y había olvidado el farol.

Las había traído conmigo con otro fin. En esos momentos en los que mis pensamientos tomaban mil formas distintas en mi cabeza, había asumido que por algún motivo ella no quiso hablarme de esos escritos.

No mancillaría su recuerdo de ninguna forma.

Acaricié una última vez la cubierta, como si se tratase de su misma piel, y las arrojé a la zanja para que la acompañasen allá donde fuera.

Todavía en el suelo, me sobresalté al ver dos luceros brillantes y amarillentos que se confundían con el reflejo de la luna.

Agucé la vista hasta que distinguí el contorno de un gato negro que me observaba con precaución.

Tan solo un pequeño parche de pelo blanco en el pecho evitaba que se camuflase por completo.

Se apoyaba sobre sus patas traseras, ligeramente encorvado, y con el largo rabo se abrazaba a sí mismo.

Durante unos instantes dudé de sus intenciones hasta que comenzó a agazaparse, tensando la cola al mismo tiempo, y trazó un arco perfecto al saltar sobre la tumba descubierta de mi madre.

Luego huyó despavorido y se adentró en el bosque. Lo seguí con la mirada.

Un golpe sordo me trajo de vuelta al cementerio y me hizo estremecerme.

Distinguí a un muchacho que había dejado caer una pala de madera sobre el terreno.

Sus facciones se tensaron cuando me vio.

Intenté conectar con su mirada esquiva. Su rostro me rehuía, evitaba a toda costa cruzarse conmigo, aunque se mantuvo inmóvil en el sitio.

Vestía una túnica larga que se ataba en la cintura y cuya capucha reposaba sobre su espalda.

Lo primero que llamó mi atención fue su brazo derecho, pegado al torso y con la muñeca doblada por completo.

El otro brazo, que sujetaba la pala, estaba ligeramente más estirado, aunque tampoco caía del todo.

—Tú eres el sepulturero, ¿no es así? —le dije.

Un temblor sacudió su cuerpo y el sonido de su saliva al tragar retumbó en aquel baldío paraje. No respondió.

—Has venido a enterrar a mi madre, ¿no?

Parecía haberse quedado de piedra. ¿Sería mudo?

—No te contestará, joven —dijo otra voz, más grave, proveniente de las sombras.

El corazón me dio un vuelco. Con latidos acelerados examiné el entorno, que solo se calmaron cuando confirmé la presencia de un anciano ante mí.

No sabía de dónde había salido. Era alto y delgado y llevaba un bastón, más por juguetear con él que por necesidad, pues caminaba con calma, aunque con firmeza.

Su pelo plateado resplandecía en mitad de la noche, pero lo que más me perturbó fue su enorme sonrisa, que arrugaba todavía más su semblante.

—¿Por qué? —inquirí.

El anciano se encogió de hombros.

—Tan solo sé que no lo hará. —Luego se acercó un poco más—. ¿Y tú quién eres, joven?

Su presencia me abrumaba, así que me puse en pie antes de que este llegase a estar a un palmo de mí.

—Roy Bean —repuse con tanta solemnidad como pude—. ¿Y usted?

—¿Yo? ¿Qué más da quién sea yo? —Tras su evasiva, se acercó todavía más—. ¿Qué te trae por estos lugares? Nada bueno, he de suponer.

Enarqué una ceja y me di la vuelta sin dirigirle palabra alguna.

—¿Quién es ella? —insistió el anciano.

Al volverme lo vi asomarse al hoyo. Por un momento me había olvidado que aún estaba al descubierto.

—Nadie de su interés. —Después me dirigí al sepulturero—. Por favor, ya puedes enterrarla.

Este comenzó una aparatosa marcha, arrastrando la pala al mismo tiempo que a cada paso se tambaleaba de un lado a otro. Parecía que sus rodillas fuesen a partirse en cualquier momento, aunque aparentaba tener el movimiento bajo control.