El Magnate y la Médica de Rescate (Imperio Monteiro Libro 4) Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

El almuerzo fue a las doce y media —él lo preparó, ella se quedó en la barra comentando las decisiones con la autoridad de quien tiene opiniones sobre el método y no necesariamente sobre el resultado.

—Dejas el ajo demasiado tiempo —dijo ella.

—A mí me gusta así.

—Se pone amargo.

—A mí no me queda amargo.

Ella se quedó callada dos segundos. Después:

—Está bueno —dijo, cuando llegó el plato.

—Ya sé —dijo él.

Ella lo miró con la expresión que él había aprendido a leer como el equivalente de ella a una sonrisa —no la sonrisa de presentación, no la sonrisa de llegada, la versión más chica que aparecía cuando pasaba algo que ella no había anticipado y que había resultado mejor de lo esperado.

* * *

A las catorce y quince ella fue al cuarto a buscar la mochila.

Volvió con ella al hombro, la remera gris de Curitiba doblada encima. Se quedó de pie en el pasillo.

—Necesito pasar por el departamento de mi amiga antes del aeropuerto —dijo ella—. Vive en Água Verde. Puedo pedir un Uber desde acá.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Sé que no hace falta.

Ella se quedó con la repetición un segundo. No dijo nada. Tomó el abrigo.

Él tomó las llaves.

En el ascensor ella se quedó mirando el espejo de acero inoxidable —el pelo, la mochila, la remera de él por debajo del abrigo porque se había olvidado la suya, o no se la había olvidado. Él se quedó mirándola mirarse en el espejo.

Las puertas se abrieron en el subsuelo.

Fueron hasta el auto.

* * *

El departamento de la amiga quedaba en la Alameda Augusto Stellfeld —él se quedó en doble fila mientras ella subía. Diez minutos, tal vez doce. Se quedó con el motor encendido, el celular en la mano con el informe de capacidad abierto, leyó dos párrafos sin avanzar.

Ella volvió con una bolsa pequeña —del tipo que se usa para devolver algo prestado o buscar algo olvidado. Entró al auto, puso la bolsa en la falda.

—Campera de invierno —dijo ella—. Sabía que la iba a necesitar y me olvidé de traerla.

Él miró el abrigo que ella ya tenía puesto. El de ella, no el de él.

—Ya tienes abrigo —dijo él.

—Este es para cuando llegue a Floripa. —Una pausa—. Florianópolis en julio tiene viento. Curitiba tiene un frío lindo. Es distinto.

Él puso el auto en movimiento hacia el aeropuerto.

Faltaban treinta y cinco minutos hasta la terminal. La ciudad con el movimiento de un lunes por la tarde —tráfico moderado, los cruces funcionando, el tipo de día en que Curitiba cooperaba sin que se lo pidieran.

—Lucas —dijo ella, a unos quince minutos del aeropuerto.

—Sí.

—Vas a Porto Alegre el miércoles.

—Voy.

—¿Pasas por Floripa a la vuelta?

Él se quedó con la pregunta.

Florianópolis no quedaba en el camino de Porto Alegre a Curitiba por ninguna definición geográfica razonable. Ella lo sabía. Él sabía que ella lo sabía.

—Puedo pasar —dijo él.

—Yo trabajo el jueves —dijo ella—. Pero el viernes estoy libre.

Él se quedó callado un segundo. Calculó —Porto Alegre el miércoles, vuelo de vuelta el jueves, desvío por Floripa, viernes.

—Te aviso cuando confirme el vuelo —dijo él.

—Está bien.

Ninguno de los dos dijo nada más hasta el aeropuerto.

Él se detuvo en la fila de embarque. Ella tomó la mochila del asiento trasero, la bolsa de la falda. La puerta ya estaba abierta antes de que él apagara el motor.

Ella bajó.

Se quedó de pie junto al auto un segundo —no vacilación, el tipo de pausa que existe cuando alguien está revisando si tiene todo antes de ir a un lugar de donde no se puede volver a buscar algo olvidado.

Tenía todo.

—El viernes —dijo ella.

—El viernes —confirmó él.

Ella se fue.

Él se quedó en el auto hasta que ella entró a la terminal. Después puso el auto en movimiento, salió de la fila, entró a la ruta de vuelta a la ciudad.

Abrió el celular en el semáforo siguiente y buscó vuelos de Porto Alegre a Florianópolis para el jueves a la noche.

Había tres opciones.

Guardó las tres.

* * *

EPÍLOGO — POV LUCAS

* * *

La cena era en la casa de Rafael.

Lucas supo que iba a ser larga cuando vio la cantidad de copas en la mesa —diez lugares, dos botellas ya abiertas en el aparador, Isabela en la cocina con la expresión de quien había estado cocinando desde media tarde y estaba conforme con lo que había hecho.

Rafael abrió la puerta antes de que él tocara el timbre, lo que significaba que había estado atento al ascensor.

—¿Llegó Helena? —dijo Rafael, en lugar de saludar.

—Viene de Floripa más tarde. Vuelo de las dieciocho y treinta.

—Todavía llega a tiempo.

—Todavía llega a tiempo —confirmó Lucas, y entró.

* * *

El living tenía el movimiento del comienzo de una cena —gente llegando en intervalos de diez minutos, el tipo de evento donde el orden de llegada no estaba definido pero el resultado final siempre era el mismo.

Vitor estaba en un rincón con una copa, hablando con una mujer que Lucas no conocía —alta, pelo corto, la postura de alguien que está en una conversación porque eligió estar ahí, no porque la hayan puesto ahí.

Del otro lado del living, Augusto —el abogado de la familia— estaba con un hombre que Lucas identificó como cliente nuevo de Rafael por la forma en que Rafael vigilaba la conversación sin participar.

Lucas fue hasta el aparador, se sirvió vino, se quedó de pie.

Isabela salió de la cocina con una fuente de entrada, la puso en la mesa, volvió antes de que alguien pudiera darle las gracias. Rafael la siguió con la expresión de quien sabía que la mejor ayuda disponible era quedarse fuera del camino.

* * *

A las ocho y veintidós sonó el portero eléctrico.

Supo que era ella por la forma en que Rafael lo miró antes de atender —la mirada de quien está chequeando si el otro está prestando atención, no de quien necesita avisar algo.

Dos minutos después ella entró por la puerta con el abrigo de invierno que había ido a buscar al departamento de su amiga seis semanas atrás y que había quedado en la entrada del departamento de él después de que Florianópolis en julio resultara más templada de lo esperado.

Llevaba el abrigo, una botella de vino, la mochila pequeña, la expresión de alguien que había salido de un aeropuerto hacía cuarenta minutos y que estaba bien de todos modos.

Lo vio en el pasillo.

Sonrió —no la sonrisa de presentación, no la sonrisa de llegar a un lugar nuevo. La otra. La más chica, la que existía cuando ella estaba llegando a un lugar al que quería llegar.

Él fue hasta ella, tomó la botella, le besó el costado de la cara. Ella se quedó con la mochila.

—¿Cómo estuvo el vuelo? —dijo él.

—Normal. El copiloto era nuevo, se notó en las curvas. —Se sacó el abrigo, lo colgó en la entrada—. ¿Hay comida de verdad o es solo entrada?

—Isabela cocinó desde las tres.

—Entonces hay comida de verdad. —Pasó junto a él hacia la cocina para saludar a Isabela, que era el tipo de cosa que ella hacía porque era lo correcto, sin necesidad de decidirlo.

Él se quedó en el pasillo con la botella en la mano un segundo.

* * *

La cena se sentó a las nueve.

Lucas quedó entre Helena y Vitor. Del otro lado de la mesa, el invitado nuevo de Rafael —Leonardo, había dicho alguien durante las presentaciones, Lucas no había captado el apellido— estaba tres lugares a la izquierda, al lado de la mujer de pelo corto que había estado en el rincón con Vitor.

La cena avanzó como avanzaban las cenas en casa de Rafael: conversación paralela en ambos lados de la mesa, Isabela levantándose y sentándose a intervalos regulares, Augusto con la copa siempre a la mitad como si hubiera una regla.

Helena hablaba con la mujer a su derecha —alguien del círculo de Isabela, una cirujana, las dos habían empezado a comparar hospitales con la velocidad de quien encuentra terreno común y decide explorarlo.

Lucas escuchaba la conversación con media atención cuando lo notó.

El invitado nuevo —Leonardo— estaba mirando a alguien del otro lado de la mesa.

No era la mirada de quien está evaluando.

Era la otra —el tipo que no tiene estrategia porque la estrategia todavía no llegó, que existe antes de que la persona decida que está mirando.

Lucas la reconoció con la precisión específica de quien había tenido esa misma mirada en una mesa parecida no hacía mucho tiempo, y que sabía exactamente lo que costaba.

La persona a la que Leonardo estaba mirando todavía no se había dado cuenta.

Lucas tomó la copa. Bebió un trago. No dijo nada.

Del otro lado de la mesa, Vitor estaba en medio de una frase sobre logística portuaria cuando se detuvo un segundo —lo bastante breve como para que quien no estuviera prestando atención no lo notara— y miró a Leonardo. Después miró a Lucas.

Los dos intercambiaron una mirada.