El Magnate y la Médica de Rescate (Imperio Monteiro Libro 4) Capítulo 33
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Capítulo 33

POV HELENA

* * *

El festival había montado puestos en toda la cuadra.

Helena había llegado en taxi desde el aeropuerto —el vuelo desde São Paulo había aterrizado con veinte minutos de retraso, había salido del área de desembarque a las dieciséis y cuarenta y dos, había mandado un mensaje avisando mientras todavía estaba en la fila del taxi.

Lucas había respondido: la entrada principal es por la calle Mateus Leme, los puestos de vino quedan a la izquierda.

Se había quedado con el mensaje un segundo antes de guardar el celular.

El festival había ocupado la plaza del modo en que las plazas grandes de Curitiba a veces eran ocupadas —completamente, con la lógica de evento que reorganizaba el espacio sin que el espacio dejara de ser lo que era.

Los árboles seguían ahí. El quiosco seguía ahí.

Los puestos habían llegado alrededor de todo eso como una capa adicional, no como reemplazo.

Había entrado por la calle Mateus Leme.

Lucas estaba apoyado contra un poste del lado izquierdo con dos vasos de plástico en la mano —no esperando de forma estática, del tipo de espera de quien estaba mirando otra cosa y se había dado vuelta al ver la entrada.

—Veinte minutos de retraso —había dicho ella, al llegar.

—Lo sé. —Le había ofrecido uno de los vasos—. Este es un tinto del Valle de São Francisco que el señor del puesto aseguró que es mejor de lo que parece.

Había tomado el vaso. Había bebido.

—Es mejor de lo que parece —había dicho.

—Él sabía lo que hacía.

Habían caminado.

* * *

El festival había organizado los puestos por región —vinos del sur, vinos del centro-oeste, cervezas artesanales de Paraná, quesos de Santa Catarina.

Había una zona de comida caliente en el centro que había generado una fila desde las dieciséis horas, el tipo de fila que existía cuando el producto era lo suficientemente bueno como para que la gente esperara más de lo que necesitaría esperar.

Habían pasado por la fila sin detenerse.

—¿Hambre? —había dicho Lucas.

—Más tarde.

Habían seguido entre los puestos. El vino del Valle de São Francisco se había terminado antes del tercer puesto.

Se habían detenido en un productor de Santa Catarina —una mujer de unos cuarenta y tantos años que había empezado la descripción antes de que se la pidieran, con el tipo de fluidez de quien había dado esa misma descripción decenas de veces esa semana pero que todavía creía en lo que estaba describiendo.

Lucas se había quedado con la descripción.

Había hecho una pregunta sobre el proceso de fermentación —no la pregunta obvia, una pregunta lateral que había surgido después de que la mujer mencionara la altitud.

Ella se había quedado con la pregunta un segundo antes de responder con más detalle del que había dado en cualquier parte de la descripción estándar.

Helena se había quedado con ese intercambio.

Se había quedado con Lucas quedándose con la respuesta —el tipo de escucha que ella había reconocido en la sala de embarque de Congonhas, que había reconocido en el restaurante de Curitiba la primera vez, que se había quedado como un dato archivado en algún lugar que ella no había elegido archivar.

Había bebido el de Santa Catarina.

Era bueno.

* * *

La tarde había avanzado hacia el tipo de luz que Curitiba producía en invierno antes de oscurecer temprano —el dorado bajo que llegaba en diagonal, que hacía que los árboles de la plaza se vieran más oscuros por contraste, que duraba lo suficiente como para que la gente dejara de caminar y mirara por un segundo antes de seguir.

Se habían sentado en una de las mesas de la zona central —la fila había disminuido lo suficiente como para que las mesas quedaran con espacio, dos vasos nuevos que Lucas había ido a buscar mientras ella cuidaba la mesa.

La plaza a su alrededor tenía el movimiento del atardecer —familias que se iban, parejas que habían llegado para la parte de la noche, el ruido colectivo que existía cuando muchas conversaciones pasaban al mismo tiempo y ninguna era distinguible.

Se había quedado con el movimiento.

—¿Viniste directo del turno? —había dicho Lucas.

—Del turno y de casa. Pasé por casa antes del aeropuerto.

—¿Llamado hoy?

—Uno. Temprano en la mañana —traslado cardíaco. Goiânia. —Se había quedado con el vaso—. Llegó bien.

Lucas se había quedado con ella.

—¿Lo acompañaste?

—Siempre acompaño.

Lo había dicho como lo había dicho otras veces —como dato, no como declaración. Lucas se había quedado con el dato del mismo modo que se había quedado otras veces, con el tipo de atención que no exigía que ella explicara más.

Se había quedado con eso.

Se había quedado con el hecho de que estaba sentada en una mesa de un festival de gastronomía en Curitiba con Lucas Monteiro dos días antes de recibir una correspondencia que su madre le había avisado por mensaje esa misma mañana —llegó algo aquí para ti, Helena, parece importante, de un bufete de abogados— y que ella había dicho que iría a buscar el fin de semana y que ya sabía qué era antes de ir a buscarla porque había activado el bufete dos meses antes y porque el proceso había avanzado a la fase que la abogada había dicho que avanzaría.

Dos días.

Había bebido el vino.

* * *

El puesto de quesos había quedado a su derecha —un productor del Planalto Serrano con muestras expuestas en una bandeja de madera. Lucas se había levantado sin preguntar y había vuelto con un plato pequeño y dos palillos y una descripción corta: el de la izquierda tiene noventa días de curado.

Había comido el de la izquierda.

Se había quedado con él un segundo.

—Bueno —había dicho.

—El señor dijo que es el que le serviría a alguien que llega de viaje.

—Tiene sentido.

Se habían quedado con el plato entre los dos. La plaza había seguido a su alrededor. La luz había bajado un grado más —ya estaba en el tipo de dorado que existía justo antes de virar a lila, que duraba diez minutos en Curitiba en invierno antes de que la ciudad pasara directo a la oscuridad.

Helena se había quedado con la luz.

Se había quedado con el queso.

Se había quedado con el bufete esperando una respuesta.

Se había quedado con Bruno a los veintiocho años en el archivo del que no había sido llamada —Bruno que había disfrutado el vino sin entender mucho de vino, que había dicho una vez me vas a enseñar en una conversación de una hora que había terminado porque ella había tenido que irse y que no había habido otra conversación así porque siempre había otro turno, otro llamado, otro plazo más urgente.

No había habido otra conversación.

Se había quedado con eso hasta que había dejado de quedarse con eso, el tipo de límite que existía porque el plato de queso seguía en la mesa y Lucas estaba a su izquierda y el festival continuaba.

Se había quedado con el festival.

* * *

La placita más pequeña había quedado al fondo de la cuadra —no la plaza principal, una abertura menor entre dos puestos de cerveza que había creado un espacio accidental con dos bancos de concreto y un árbol que había quedado fuera del perímetro de puestos por una razón de diámetro de tronco.

Habían llegado ahí sin haberlo buscado.

Había sido el tipo de movimiento que ocurre cuando dos adultos están caminando por un espacio y el espacio revela una bifurcación y uno de los dos gira sin avisar y el otro lo sigue.

Se habían sentado en los bancos de concreto.

El festival había quedado alrededor como ruido de fondo —presente, medible, separado de ese espacio específico por el tipo de distancia que no era física pero que existía de todos modos.

Helena se había quedado con el árbol.

—No sé qué estoy haciendo aquí —había dicho.

Lo había dicho de forma neutral —no como apertura de una gran conversación, como observación concreta que había llegado y se había ido antes de que ella calculara si era la frase correcta.

Lucas se había quedado con ella un segundo.

—Yo tampoco —había dicho.

Lo había dicho con el mismo registro.

Se habían quedado con las dos frases en el aire de la placita más pequeña.

Helena se había quedado con yo tampoco —con lo que había detrás de la frase de él, con lo que había detrás de la misma frase de ella, con el hecho de que los dos habían dicho lo mismo desde lugares completamente distintos y que ninguno de los dos había dicho lo suficiente como para que el otro supiera la diferencia.

La luz había terminado de virar.

El festival había encendido las luces de los puestos alrededor —el tipo de iluminación de evento que existía para que el espacio siguiera existiendo después de que se ponía el sol.

Se habían quedado en la placita más pequeña con las luces del festival llegando desde lejos y el árbol arriba y el ruido de fondo que había continuado sin importar lo que se había dicho en esos dos bancos de concreto.

Ninguno de los dos se había levantado todavía.

* * *

Lucas se había levantado después de un rato.

—¿Hambre de verdad ahora? —había dicho.

—Sí.

Habían vuelto a la zona central. La fila se había terminado —quedaban las mesas ocupadas y algunos puestos de comida todavía abiertos, el tipo de final de festival que existía cuando el movimiento ya había pasado el pico pero todavía había razón para quedarse.

Habían comprado dos platos en un puesto de comida paranaense —barreado, el plato que llevaba horas de preparación y que el hombre del puesto había descrito con la velocidad de quien estaba agotado de describirlo pero lo había descrito de todos modos.

Se habían sentado de nuevo en la zona central con los platos y el último vaso de vino que había sobrado.

Helena había comido.

Había sido el tipo de comida funcional que existía porque el cuerpo la necesitaba y porque la comida era buena y porque había sido un día de vuelo y llamado y festival y dos bancos de concreto donde había dicho no sé qué estoy haciendo aquí y había recibido yo tampoco de vuelta.

Lucas se había quedado con el plato.

—¿Vuelas de regreso mañana? —había dicho.

—En la mañana. Siete cuarenta.

—Temprano.

—Siempre es temprano.

Se había quedado con él —con su perfil bajo el tipo de luz de puesto de festival que era más anaranjada que cualquier otra cosa, con la forma en que se había quedado con el plato antes de comer como se quedaba con cualquier cosa antes de moverse sobre ella, con el hecho de que en dos días ella iba a abrir una correspondencia que había pedido que llegara a la dirección de su madre en vez de la propia porque había necesitado un paso adicional entre lo que venía y el momento de decidir.

En dos días.

Había terminado el resto del plato.

El festival había empezado a desmontar los puestos más pequeños alrededor —el tipo de proceso que ocurría antes del horario oficial de cierre, la infraestructura que precedía a la salida de la gente, las luces de los puestos periféricos apagándose una tras otra mientras los centrales todavía seguían abiertos.

Se habían quedado en la mesa hasta que cerró el último puesto de vino.

En dos días ella iba a abrir la correspondencia.

* * *