Capítulo 34
No sé qué esperaba cuando acepté que Atticus me trajera a Atenas, pero desde luego no que demostrara ser el anfitrión perfecto.
Cuando salimos de su oficina y fui a despedirme de Acacia (que ya sabía a dónde iba, pero no ocultó su sorpresa al verme salir del restaurante con nuestro jefe), él me dio unos minutos para cambiarme.
No sé qué hablaron mientras estuve en el vestuario, pero el rostro de mi gerente estaba cargado de preocupación.
Tampoco sé cómo logré llegar viva a Atenas, para ser sincera.
Para empezar, nunca había viajado en un avión privado (y, teniendo en cuenta el estilo de vida que Atticus lleva en Zarofu, ni siquiera sabía que tuviera uno).
Pero no fue solo eso lo que me inquietó.
Durante todo el trayecto no intentó tocarme otra vez, pero tampoco dejó de mirarme ni un segundo.
No sé cómo una mujer sobrevive siendo el centro de atención de alguien como él, pero juro que me dejó sin aliento gran parte del viaje.
La incertidumbre no es lo mío, así que, antes de aterrizar, como él no parecía dispuesto a darme ni una pista de lo que pensaba, decidí tomar la iniciativa, literalmente.
Atticus dijo que seríamos novios durante un mes, pero no creo que tenga muy claro lo que hace una pareja fuera de la cama.
Así que, en cuanto pisamos tierra firme, entrelacé mis dedos con los suyos. Él no intentó soltarse, pero mientras caminábamos sentí que me observaba.
Sin mirarlo, me encogí de hombros.
—¿Somos novios?
—¿Y eso es lo que hacen los novios? —Su voz suena divertida.
—Sí. Muchas cosas tontas.
—A mí me interesa la parte en la que los dos estamos desnudos —dice, sin ningún filtro.
Siento cómo se me calienta la cara y, cuando me giro para mirarlo, entiendo que lo dijo para provocarme.
No retrocedo.
—Esa parte te la tendrás que ganar, si sabes comportarte mientras estemos vestidos.
Con el tiempo que teníamos, no daba para una agenda muy extensa, pero insistí en ir al menos a la Acrópolis y a su museo, aunque renuncié a comprar material de trabajo. Puedo hacerlo online y, además, me moriría de vergüenza si Atticus se ofreciera a pagarlo.
Curiosamente, no insistió en el tema, lo cual me sorprendió, porque parece el tipo de hombre que necesita tenerlo todo bajo control.
Nadie de la prensa nos molestó.
Me dijo que el viaje improvisado tuvo la ventaja de no darles tiempo a los paparazzi para seguirlo, y dejó escapar que incluso cuando fue a visitar a su madre al hospital, ellos estaban allí.
¿Hospital?
Tuve ganas de preguntarle más, porque no pensé que lo que lo llevó a ver a su familia fuera tan grave como para que su madre estuviera internada. Pero respeté que no quisiera hablar del tema. ¿Quién soy yo para exigirle que revele sus secretos, cuando yo misma guardo tantos?
—¿Lista para comer? —pregunta al anochecer, rodeándome la cintura.
—No puede ser un lugar elegante. No voy vestida para eso —digo, mirando mis sandalias bajas y mi vestido sencillo.
—No te preocupes por eso. Dijiste que querías conocer un poco de Grecia, más allá de nuestra isla. Voy a darte una muestra.
Asiento, quedándome enganchada a sus palabras.
Nuestra isla.
No, Zarofu no es nuestra isla ni nuestro hogar. Los dos somos trotamundos, aunque, a diferencia de Atticus, yo sé que no quiero vivir así para siempre.
Mi celular vibra con la llegada de un mensaje y, al ver de quién es, siento cómo se me encoge el estómago, como siempre que ella intenta contactarme.
Aún no la bloqueé porque, hasta donde sé, Véronique no tiene a nadie más. Ningún familiar vivo. A pesar de todo lo que me hizo, sé que me sentiría terrible si le pasara algo y no tuviera a quién avisar.
Estoy a punto de responder. Es la primera vez que intenta acercarse desde el día siguiente al entierro de Sylvie. Pero cambio de idea y guardo el teléfono, permitiéndome ser egoísta por una vez y vivir mi vida sin preocupaciones.
—¿Algo importante? —pregunta Atticus, claramente refiriéndose al celular.
Sonrío.
—No, nada importante. Dijiste que me ibas a llevar a comer. Me muero de hambre.
Atticus
—Dios, no puedo comer más —dice Sabrina, sonriendo, mientras la observo pasar un trozo de pan de pita [21] por lo que queda de hummus [22] en su plato.
Nunca había asociado la comida con algo erótico. Aunque me encanta cocinar, para mí comer siempre fue un medio para un fin: sobrevivir.
Quizá hasta hoy.
Porque durante las dos horas que dura nuestra cena, estoy prácticamente excitado todo el tiempo por la forma en que Sabrina disfruta la comida.
A diferencia de la mayoría de las mujeres que conozco (con excepción de mi abuela), no parece preocupada por las calorías. Se chupa los dedos, gime cuando algo le gusta, completamente inconsciente de que verla comer me está volviendo loco.
No puedo evitar asociar su apetito, su manera de entregarse al placer de la comida, con cómo será en la cama.
Cuando dije que la acompañaría a Atenas, sinceramente esperaba aburrirme hasta la muerte. Nunca se me ocurrió que sería tan entretenido ver un lugar de mi propio país a través de los ojos de otra persona.
Sabrina abraza la vida. Se entrega a pequeños momentos de felicidad que la mayoría pasa por alto.
Se fija en una flor distinta, en un perro que pasó con un ojo azul y otro verde, me señala una nube que parece un cono de helado.
Es como volver a la adolescencia, a experiencias que nunca valoré.
No es indiferente a nada. Aprecia cada detalle, atenta a los sonidos y a la arquitectura que nos rodea.
—Háblame de tu vida en tu ciudad —le pido, y veo cómo su expresión se apaga.
Cada vez que intento que hable de su pasado, su alegría desaparece. Supongo que es por la reciente muerte de su padre. Debería dejar de insistir, pero cada vez quiero conocerla más.
Antes de responder, bebe un sorbo de agua. No quiso alcohol.
—No hay mucho que contar. Éramos solo nosotros dos. Sin familia.
—Excepto la persona que pagó tu viaje a Europa —digo, recordando lo que Acacia me contó.
—Sí. —Otro sorbo—. ¿Me enseñarías a bailar?
La traje a un restaurante típico, el más tradicional de Atenas, y hace un rato empezó la música. Quizá ella quiere bailar de verdad, pero también sé que está esquivando el tema.
—Hace mucho que no bailo —advierto.
—¿Cómo que no? En tu restaurante hay espectáculos todos los días.
—Digamos que soy más de observar.
—¿Pero alguna vez bailaste?
—Soy griego, Sabrina. De alma y corazón. Claro que sé bailar.
Me levanto y le tiendo la mano. Ella la toma.
—No tan griego —dice, mientras caminamos hacia la pista—. Mi padre decía que los griegos quieren hijos. Tú pareces bastante cómodo siendo soltero.
—Sí, estoy bien así.
¿Qué es estar bien? No tengo idea. Pero ella no necesita saberlo.
—¿Y nunca te casarás?
—Solamente me casaría si llegara un hijo no planeado.
Ella pone los ojos en blanco.
—Dios, por un momento sentí que estaba hablando con alguien de la era victoriana.
—¿Crees que sería justo criar a un hijo lejos de su padre?
—Yo crecí con solo uno de mis padres y nunca me faltó amor. De hecho…
—¿Qué?
—Nada. Tonterías. Vamos a bailar.