Capítulo 33
Una tormenta me retuvo en Lepaxos durante casi catorce horas y, cuando llego a Zarofu, ya son más de las diez de la mañana del día siguiente.
Normalmente iría primero a casa, pero esta vez fui directo al restaurante. Está a punto de empezar el turno de Sabrina y quiero verla antes de que se ponga a trabajar.
Apenas saludo a Acacia mientras recorro con la mirada el local en busca de la pelirroja. Ni siquiera registro lo que mi gerente me pregunta; solo hago un gesto con la mano, indicando que hablaremos con calma después.
—¿Dónde está Sabrina? —pregunto.
No disimula su preocupación ante mi tono, y sus labios se tensan en una línea fina antes de responder:
—En su oficina.
Empiezo a caminar hacia allí.
—Atticus… —me llama Acacia, y sé lo que significa, pero no quiero escucharla.
Sabrina y yo somos adultos. Nunca he permitido que se metan en mi vida y no voy a empezar ahora.
—Después —respondo simplemente, esperando que entienda que lo que tratemos será sobre el restaurante, no sobre mi vida personal.
Abro la puerta, sintiéndome ansioso como no recuerdo haber estado nunca. No hemos vuelto a hablar desde aquella madrugada.
—¿Qué haces aquí? —es lo primero que digo, aunque en realidad la pregunta no tiene la menor importancia.
No cuando está a apenas un metro de mí, preciosa y natural, con un vestido blanco de tirantes y ese cabello rojo que me obsesiona cayéndole por la espalda.
Se sobresalta, se disculpa y tropieza con sus propios pies.
Me adelanto y la sujeto, evitando que caiga.
Sus ojos azules se encuentran con los míos, y si no estuviera tan tenso, quizá sonreiría ante su nerviosismo cuando me dice:
—Agua.
Como si eso fuera una respuesta.
Le quito el portarretrato de las manos (ella ni siquiera parece notarlo) y lo dejo sobre la mesa antes de atraerla con más firmeza hacia mi cuerpo.
—¿Agua? Sí… eso me recuerda que tengo mucha sed.
Aplasto mi boca contra la suya, desesperado por el contacto, pero solo cuando siento la suavidad de su carne me doy cuenta de lo mucho que la deseaba.
No es un beso de saludo. Tampoco de reencuentro, como el de una pareja que lleva días sin verse. Es un beso voraz, profundo, ardiente. Mi lengua la invade sin pedir permiso, tomando todo lo que quiero, obligándola a entregarse.
El pequeño cuerpo de Sabrina vibra en mis manos, respondiendo de una forma tan sensual que me hace querer arrancarle la ropa y poseerla sobre la mesa.
La forma en que tira de mi cabello, acercando mi boca a la suya como si temiera que me apartara; cómo sigue cada movimiento de mi lengua, invitándome a profundizar más… todo es una mezcla explosiva que hace hervir mi sangre.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Dientes y lenguas explorándose, aprovechando cada segundo.
Sabrina gime mi nombre, ondulando su cuerpo contra el mío, y yo gimo en su boca, completamente satisfecho con su rendición.
Camino hacia atrás sin soltarla, con la intención de cerrar la puerta. La lógica no existe en este momento.
Lo único en lo que puedo pensar es en sentarla sobre la mesa, levantarle las piernas sobre mis hombros y devorarle la vulva con mi lengua.
Pero mi movimiento parece traerla de vuelta a la realidad. Apoya las manos en mi pecho y me empuja.
—No.
—¿No qué?
Se aparta de mí y da un paso atrás.
—No podemos besarnos aquí.
Por un instante me quedo desconcertado.
¿Besar? ¿Eso es lo que cree que estábamos haciendo? Porque para mí no hay duda de que era solo el inicio de algo mucho más.
—No tenía intención de detenerme en el beso, glikiá mou [20] .
Su rostro se enrojece aún más.
—No me vengas con esas expresiones griegas dulces. No soy tu “querida”.
Me apoyo contra la puerta, intentando entender de dónde salió esa súbita timidez. Hace un momento estaba completamente entregada.
—¿Estás molesta porque no te llamé?
—¿Qué?
—Me oíste.
Hasta donde sé, eso es lo que esperan las mujeres. Sobre todo teniendo en cuenta que declaramos que estamos en una relación la última vez que hablamos. Será por treinta días, pero entiendo el concepto.
—No… aunque me sentí como Penélope esperando a Ulises —dice, con una sinceridad que me sorprende—. ¿Cómo está tu madre?
Me encojo de hombros.
—Bien.
No quiero hablar de eso. No quiero traer mi familia disfuncional a esto. Prefiero mantener las cosas ligeras entre nosotros.
—Me alegra —dice, y suena sincera. No estoy acostumbrado a gente así, que se preocupa de verdad—. Me voy en unos minutos. Que tengas un buen día.
Ignoro lo que dice, pensando que se refiere a que está por empezar su turno.
—Tómate el día libre —digo, sujetándola del brazo antes de que llegue a la puerta.
—En realidad cambié mi turno. Me voy a Atenas.
—¿Qué?
—Voy a hacer un poco de turismo y a buscar material de trabajo.
Tal vez debería decirle que todo lo que necesita llegará a Zarofu en unos días, pero me lo guardo. No quiero que nada material se interponga entre nosotros.
—Si estás libre, podemos tomar mi barco. Navegar, parar a nadar en algún lugar.
En mi mundo, la privacidad lo es todo, y la idea de pasar el día con ella en el mar es perfecta.
—Es tentador, pero me voy a Atenas. —Se mantiene firme, y tengo la sensación de que no es el viaje lo que le interesa, sino alejarse de mí.
Lo que Sabrina no sabe es que yo nunca entro en un juego para perder.
—Te llevo.
—¿Qué? No. Ya compré un pasaje. Es un vuelo de cuarenta y cinco minutos.
—Acabo de llegar de Lepaxos. Basta una llamada a mi piloto. El avión sigue en la pista. No vas a huir de mí, pelirroja. Tu única salida es decirme que no me quieres cerca.
Cruzo los brazos, desafiándola a decirlo.
Al principio me sostiene la mirada con el mentón en alto, pero luego sonríe.
—Voy a convertir lo que queda de tu día en un infierno. Seré la turista más insoportable que hayas conocido.