Capítulo 32
Nunca me he considerado una persona indecisa. Insegura, sí, pero incluso cuando tengo miedo de dar el siguiente paso, sé cuál va a ser.
Ahora mismo, en cambio, estoy completamente perdida en dudas. Han pasado más de veinticuatro horas desde que Atticus se fue y, cada vez más, la conversación que tuvimos (nuestro pacto y luego la idea de pasar un mes juntos) parece un sueño insensato de madrugada que solo existió en mi cabeza.
Cambié mi turno con uno de los camareros y decidí pasar esta noche en Atenas. Busqué en internet y descubrí que hay una tienda allí que tiene todo lo que necesito para empezar los trabajos para April. Así que le pedí a Acacia que me diera permiso.
Sí, será un gasto innecesario, pero las propinas aquí son realmente generosas y, ahora, con el adelanto que April me pagará para comprar una computadora y volver a suscribirme a algunos programas de diseño, el dinero que gastaré en el viaje no hará un agujero tan grande en mi presupuesto.
Encontré un vuelo en oferta [18] y, como mañana mi turno empieza recién por la noche, pienso volver al mediodía, con tiempo de sobra para no llegar tarde.
Soy consciente de que estoy haciendo malabares para meterme en esta aventura, pero la verdad es que necesito un poco de distancia de Zarofu. Quedarme sentada como Penélope [19] esperando a Ulises no es lo mío.
Faltan pocos minutos para irme y, antes de pasar por los vestuarios para cambiarme, Acacia me pide que revise si en la heladera de la oficina de Atticus hay suficiente agua. La mayor parte de la noche, cuando el restaurante está lleno, él se queda allí.
Creo que la mayoría de la gente lo ve como alguien extrovertido, pero en mi opinión es más bien un observador que interactúa cuando es necesario.
Abro la puerta y voy directo al minibar, comprobando que aún quedan media docena de botellas de agua con gas Perrier, que es la que le gusta.
Me doy la vuelta para salir cuando veo un portarretratos en la estantería. Es una foto de él y de Thales cuando eran niños.
Ya la había visto la otra vez que estuve aquí, pero hoy me acerco y la tomo.
De pequeños se parecían más que de adultos. Donde Thales tenía una mirada suave, casi risueña y juguetona, Atticus, incluso siendo un niño, ya mostraba la personalidad fuerte que tendría de mayor. Mira al fotógrafo con el mentón en alto, como desafiándolo.
Paso el dedo por el vidrio, sobre su cabello, que ya entonces era rebelde. Se ha oscurecido; en la foto tiene un tono rubio casi castaño, pero ahora parece negro. Thales, en cambio, conservaba los mismos rizos color miel que, al igual que el de su hermano, parecían pedir a gritos un corte.
En las pocas veces que lo vi, las únicas personas de su familia de las que Thales hablaba eran Atticus y su abuela. Nunca me dijo (al menos a mí) que estuviera distanciado de sus parientes. Siempre que lo mencionaba, se le notaba el cariño en cada palabra.
Ese recuerdo me oprime el pecho al pensar que Sylvie y yo nunca tuvimos la oportunidad de construir ese tipo de vínculo, y aun así, el amor entre nosotras fue inmediato.
Cuando cenamos con Véronique, no ocultó el disgusto que le causaba nuestra relación, y nunca entendí por qué. Ahora tengo una idea: mi mamá no sabe lo que es crear lazos con alguien si no hay intereses de por medio.
En su mundo, yo no encajo porque no tengo ninguna utilidad.
Recuerdo lo que Atticus me dijo: que si no podía darme el material para volver a trabajar en mi profesión, entonces yo no tendría ninguna ventaja estando a su lado.
Creo que eso es una pequeña muestra de cómo fue criado, considerando que Thales decía cosas parecidas.
En su mundo, las personas son como piezas de ajedrez, moviéndose según los intereses de quienes juegan.
Estoy perdida en mis pensamientos cuando la puerta se abre de repente. En cuanto me doy cuenta de quién acaba de entrar, me sobresalto y casi dejo caer el portarretratos.
El movimiento brusco me hace perder el equilibrio y mi cuerpo se inclina hacia atrás, pero antes de caer, dos brazos musculosos me sujetan.
—Lo siento —digo.
—¿Qué haces aquí?
Hablamos al mismo tiempo.
Durante unos segundos, nos miramos. Siento como si su piel ardiera, haciendo vibrar todo mi cuerpo con el contacto.
Soy la primera en reaccionar, intentando recuperar el control.
—Agua —digo, como si esa sola palabra explicara algo, en lugar de decir que vine a revisar su suministro personal de agua.
Una esquina de su boca se curva en una sonrisa.
—¿Agua? Sí… eso me recuerda que tengo mucha sed.
Como en cámara lenta, veo su boca acercarse a la mía, y antes incluso de que nuestros labios se toquen, gimo en anticipación, rodeándole el cuello con mi brazo libre.