Capítulo 31
No sé qué esperaba al ir a Lepaxos a ver a mi abuela antes de volver a casa, pero desde luego no era encontrar a Aikaterini sentada en la terraza, mirando el mar.
Que no haya ido al hospital a visitar a mamá dice mucho. Es cierto que nunca fueron las mejores amigas, pero mi abuela es de las que toman el control de todo, sin importar lo difícil que sea la situación.
Un ejemplo de eso fue lo que pasó cuando nos enteramos de que mi hermano había muerto en un accidente.
Estuvo abatida durante las primeras veinticuatro horas. Lloró a su nieto como correspondía, pero fue la primera en recuperarse. De los tres familiares cercanos que me quedan, sin duda, es la más equilibrada y también la más fuerte.
—No es la primera vez —me dice después de que le beso la frente y me siento a su lado.
—¿De qué estás hablando? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.
Ni mamá ni Cirillo parecían demasiado asustados por lo ocurrido, lo que me hace pensar que el supuesto intento de suicidio no fue un hecho aislado.
—Tu madre —responde por fin—. No es la primera vez que intenta llamar la atención de tu padre tomando pastillas.
—Es la primera vez que él me llama para pedirme que venga.
Se encoge de hombros.
—Mi hijo acaba de recuperarse de un infarto. Quizás temía por su propia salud, no por la de ella.
Esa es otra cosa que admiro de mi abuela. No intenta tapar el sol con un dedo. Reconoce los defectos de todos y sabe que su hijo es un maldito egoísta que solo piensa en sí mismo.
—Voy a volver a casa, abuela.
—Zarofu no es tu casa. Esta lo es.
—Zarofu es donde quiero estar —digo, sin ganas de discutir—. No vine solo a ver si estabas bien, también quería pedirte que te olvides de esa idea de unirme a Calliope. No va a pasar. He conocido a alguien.
Al principio no pensé en mencionar a Sabrina.
Odio las mentiras y, al comienzo, vi nuestro acuerdo como una forma de impedir que la ex de mi hermano siguiera inventando compromisos conmigo. Si la prensa descubre que estoy en una relación, no importa cuántas insinuaciones haga Calliope sobre un supuesto matrimonio futuro, quedará en ridículo.
Y así como no dudo de que sería capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos, tampoco creo que se someta a la humillación pública. Nunca aceptaría el papel de “la otra”, sobre todo después de haber criticado abiertamente a Sylvie en la prensa.
Pero ahora me doy cuenta de que este mes con Sabrina no es solo una mezcla de deseo y conveniencia. La deseo.
No recuerdo haber deseado a una mujer y, al mismo tiempo, querer pasar tiempo con ella fuera de la cama. Ella capta mi atención de una manera que ninguna otra ha logrado, y quiero ir más allá y descubrir por qué.
—Que yo sepa, has estado “conociendo a alguien” desde que dejaste los pañales —dice ella.
—Ella es diferente.
Y lo digo en serio. Es única.
A Sabrina no le importa mi apellido ni que sea su jefe. No quiere nada de mí salvo que sea yo mismo, como dijo. Incluso rechazó que le comprara material de trabajo, aunque en eso ya tomé una decisión.
Mientras venía en el barco a Lepaxos, llamé a mi secretaria en Atenas para que averiguara todo lo necesario para que una diseñadora gráfica e ilustradora pueda trabajar. En unos días estará todo listo.
Eso sí, esperaré al menos una semana para dárselo. Tengo planes para nosotros y no quiero que los regalos la incomoden.
—¿En qué es diferente? ¿Tiene tres ojos?
Suspiro, intentando no irritarme.
—Sé que te cae bien Calliope, abuela, pero nada va a hacer que me case con ella. Olvida ese plan. No la soporto y, aunque fuera la mujer más interesante del mundo, jamás estaría con la exprometida de mi hermano.
—¿Por orgullo?
—No. Simplemente no me parece correcto. Pero ese no es el punto. Calliope es mala, caprichosa e irritante. No tenemos nada en común.
—El matrimonio no es amor, sino alianzas.
—Puede ser, pero como no pienso casarme, ni el amor ni las alianzas me interesan. No tengo ninguna intención de volver a ver a Calliope en esta vida.
—Entonces, ¿es en serio lo tuyo con esa chica?
¿Qué diría si le contara que le propuse a Sabrina un acuerdo de treinta días con final definido? ¿Qué tan serio puede ser eso? Mi abuela no tiene idea del tipo de bastardo que soy ni de cómo he vivido.
—No lo sé, abuela. Probablemente no, pero ahora mismo es a ella a quien quiero. Tampoco quiero pelear contigo. Eres la persona más sensata de esta familia, pero si insistes con lo de Calliope, eso va a pasar.
—El plan no fue mío. Fue idea de Calliope y de tu padre. Lo conozco, Atticus. Sé que no cederías a chantajes emocionales. Pero la ex de tu hermano necesitaba comprobarlo por sí misma. Ahora que eso ya está claro, quiero conocer a tu novia. ¿Cómo se llama?
—Sabrina.
—Bonito nombre. Como el de la protagonista de esa película de 1954 [17] . ¿También es pobre, como la chica de la historia?
Pongo los ojos en blanco.
—No puedo creer que preguntes eso.
Sonríe.
—Estoy bromeando. Tráela. Tengo curiosidad por conocer a la mujer a la que mi nieto llama novia .
—¿Por qué?
—Porque estoy segura de que hay algo especial en ella. Si no, no la mencionarías ni la asumirías con tanta convicción.
—Quizá solo la estoy usando para librarme de Calliope.
—No necesitas eso. Eres firme y nunca te doblegarías ante tu padre. Puede que te hayas dado esa excusa —dice, sin saber lo cerca que está de la verdad—, pero te conozco. Estoy segura de que esa Sabrina es especial. Tráemela.
—Ya veré. No prometo nada —respondo, levantándome—. ¿Vas a estar bien?
Asiente.
—A veces tengo la sensación de que los enterraré a todos, hijo. Algunas mañanas me despierto cansada de vivir, pero luego recuerdo que tengo a dos adolescentes de mediana edad que supervisar: tus padres; y acepto que tendré que quedarme mucho tiempo más en este mundo.