El magnate prohibido que me rechazó Capítulo 35
58%

Capítulo 35

Necesito tener cuidado con mi corazón, o este mes que pasaremos juntos va a terminar complicándose demasiado para mí.

Cuando le dije que quería bailar, solo era parcialmente cierto.

En realidad, lo que intentaba era evitar hablar del pasado, porque no quiero mentir.

Cuando llegue el momento de nuestra conversación, no quiero que me acuse de haberlo engañado activamente, no solo por omisión, sino inventando historias.

Sin embargo, el tiro me salió por la culata, porque después de una hora bailando con él, mi tonto corazón está más en peligro que nunca.

Atticus es guapísimo. Su belleza y su intensidad prácticamente no dejan alternativa a una mujer más que desearlo, pero verlo completamente inmerso en su propia cultura elevó la atracción que siento por él a otro nivel.

Bailando entre su gente, no parecía un multimillonario arrogante, sino un hombre común divirtiéndose con su novia. Pero no fue eso lo que realmente me afectó, sino lo sorprendido que se mostró ante su propia capacidad de disfrutar. Como si sonreír y jugar fueran cosas que había olvidado.

—Me rindo —digo, rodeándole el cuello con los brazos—. Mis piernas no pueden más. Me tiemblan. Además, tenemos que volver a Zarofu.

Él me sostiene el mentón, obligándome a mirarlo.

—Quédate.

—¿Qué?

—No vamos a volver esta noche. Tengo un apartamento en Atenas. Quédate conmigo.

Lo primero que me pasa por la cabeza es negarme, porque la voz de la razón, ese juicio que siempre he tenido (quizá en exceso), me grita que las relaciones casuales no son para mí.

Pero al mirar la profundidad de esos ojos azules, repaso rápidamente mi pasado.

Si no hubiera sorprendido a Joel engañándome en París, es muy probable que nos hubiéramos casado cuando volviera a Brasil. Y también que él hubiera seguido siendo infiel.

Tengo veinticinco años y nunca he disfrutado realmente de la vida.

Atticus es la incertidumbre (o mejor dicho, la certeza de que no tendremos nada a largo plazo), pero ha sido honesto desde el principio. Tengo la oportunidad de tomar las riendas de mi vida y decidir.

No porque esté obligada ni porque esté en una relación larga en la que ni siquiera besar a mi prometido me emocionaba ya. Estoy con un hombre que parece saber qué decir, dónde tocarme y cómo besar para volverme loca.

—Nunca te obligaría a hacer algo que no quieres.

—No tiene nada que ver con que me obligues.

—¿Entonces con qué tiene que ver?

Escondo la cabeza en su pecho.

—¿Sabrina?

—Nunca he hecho esto. Soy virgen.

—¿Qué?

Aunque no lo mire, puedo sentir el impacto en su voz y me muero de vergüenza.

—Lo siento si te decepciona. Si esperabas a alguien con experiencia…

—Mírame. —Espera a que lo haga antes de continuar—. No voy a mentir y decir que no me sorprende que aún seas virgen, pero te deseo y me da igual si tienes experiencia. Si estás segura de dar este paso, ven conmigo. Voy a enseñarte lo bien que puede sentirse.

Lo dice a centímetros de mi boca, inclinándose para rozar mis labios, mordisqueándolos, y cualquier resto de voluntad que me quedara para negarlo se desvanece.

No estoy segura de muchas cosas respecto al futuro, pero sé que si no vivo esta historia, aunque sea breve, con él, me arrepentiré toda la vida.

Atticus

El trayecto hasta mi residencia en Atenas se hace en silencio.

En el asiento trasero de un taxi, Sabrina mantiene nuestras manos unidas.

Esto me encendería una señal de alerta si se tratara de otra mujer.

No soy de los que se dejan llevar por las muestras de afecto ni por el romanticismo, pero en lugar de soltarla disimuladamente, paso un brazo sobre sus hombros y, con la otra mano, sujeto su mandíbula, atrayendo su boca hacia la mía.

No recuerdo haber besado tantas veces a una mujer sin que uno de los dos, o ambos, estuviéramos desnudos, pero no consigo mantener su boca libre por más que unos pocos segundos.

La quiero en mi cama. Probar cada centímetro de su cuerpo, pero en nombre de su juventud e inexperiencia, me obligo a hablar:

—Si todo lo que deseas es esto, besos, no tenemos por qué apresurarnos.

No estoy acostumbrado a ir despacio, pero creo que la primera vez de una mujer debe ser algo que quede marcado para siempre, así que quiero que sepa que no porque estemos yendo a mi apartamento no podrá decirme “no”.

Sabrina levanta una de sus manos y toca mi cuello.

—Te deseo, pero soy insegura por naturaleza, así que no me hagas pensar demasiado, Atticus. He sido así toda mi vida, una persona que piensa mucho más de lo que actúa. Hoy solo quiero vivir.

Por lo poco que la conozco, Sabrina no es del tipo de persona ingenua ni de las que se entregan fácilmente y, sin embargo, ahora se pone por completo en mis manos.

Unos dos minutos después, el chofer estaciona frente a mi edificio y bajo, ayudándola a salir después.

Nuestras manos no se separan en ningún momento. Al principio del día fue una imposición silenciosa de ella, pero con el paso de las horas se vuelve más natural tenerla siempre al alcance de mi mano.

En el ascensor, finalmente toma distancia, colocándose contra la pared opuesta, observándome con las mejillas teñidas por dos adorables manchas rosadas, creo que de timidez.

—¿Miedo?

—Ansiedad.

—¿No es lo mismo?

—No. Si tuviera miedo de ti, nunca habría tenido la oportunidad de que tus manos me tocaran.

Acorto la distancia entre nosotros con un solo paso, acorralándola contra la pared, con mis brazos creando una prisión.

—Si tuvieras la más mínima idea de cuánto te deseo, no te sentirías tan tranquila.

—Tú no me harías daño.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque intuyo que no haces daño al cuerpo de las mujeres, sino a sus corazones. Pero acordamos dejar esa parte fuera. Lo nuestro es casual, así que no hay riesgo.

Es el tipo de cosa que me dejaría tranquilo con cualquier otra mujer, pero que ella parezca tan despreocupada cuando apenas estamos empezando me despierta una necesidad primitiva de marcarla.

Sujeto su rostro con ambas manos y atraigo su boca hacia la mía. Devoro sus labios, su suavidad, en un beso hambriento. Deslizo una mano hacia su trasero, pegando nuestros cuerpos para mostrarle el efecto que su cuerpo delicioso tiene sobre mí.

Las llamas del deseo más puro nos consumen y las uñas de Sabrina arañan mi pecho por encima de la camisa.

Su lengua, a pesar de ser tímida, explora mi boca en una caricia tan erótica que mis músculos se tensan.

Cuando el ascensor se abre, la levanto en brazos y, con una sola mano, marco el código que desbloquea la entrada.

Entro al hall y empujo la puerta con el pie, sabiendo que se cerrará automáticamente en diez segundos.

La bajo y me separo para mirarla con calma.

Hasta ahora, nuestros encuentros han sido fortuitos, y yo soy un hombre visual.

La recorro con la mirada, deteniéndome en cada parte.

A través de la tela puedo percibir que sus pezones están duros, empujando el vestido.

Una vena late en su cuello, delatando ansiedad, deseo o ambos. Su boca hermosa está entreabierta, roja, marcada por mi barba.

—Ven aquí, Sabrina.

No es lo habitual en mí. Suelo ir por lo que quiero, pero necesito asegurarme de que sepa lo que está por suceder.

Sabrina da un paso hacia adelante, y esa es toda la respuesta que necesito, porque mi autocontrol llega a su límite.

La tomo en brazos y camino hacia el dormitorio, sentada de frente a mí, con las piernas rodeando mi cintura.

El vestido se levanta y solo la fina tela de su ropa interior protege su intimidad de la dureza de mi erección bajo el pantalón. La muevo contra mí como un adolescente excitado, porque necesito sentirla aunque sea un poco.

En el trayecto, sus brazos rodean mi nuca, su boca busca la mía, y cuando el beso se profundiza, me detengo y la siento en el pasillo, sobre el primer mueble que encuentro.

No le doy un respiro antes de volver a besarla, exigiendo rendición con la lengua.

La lujuria impide cualquier control. Las olas del deseo más puro son intensas, embriagadoras.

Sabrina responde con la misma hambre, entregándose a mi voracidad.

Sus pezones están duros contra mi torso y cada movimiento suyo me provoca un escalofrío de deseo.

Bajo ambas tiras de su vestido al mismo tiempo sin dejar de besarla. No lleva sujetador.

Mis pulgares buscan las puntas firmes de sus pechos. Me aparto un instante para mirarlos y mi deseo alcanza un nivel preocupante al comprobar que son aún más grandes y hermosos de lo que imaginaba, con los pezones rosados y firmes.

Me inclino y succiono uno, y ella gime mi nombre.

Le chupo el otro pezón con quizá más intensidad de la que debería con una virgen, pero no soy un hombre suave y no voy a fingirlo.

Desabrocho uno por uno los botones delanteros de su vestido sin dejar de atender sus pechos, y cuando finalmente se lo quito por completo, deslizo mi rostro hacia abajo, recorriendo su abdomen con la lengua, mientras mi pulgar masajea su clítoris por encima de la ropa interior.

Se la retiro por las piernas, obteniendo acceso a su paraíso intacto.

Su reacción es como una maldita droga. Sabrina tiembla en mis brazos, gimiendo mi nombre, intentando enroscar las piernas alrededor de mi espalda.

—Todavía no, pethi mou [23] . Necesito probarte.

Debería detenerme. Llevarla al dormitorio, pero no puedo esperar ni un segundo más para sentirla.

Reanudo el recorrido de besos y la acerco al borde del mueble.

Sujetándola por las nalgas, la levanto hacia mi rostro.

—Apoya las manos en el mueble. No las quites.

Subo sus piernas a mis hombros y respiro hondo, sintiendo su olor a deseo.

—¿Alguien te ha hecho esto antes?

—Nunca he estado desnuda con un hombre —dice, con timidez.

Las palabras disparan en mí una especie de gatillo territorial, un deseo que nunca había sentido.

Separando los labios de su vulva, lamo desde su entrada hasta su clítoris, y Sabrina gime. Me vuelve loco verla completamente entregada.

Succiono suavemente su punto de placer y su reacción casi hace que mi control se rompa.

Con los talones, Sabrina se aferra a mi espalda, buscando apoyo para elevarse más, ofreciéndose por completo.