Capítulo 10
Esa misma noche
April insistió en que su chofer me llevara de regreso a la ciudad y me entregó un sobre con el pago por mi trabajo.
No planeaba abrirme con tres desconocidas, pero siento como si me hubiera quitado una presión del pecho que amenazaba con asfixiarme.
En lugar de volver a casa, aunque hoy sea mi día libre, decidí ir al restaurante.
Aún puedo cubrir el turno de la noche y, aunque Acacia no me pague el día completo, todavía puedo recibir buenas propinas.
Los turistas aquí son generosos, ignorando por completo el hecho de que ya está incluida en la cuenta.
Ya he llegado a ganar cien euros extra en una sola mesa.
El estacionamiento está lleno, tal como imaginé que estaría. Cuanto más se acerca el verano, más visitantes abarrotan las calles de Zarofu.
Le agradezco al chofer y le deseo una buena noche antes de entrar.
Sonrío a los camareros cuando entro al Opa Tavern, y podría jurar que uno de ellos suelta un suspiro de alivio al verme. Al parecer, no están dando abasto.
Desde que empecé a trabajar aquí, he estado alternando entre la cocina y la atención al público, pero cada vez más Acacia me envía al salón. Mi padre fue dueño de un pequeño restaurante griego en Tijuca, Río de Janeiro, y yo trabajaba con él después de volver de la escuela, en el turno de la tarde.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta Acacia en su encantadora mezcla de inglés con español, pero luego hace un gesto con la mano—. Olvídalo. Si vienes a trabajar, no voy a negarme a aceptar tu ayuda. Hoy estamos enloqueciendo.
—Está bien. Solo voy a cambiarme de ropa.
—No. Quédate así. No podemos perder ni un minuto.
Dios, yo pensaba que era una persona acelerada, pero Acacia es veinte veces más.
—De acuerdo. Supongo que debo quedarme en el salón.
—Exactamente. Perdóname si no soy lo suficientemente generosa como para prescindir de tu ayuda, pero no hay tiempo que perder.
—Toma asiento —ordena Acacia—. Has atendido más mesas que ningún otro camarero. Ese pelo rojo vuelve locos a los hombres —bromea.
—Cabello del diablo.
—¿Qué?
—Tuve una profesora de religión que decía que mi cabello era para distraer a los chicos en clase, así que lo llamaba “cabello del diablo”.
—Ella era una idiota ignorante —ruge ella y yo sonrío.
Ya me di cuenta de que Acacia es protectora conmigo. Más de una vez ha intervenido cuando algún cliente se entusiasma demasiado.
—Ve a sentarte. Pide una bebida. Has trabajado demasiado.
—No creo que deba —digo, aunque la idea de una copa de vino blanco bien frío antes de irme suena como el paraíso.
—Te lo estoy ordenando. No es una petición.
—Sí, señora.
Quedan pocos clientes en el restaurante, así que no creo que sea un problema.
—La clienta más bonita de la noche —dice el bartender en cuanto me siento en uno de los taburetes altos—. ¿Sabes que tus ojos brillan como diamantes en esta penumbra del bar, Sabrina?
—Basta, Bill —le digo al norteamericano, muy joven y lleno de hormonas—. No vas a conseguir que acepte tu invitación para salir halagando mis ojos.
Me invita a salir todos los malditos días. No es nada ofensivo, es incluso un coqueteo dulce, pero aun así dejo claro que no estoy interesada.
—¿Qué tengo que hacer, entonces?
—Nada. No eres mi tipo.
—Ay. Podrías al menos fingir que te parezco lindo.
—Eres lindo y lo sabes muy bien. Pero además de que soy cinco años mayor que tú, queremos cosas diferentes en una relación.
—Yo no quiero ninguna relación.
—Ese es exactamente mi punto.
—Si no me vas a besar, al menos déjame prepararte una copa.
—Quiero vino blanco.
—Qué aburrido. Pensé que los brasileños eran más originales. ¿Qué tal una cerveza?
—La cerveza es amarga y muy calórica. No, gracias.
—No tienes que preocuparte por las calorías.
—No me preocupo, pero me siento hinchada al día siguiente cuando bebo cerveza.
—Bueno, para que lo sepas, esta conversación no es sexy.
—No estaba intentando ser sexy.
Él disimula una sonrisa mientras me sirve una copa de vino blanco que, de tan fría, deja el vaso cubierto de condensación.
—Vas a arruinar mi cuadernito.
—¿Cuadernito?
—Estoy haciendo un diario para anotar con cuántas mujeres me voy a acostar en Europa antes de volver a mi país al final del verano.
—¡Dios!
—Es una apuesta con mis amigos. Ellos también están en acción allá, y me estás poniendo las cosas más difíciles.
—Me gustaría decir que lo siento, pero sería mentira.
—Mala.
—Sí, soy un ser humano horrible.
—¿Cómo se dice eso, “eres mala”, en portugués?
—“Você é linda” —bromeo, pero en lugar de sonreír, lo veo mirar por detrás de mí, y antes de que pueda girarme para ver qué ocurre, una voz habla:
—No le creas. La pelirroja acaba de hacer que repitas que es hermosa, lo cual, dicho sea de paso, es verdad.
Sin tocar la copa, miro hacia atrás y me encuentro cara a cara con uno de los dos hermanos solteros Yavuz Aydin, si no me equivoco, Zehab.
En un primer momento, no sé qué decir ni cómo procesar que el turco, de una belleza impresionante, me haya llamado hermosa, pero enseguida entiendo que para hombres como él, decir algo así a una chica no debe significar nada especial.
—Señor Yavuz Aydin, ¿cómo está? —saludo, porque April ya nos había presentado en la fiesta—. ¿Puedo servirle algo?
—Creí que tenía el día libre.
—Vine a trabajar. No me sentía cansada.
A pesar de no estar haciendo nada malo, siento el corazón acelerarse como si estuviera cometiendo el peor de los pecados.
Y sé exactamente por qué: no estoy haciendo nada incorrecto en este momento, pero acepté trabajar en un restaurante cuyo dueño, junto con sus familiares, probablemente odia a toda mi familia.