El magnate prohibido que me rechazó Capítulo 11
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Capítulo 11

—No sabía que usted hablaba portugués —digo, muy incómoda, girándome por completo para quedar frente a él.

Dios, al igual que sus hermanos, el hombre es hermoso. No es una belleza de esas que uno se encuentra por la calle, sino de las que te dejan sin aliento, como la del resto de sus parientes turcos.

¡Bendita genética la de la suegra de April!

—Decir que hablo tu idioma natal sería un poco exagerado, pero lo comprendo —responde, ahora en inglés—. Mi cuñada es brasileña, como debes saber, y además tenemos varias empresas en Brasil, así que comencé a estudiar el idioma porque me gusta entender lo que se dice cuando estoy negociando.

—¿No contrata a un intérprete?

—Más de uno, de hecho —responde, y entonces entiendo lo que intenta decirme.

Hombres como Zehab no confían en nadie fuera de su familia.

—¿Ya terminó tu turno?

—Sí.

—Pasa la noche conmigo.

Abro y cierro la boca, tan sorprendida por su absoluta falta de sutileza que, por un instante, no sé qué responder.

Había notado que me miraba durante la fiesta, pero supuse que era por curiosidad, como sus hermanos, y no por algún tipo de interés.

No hay ningún margen de error en su invitación.

Es un hombre soltero, de visita en una isla griega, y quiere un poco de diversión para la noche.

La diversión soy yo.

La idea me provoca incomodidad, aunque su propuesta no haya sido ofensiva. Estoy segura de que la mayoría de las chicas de mi edad no dejaría pasar la oportunidad.

Pero yo no soy la mayoría. Soy alguien que creció escuchando a los vecinos hablar del “pobre Erastus”, mi padre, que sufrió al casarse con una mujer promiscua, mi madre.

Y como si eso no fuera suficiente, está el escándalo que rodea el nombre de mi hermana.

Pero sé que no es solo por eso. Sé que, incluso sin lo de mi madre y Sylvie, nunca aceptaría su invitación.

Dentro de mí, es como si viviera en la era victoriana, porque, por muy atractivo que sea, nada en el mundo me convencería de acostarme con un desconocido.

Ya no tengo la intención de guardar mi virginidad para un hombre especial, pero me conozco lo suficiente como para saber que jamás me sentiría bien despertando para ser descartada como la ropa que un hombre usó la noche anterior y que ahora cambia por otra nueva.

Creo que algunas mujeres tienen una seguridad admirable para asumir su sexualidad sin miedo a lo que venga después, pero yo no pertenezco a ese grupo. Necesito más que un rostro y un cuerpo bonitos. Al menos tendría que haber cierta seducción previa.

Supongo que el turco está acostumbrado a chasquear los dedos y tener mujeres lanzándose a sus pies.

—¿Te asusté?

—¿Ese tipo de enfoque suele funcionar?

—No es algo calculado. Veo lo que quiero y extiendo la mano para tomarlo.

Dios, es arrogante.

—Esta vez, hizo una pésima elección.

—Déjame adivinar. No eres ese tipo de chica.

Sé que está bromeando, y eso me irrita aún más. Es como si mi “no” le diera exactamente igual, lo cual probablemente sea cierto. Hay varias mujeres en el salón y todas, sin excepción, lo miran embelesadas.

Este sería el momento en el que debería decir la verdad.

Aceptar que tiene razón y que no soy “ese tipo de chica”, de las inteligentes que saben aprovechar la vida. Que soy una tonta a la que su único novio engañó, probablemente durante años, y que aun así no es capaz de lanzarse a una noche de placer con un hombre atractivo.

Pero en lugar de seguir mi habitual sentido común, intento recuperar la autoestima que su mirada dejó tambaleando, como si fuera una niña inexperta.

Sin pensar en lo que hago, digo:

—No, está equivocado. En realidad, soy completamente aventurera cuando se trata de hombres y…

No logro terminar la frase porque una voz estalla a mi lado como un trueno.

—Perfecto para usted. Disfrute de su vida, pero no dentro de mi restaurante ni con mis clientes.

Tardo unos segundos en girarme. Primero miro a Zehab, con el rostro ardiendo de vergüenza, porque, aun sin haber mirado todavía a quien habló, sé perfectamente de quién se trata: Atticus Doukadoulos.

Las frases “mi restaurante” y “mis clientes” lo dejan claro.

Para mi sorpresa, el cuñado de April está sonriendo, como si encontrara divertida la reacción de mi jefe. Yo, en cambio, quisiera que la tierra se abriera y me tragara. No podría haber una peor manera de tener un primer encuentro con el hermano de Thales.

¿Qué tan mala suerte puedo tener para que, justo la única vez en que digo algo completamente fuera de mi forma de ser, la última persona que debería escucharlo sea quien lo escucha?

—Así es, Sabrina. Renuncia —dice Zehab, aparentemente divertido—. Ignora a este déspota griego y ven conmigo a Estambul. Puedo conseguirte un trabajo en una de mis empresas.

Sé que está bromeando, pero si realmente quisiera, April podría conseguirme algo. Tal vez, en otra situación, aceptaría, porque ni siquiera he mirado a Atticus de frente y ya me cae mal. El problema es que no puedo. No vine a Grecia por mí, sino para limpiar el nombre de mi hermana.

Reuniendo una valentía casi inexistente, me giro hacia el hombre cuya presencia solo había percibido hasta ahora por el rabillo del ojo.

Giro el cuerpo de manera deliberadamente lenta, pero cuando por fin lo miro, me quedo sin aliento durante varios segundos.