El Magnate al que Abandoné Capítulo 7
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Capítulo 7

Jasmin

A de APÉNDICE

—Tuve que sacarme el apéndice cuando era más joven, ¿recuerdas?

—¿Por qué dices eso?

—Porque pensé que ya no tendría apendicitis, Jas. Pero creo que me equivoqué.

—Hasta donde sé, solo tenías uno y te lo quitaron.

—¿Sabes cuál es uno de los síntomas de la apendicitis?

—No...

—Fiebre. Lo que siento cada vez que te toco. Un calor absurdo que no se cura. Tal vez mi destino sea sufrir de apendiJas.

El sol amanece y escucho a Johnley cantar a lo lejos.

El gallo de la hacienda, tan viejo como la Beleza de Jasmin. En realidad, solo es una exageración mía.

Aunque los gallos no viven tanto tiempo, pero podría jurar que Johnley tiene mínimo unos doce años, si es que eso es posible.

Apareció de la nada en la hacienda, quién sabe de dónde vino, hace poco más de una década.

En aquella época ni siquiera le había puesto nombre al pobre, lo llamaba simplemente gallo.

Lo mismo pasó con Marylou, aunque no le gustó mucho cuando empecé a llamarla así.

Un buen día solo existíamos yo y mi luto; al otro, un gallo, una gallina y no mucho después, una vaca.

Creo que Dios se apiadó de mí.

Porque hace veintidós años perdí a mi padre.

Y hace dieciocho, a mi madre.

Después de que su marido partió, mamá comenzó a apagarse, como si la nostalgia por el compañero de su vida destruyera sus células. Lo que probablemente ocurrió, debido a la enfermedad que la afectó.

Intento no resentirme porque se enfocara tanto en la pérdida del amor de su vida y me obligara a verla, día tras día, marcharse poco a poco de este mundo.

Porque yo perdí a mi padre y, poco tiempo después, a mi madre.

Eso casi me destruyó. Tal vez no terminó de acabar conmigo porque estos tres animales aparecieron.

No recuerdo exactamente cómo ocurrió todo, cuándo el corazón de mamá realmente dejó de latir, pero puedo decir que el mío la siguió. Mi corazón dejó de latir en el instante en que ella cerró los ojos y no volvió a abrirlos.

Fue la peor sensación del mundo.

Y sigue siendo la peor sensación del mundo.

Y para aliviar un poco, por sentir su presencia en cada rincón de este lugar, no pongo la hacienda en venta, porque cada amanecer aquí es como el abrazo de mi madre.

Miro el sol, sentada en el porche de madera, observando el astro crecer detrás de las montañas verdes cubiertas de pasto.

Acácia es el centro de una cuenca rodeada por formaciones geológicas que le dan un aspecto único y acogedor.

Por eso el turismo en la región ha crecido exponencialmente en los últimos años y todo se fue adaptando lentamente a la avalancha de personas que llenan la calle principal en fechas festivas y feriados.

Me abrazo el cuerpo, subiendo las rodillas hasta que mis muslos presionan mi pecho.

El viento ligeramente frío del final de la madrugada y el inicio del día me eriza la piel. Debí ponerme una bata antes de salir a ver el amanecer, pero cuando la luz empezó a avanzar por la ventana de la habitación, salí corriendo con mi baby doll solo para no perderme el espectáculo.

Balanceo el cuerpo de un lado a otro y contemplo algo tan hermoso que parece un milagro.

Es extraño saber que algunas personas simplemente no consiguen apreciar esto con la importancia que merece. Me siento agradecida por todo lo que viví y por todo lo que aún viviré.

—Estoy agradecida por todo lo que tengo, por todo lo que soy —digo, copiando lo que mi madre decía cuando veía salir o ponerse el sol.

Desde donde estoy puedo ver el tendedero con la ropa que colgué ayer al final de la tarde. Algunas sábanas, fundas y demás. Veo a Marylou picoteando curiosa alrededor, buscando cualquier cosa que pueda comer. Levanta la cabeza y la sacude de un lado a otro.

Sigo observando sus pasos hasta que veo un pedazo de tela roja soltarse del tendedero y revolotear, planear, flotar, directo hacia la cabeza de la gallina.

Ella se confunde y abre las alas, corriendo de un lado a otro, desesperada por tener algo sobre la cabeza.

—¡Marylou! —grito.

Me levanto de golpe al darme cuenta de qué es la dichosa tela roja.

¡ES MI TANGA!

¡LA PUTA MADRE!

Las aberturas por donde meto las piernas rodean sus ojos, permitiendo que se detenga y me mire con lo que puedo definir como: expresión de estar a punto de hacer una cagada.

¡Y está a punto de hacer una enorme cagada!

Porque, incómoda con la tanga sobre la cresta, simplemente sale corriendo por el terreno y atraviesa la parte baja de la cerca de madera, siguiendo por el pastizal con mi maldita ropa interior.

Corro descalza como si mi vida dependiera de ello y probablemente dependa, porque si llega a la carretera y alguien pasa por ahí, creo que preferiría ser enterrada viva antes que volver a mirar a esa persona.

—¡MARYLOU!

La gallina corre y la loca —yo— corre detrás de ella gritando.

Qué maravilla.

Qué maravilla, de verdad.

¡Esto tiene que ser una broma!

Insulto a la desgraciada con todos los nombres posibles mientras miro mi maldita tanga en su cabeza.

En. La. Cabeza. De. Una. Gallina.

—¡¡¡MIERDA!!! —Sigo persiguiendo a la hija de puta, que se escapa por la cerca que delimita la parte más cercana a la carretera y bate las alas, volando con el hilo dental.

No puedo creer que esto me esté pasando.

¡Joder!

—¡Vuelve aquí, desgraciada! ¡MARYLOOOOOOOOU! —grito como una loca.

Carajo.

Si esta vagabunda llega a la ciudad con mi maldita tanga en la cabeza, no voy a poder poner un pie allí durante las próximas dos décadas.

—¡Voy a llamar a Sara Lee, Marylou! —Está bien, debo admitirlo, empiezo a encontrar esto divertido.

Al menos es Mary con mi tanga. Sara desaparecería en el pastizal y yo solo la encontraría después de que todo el mundo hubiera visto la prenda roja y transparente.

El ave toma distancia y, a partir de ahí, ella tiene un mundo entero de posibilidades y yo… un mundo de desesperación.

¿Cómo puede una gallina ser tan rápida? Voy a inscribir a esta cosita en las Olimpiadas, porque no hay forma de que yo esté tan atrás.

Siento un dolor extenderse por mis pies descalzos y contengo las ganas de detenerme, aquí es todo o nada.

Puedo joderme muchísimo si no la alcanzo en los próximos minutos.

Pero mierda, ¡duele mucho!

Me detengo solo para revisar qué tengo en el pie.

¿Una espina?

¿Una astilla de madera?

¿Un pedazo de algo indefinido y cortante?

Me quedo quieta sobre un pie, buscando el origen de lo que tanto me molesta.

—¡Mierda! —rezongo, furiosa al ver que la astilla de madera se hundió en mi planta y solo podré quitármela cuando vuelva a casa.

También veo pequeños cortes por haber corrido descalza. En cuanto los veo, empiezan a arder como el demonio. Basura, ¡qué infierno!

Respiro hondo antes de enderezar el cuerpo y adoptar una postura firme, lista para volver a correr y recuperar mi tanga cueste lo que cueste.

Desgraciadamente, alguien ya atrapó a Marylou.

Desgraciadamente, alguien ya rescató mi tanga roja de la cabeza de Marylou.

Desgraciadamente, alguien sostiene la prenda.

No puede ser.

¡No puedo tener tanta mala suerte!

No, no puede ser. Me niego a creerlo, debo estar viendo cosas. El oftalmólogo más cercano está en la ciudad vecina, ¿y qué? Necesito pedir una cita urgente.

—No, esto no está pasando, no puede ser. Todo es una pesadilla, vas a despertar en tu cama y descubrir que nada de esto pasó, ¡confía! —me digo a mí misma, cubriéndome los ojos con las manos.

Respiro varias veces con calma, lo que me tranquiliza.

Después de todo, es imposible que esté delante de él.

Es simplemente imposible que esté frente a mí.

—Hola, Jas —la voz grave entra en mis oídos y baja directo al estómago.

El frío que despierta el pasado me asusta.

Es como un maldito fantasma apareciendo de la nada para matarme de un infarto.

¿Será que todavía no desperté y esto no es más que un sueño?

Me palpo el cuerpo para comprobarlo. No me gusta el resultado, sigo creyendo que esto no está pasando, no de verdad. La abuela dice que cuando soñamos con alguien es porque esa persona también está pensando en nosotros, lo que ya me pone alerta, aunque toda esta mierda sea un sueño.

Pero su voz sonó demasiado real para serlo.

Es diferente, más grave, profunda, con una entonación ronca.

Dios mío, ¿qué está pasando aquí?

Aparto las manos de mis ojos lentamente, pero tardo en abrirlos.

—Tranquila, Jas, todo saldrá bien, este hombre no está aquí y tú no estás despierta. Marylou tampoco salió corriendo con tu tanga, claro que no, ¿de dónde sacaste semejante absurdo? Eso solo puede ser producto de tu imaginación.

—¿Jas? —repite.

¡LA PUTA MADRE QUE LO PARIÓ, LO REPITE!

Ya soñé con este hombre haciendo cosas deliciosas, y hablando también, así que puede ser un sueño. Es un sueño, eso es. No puede no serlo. Respiro despacio, rogándole a mi cerebro que despierte.

Me golpeo la frente, intentando acelerar el proceso.

—Esto no es real, ¡despierta!

Siento la presencia acercarse y, de repente, sujetar mi muñeca. No con fuerza, sino con una delicadeza aterradoramente conocida.

—¿Qué estás haciendo?

Abro los ojos.

Siento que voy a desmayarme o que quiero desmayarme. Si me desmayara sería mucho más fácil fingir que esta mierda no está pasando.

—Intentando despertar del sueño.

—No es un sueño.

—¡¡¿NO ES UN SUEÑO?!! —grito y miro su mano, mi tanga colgando entre sus dedos.

Señor, llévame ahora mismo. ¡Por favor, te lo suplico!

Humillación no bastaría para describir cómo me siento, ni de joda.

Quiero cavar un agujero aquí mismo, en medio del camino, enterrarme y reaparecer solo al otro lado del planeta, preferiblemente en un lugar donde el hombre que me mira divertido no pueda encontrarme ni aunque le rece a San Longinos y dé los malditos tres saltitos.

Me quedo sin reacción.

Durante minutos.

Ni siquiera sé qué pasa por mi cabeza mientras aprieto los dientes y lucho ferozmente contra las ganas de convertirme en corredora de cien metros planos y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

¿Será que puedo correr lo suficiente para desaparecer antes de que él lo note?

Miro mis pies y veo las heridas. Será un poco difícil, pero nada pierdo con intentarlo. Levanto la cabeza otra vez, sintiendo la mirada aguda del insoportable sobre mí.

—¡No viste nada! —digo de golpe, levantando el índice y apuntándole al rostro.

El gesto en sí es totalmente maleducado, ¿pero quién puede juzgarme? ¡Miren la situación estresante por la que estoy pasando!

Sigo aturdida, sin saber qué hacer, sin entender qué demonios está ocurriendo aquí. O cómo alguien que juré estaba a miles de kilómetros apareció frente a mí de repente.

Él dijo que no es un sueño, pero ¿cómo podría no serlo?

—Ah, sí vi —murmura convencido.

Una media sonrisa adorna su rostro, una que juré no volvería a ver jamás… en persona. Siento un odio colosal porque agita cada una de mis células y es como si arara la tierra para sembrar sentimientos.

Odio tanto a Arthur Silva que ese odio solo no puede ser mayor que el que siento por Marylou, que en este momento picotea a nuestro alrededor como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué haces aquí? Hasta donde sé, vives en Nueva York —rezongo irritada.

—Creo que te ayudé, así que merezco un agradecimiento.

Frunzo el ceño y adopto una seriedad que estoy muy lejos de tener con otras personas. Este hombre fue muy importante en mi vida, pero ya no lo es y, por mí, nunca volverá a serlo.

—Vamos, Marylou —llamo a la gallina, que finge no escucharme—. Marylou, vámonos, ¡ahora! —digo, como si ella entendiera.

Escucho una risa baja y, cuando vuelvo a mirarlo, me encuentro con los ojos negros como el alquitrán evaluando cada mínima parte de mi cuerpo, mientras una sonrisa burlona decora su rostro.

Tal como él me contempla, yo le devuelvo la evaluación, perdiéndome en la mandíbula definida y el pequeño bigote sobre el labio superior, que en cualquier otro hombre se vería raro, pero en él… parece mejorar lo que ya es fenomenal. Inclusive, debe provocar sensaciones demenciales allá abajo.

Me aclaro la garganta mentalmente, impidiéndome seguir por ese camino.

Vuelvo a contemplarlo, memorizando cada mínimo rasgo de su rostro y desciendo por su cuello, pasando por los brazos absurdamente fuertes y llenos de venas, además de los muslos potentes que los leggings de correr resaltan.

EL BULTO.

¡Dios santo!

No son solo los cuádriceps los que deja en evidencia.

Hay algo ahí que enfatiza muy bien, digo, más que bien.

¿Quedaría raro si dijera algo como:

Cuidado con la patrulla ambiental, podrían acusarte de deforestación si ven el tamaño de la polla que tienes entre las piernas.

Sí, creo que sería pésimo. Pero eso me hace reír mentalmente.

—¿Marylou? ¡Una gallina con ese nombre es prácticamente una ofensa! No puedo creer que hayas hecho eso.

Quiere seguir conversando. Yo no estoy dispuesta a darle ese gusto, ni aunque me muera de ganas de seguir observando su cuerpo asesino, el pecho grande y definido y los obscenos abdominales resaltados por la ausencia de camiseta.

Pensé que ni siquiera tendría tiempo para entrenar, demasiado preocupado por su empresa, demasiado ocupado siendo nerd para ejercitar algo más que el cerebro. Claro que me equivoqué. Con mis prejuicios.

—¿Hice qué, fantasma? Qué miedo, lárgate de aquí.

—No soy un fantasma, soy demasiado guapo para serlo.

Esa voz grave resuena deliciosamente en mi chica.

Sedienta.

Y sinceramente, ese tono profundo y poderoso sería su mejor arma de conquista si no tuviera ya una grande y gruesa entre las piernas.

—No cambiaste nada.

—Tú tampoco.

Me llevo la mano a la boca, indignada por el rumbo de mis pensamientos al recordar muchas cosas que quizás siguieron igual con los años.

Me quedo sin palabras.

Nada sale de mi cerebro, mis neuronas se vuelven perfectamente incapaces de completar una frase y mi mente entra en un apagón tan grotesco que inhalo aire con fuerza, soltando un silbido bajo de desesperación.

Pienso, pienso y no se me ocurre nada.

Miro al hombre de piel oscura, cuya expresión parece confundida, y no tengo nada que decir. Mirarlo me hace recordar nuestro pasado, todo él. Y todo lo relacionado con esa parte de mi vida me niego a recordarlo.

Por eso termino armándome de cobardía.

Y sin decir nada, absolutamente nada, salgo corriendo.

¿Hasta dónde?

Hasta donde sea necesario para huir de mi vergüenza.

Llego a casa en cuestión de minutos. Resbalo la espalda contra la madera de la puerta apenas me encierro y dejo que el trasero golpee el suelo, mientras un gimoteo doloroso se escapa de mi pecho al recordar la maldita tanga.

Perdí mi tanga favorita.

Y me olvidé de Marylou.

Mi llanto aumenta.

Y la vergüenza también.