22. Capítulo 22
Lorenzo había acosado al crematorio de Manizales durante semanas, intentando en vano obtener la custodia de las cenizas de Tomás Vicente, pero ellos no se movían de su posición.
Recalcaban que la policía había concedido la custodia de los restos de Flaco a Álvaro y Héctor Suárez, quienes nunca habían pasado a recoger las cenizas.
La decisión era definitiva.
Fiel a su palabra, Lorenzo también había ayudado con otras responsabilidades.
Él y Josh habían llevado a Marco a Manizales y le habían comprado un vestuario completamente nuevo, incluyendo una elegante variedad de polos de colores, vaqueros y ropa deportiva.
Josh incluso le había comprado al chico un monopatín de la marca Santa Cruz y un par de zapatillas Vans, que desde entonces permanecían sin estrenar en un rincón del dormitorio de invitados de Delia.
Marco estaba guapo con su ropa nueva, pero la mirada perdida de sus ojos revelaba que, por dentro, se estaba hundiendo en un abismo emocional.
Delia había visto esa misma expresión en el semblante de Josh después de que un pistolero masacrara a su esposa.
Pero la angustia de Marco era más profunda que la de Josh.
Josh era un adulto, el director ejecutivo de una empresa de software, propietario de una casa, un hombre responsable que sabía que tenía que salir adelante...
tarde o temprano. Marco era un adolescente, un crío que había perdido algo más que un hogar y un tutor.
Había desaparecido el chico tranquilo —siempre con la cara pegada a un libro— que secretamente soñaba con lograr grandes cosas y descubrir lugares nuevos.
En algún lugar sepultado bajo los escombros de una choza demolida, y mezclada entre las cenizas de un viejo peón, yacía la identidad misma del muchacho.
Marco se estaba desvaneciendo.
***
Nona estaba ante los fogones removiendo una olla de frijoles negros.
El aroma celestial llenaba la casa con notas de bondad natural.
Esta noche estaba probando una receta nueva con puré de tomate, cebolla picada, cilantro fresco y un toque de salsa picante por si acaso.
El vapor flotaba hacia el techo antes de salir, arrastrado por la brisa, por la puerta abierta de la cocina. —¿A qué hora vienen Josh y Lorenzo?
Delia estaba ante la encimera sirviendo arroz de una arrocera eléctrica. —En cualquier momento. ¿Quieres que le escriba a alguno para decirle que la cena está lista?
—No, mi amor, no es necesario. A estos frijoles les faltan unos cinco minutos. Y todavía tengo que calentar el pollo. A nadie le gusta el pollo frito frío .
Delia abrió mucho los ojos, sorprendida. —¿De qué hablas? Me encanta el pollo frito frío.
Nona arrugó la cara y agitó su cuchara de madera. —Eso es porque te criaste con comida rápida en California. Aquí comemos platos de verdad.
Delia se inclinó y besó la frente de su abuela. Se dio la vuelta, asomó la cabeza por el marco de la puerta hacia el salón y se puso la mano en la oreja. —Creo que ya vienen. Parece que están discutiendo otra vez.
—Solo digo que el libro es mucho mejor que la adaptación cinematográfica —decía Josh mientras él y Lorenzo cruzaban la puerta principal abierta.
Lorenzo ladeó la cabeza y puso una mueca. —¿A qué versión te refieres? ¿A la que echaron por la tele?
Los hombres se detuvieron justo al cruzar el umbral y se giraron para mirarse. —A la más reciente —dijo Josh con firmeza—. Cambiaron el final por completo. No había ninguna necesidad de hacerlo, porque tal como él lo escribió era perfecto.
Aquella extraña pareja se había hecho amiga rápidamente, unidos por su amistad común con Delia, la misión de descubrir la verdad sobre la muerte de Juan Guzmán y su pasión mutua por las películas de terror.
Delia se apoyó contra el marco de la puerta, sintiéndose a partes iguales curiosa y molesta por el desacuerdo de los hombres. —¿Y cuál es el tema de este pequeño rifirrafe?
— El misterio de Salem's Lot —dijo Josh, girándose hacia Delia con ojos que suplicaban apoyo .
Ella lo miró con indiferencia, sin querer tomar partido. —¿ El misterio de Salem's Lot , el libro de Stephen King?
—Solo digo que la última versión es fantástica —dijo Lorenzo, gesticulando con las manos. Parecían niños pequeños discutiendo sobre si Superman o Batman repartía mejor estopa.
Josh se cruzó de brazos con indignación. —Y yo digo que es un asco. Compraré la edición en español del libro cuando vaya a la ciudad. Ya verás.
Lorenzo asintió conforme. —Hecho. —Delia suspiró, esperando que el debate hubiera terminado.
—¿Estáis discutiendo por otra película de miedo? —preguntó Nona desde la cocina.
Delia puso los ojos en blanco, molesta por las disputas de sus amigos. —Sí. ¿Por qué si no? Esta va de vampiros.
Nona se estremeció y se acercó al umbral de la cocina.
Frunció los labios y sacudió la cabeza antes de señalar a Josh y a Lorenzo con su cuchara de madera.
—No sé cómo podéis ver esas cosas. Yo me pasaría la noche en vela.
No, yo me quedo con mis programas de telerrealidad.
—Lorenzo bajó la mirada con timidez mientras reprimía una risita.
—¿Dónde está Marco? —preguntó Josh.
—Está en el trabajo —dijo Lorenzo mientras se sentaba en el sofá—. Pasé a verlo hace un rato.
Josh se dejó caer en un sillón y se giró hacia Delia. —¿Cómo está?
Delia se encogió de hombros y suspiró. —Más o menos igual. No habla. Llega a casa, se va a su cuarto y se tumba en la cama. A veces se queda mirando al techo sin más.
—Dale tiempo —dijo Nona mientras ponía un plato de pollo frito en el centro de la mesa del comedor—. Solo han pasado unas semanas desde que murió su abuelo. Ha pasado por mucho, y no es más que un niño. Solo tenemos que darle mucho amor.
—Cuando llegue el momento de ir a la universidad, creo que tiene que salir de El Tisbe —dijo Lorenzo—. He estado hablando con él sobre el tema y parece estar de acuerdo. Le dije que le buscaría una familia de acogida para que se quedara con ellos si quiere ir a estudiar a Bogotá o a Manizales.
Delia miró al suelo, sopesando lo que Lorenzo había dicho, y luego asintió comprensiva. —Probablemente sea una buena idea. Pero creo que le echaré de menos. Me recuerda mucho a mí misma cuando tenía su edad. —Se cruzó de brazos, dándose un abrazo a sí misma.
Josh sonrió. —Te conocí cuando tenías más o menos la edad de Marco, ¿te acuerdas? Ya tenías mucho carácter.
—Bueno, no lo sabías todo sobre mí —dijo Delia pensativa.
Nona se desplazó al centro de la habitación y se puso las manos en las caderas con aire de mando. —Basta de charla. ¡A la mesa... ya!
*
—Pásame la yuca, por favor —le dijo Josh a Delia mientras le entregaba un plato de arepas a Lorenzo.
Lorenzo miró a Josh a los ojos. —¿Vas a ir a la toma de posesión del alcalde la semana que viene?
Josh pinchó con el tenedor un trozo crujiente de yuca frita, la dejó en su plato y luego negó con la cabeza. —No, tengo dentista ese día en Manizales.
Lorenzo enarcó las cejas y asintió. —Yo no tengo excusa; simplemente no voy a ir. ¿Y tú, Delia?
Ella asintió y desvió la mirada hacia su plato. —Sí, tengo que ir. Isabel va a venir al pueblo porque quiere ver la toma de posesión. —La conversación se estancó mientras todos los ojos se volvían hacia Delia.
—¿Qué? —dijo Nona con el ceño fruncido—. ¿Por qué querría ir a eso? Después de cómo Héctor Suárez trató a su padre, no me imagino por qué querría ser testigo de que su hijo se convierta en el alcalde.
Delia sacudió la cabeza mientras cogía un muslo de pollo. —No lo sé. Le pregunté por qué quería asistir, pero fue muy vaga al respecto. Pero creo que yo también debería ir, para mostrarle un poco de apoyo.
Josh miró a Delia con el ceño fruncido por la preocupación. —¿Estás segura de que quieres ir? Me refiero a que ese día es también el aniversario de lo de tu madre... —Los ojos de Nona se agrandaron mientras le daba una patadita suave a Josh en la espinilla por debajo de la mesa.
El rostro de Delia se ensombreció mientras sus ojos se desviaban hacia un retrato de su madre en el altar conmemorativo de su abuela. —Ah, sí. Es verdad que es el aniversario de la muerte de mi madre. —Josh hizo una mueca, aspirando aire entre los dientes al darse cuenta de su metedura de pata.
*
Delia y Nona recogieron los platos y se dirigieron a la cocina, ansiosas por escapar del debate de Lorenzo y Josh sobre las virtudes de otra película de terror.
El semblante de Delia se había vuelto sombrío, un cambio que su abuela no pudo pasar por alto.
—¿De verdad se te había olvidado, mi amor?
—dijo Nona mientras fregaba una sartén en el fregadero.
—Supongo que sí —dijo Delia con aire desolado.
Nona miró a su nieta con expresión de compasión. —Has tenido muchas cosas en la cabeza, mi amor: con lo de Marco e investigando lo que pasó con Juan.
Delia se quedó mirando el plato que estaba secando con un trapo. —Supongo que será por eso, pero aun así me hace sentir fatal.
—Deja eso —dijo Nona, acariciando el brazo de Delia—. Yo apenas recuerdo los aniversarios de las muertes de tu abuelo y tu tío. ¿Te imaginas olvidar el aniversario de la muerte de tu propio hijo?
Delia parecía aferrada a su humor taciturno, algo que Nona se tomó como un desafío. —No, porque no tengo hijos.
—Ahora tienes a...
—¿Quién quiere postre? —dijo Lorenzo, asomando la cabeza por la puerta de la cocina—. Invito yo a todos.
Nona se echó un trapo al hombro. —Lorenzo, no tienes por qué hacer eso, mi amor. Estoy segura de que la iglesia no te paga mucho. —Su expresión facial decía no, tengo que vigilar mis niveles de glucosa , pero sus ojos evidenciaban el deseo por el fruto prohibido.
Inclinó la cabeza mientras una amplia sonrisa se extendía por su rostro. —Eso no es un problema. Los dueños de la cafetería son católicos y me hacen un buen descuento.
—¿Estás cambiando indulgencias por pasteles? —dijo Delia, saliendo de su estado melancólico. Sonrió y agitó el dedo frente a la cara de Lorenzo—. Tío, voy a denunciarte al Papa.