El Luto de Nona (Valle de Cortés 2) 21. Capítulo 21 #2
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21. Capítulo 21 #2

El pasado desfiló ante su mente como un montaje de historias empalmadas en una película de terror: la visión de una pistola apuntando a la cabeza de su padre, el sonido del disparo que acabó con su vida; sollozando en una almohada en un dormitorio a oscuras en California; el dolor de vivir lejos de casa, tan distante del consuelo de su madre y de su abuela; la ansiedad por un futuro incierto en una tierra desconocida; los rostros de sus hermanos reducidos a vagos recuerdos .

Delia nunca se había dado cuenta de la profundidad de su parálisis emocional hasta que regresó a Colombia: ya no era una niña afligida, sino una mujer fracturada.

Era como si la bala que había perforado el cerebro de su padre hubiera detenido su vida, una vida que no podía avanzar hasta que volviera a pisar suelo colombiano.

Un escalofrío interno la recorrió mientras una nube rodaba por el cielo, ocultando la vista del volcán.

Su cima nevada parecía tan majestuosa, el disfraz perfecto para su salvaje pasado.

La horrible destrucción que el Nevado del Ruiz había desatado sobre el pueblo de Armero en 1985 envolvió los pensamientos de Delia.

Lodo y escombros fluyendo sobre una llanura donde antes hubo casas, lugareños vagando por el fango como zombis buscando a sus seres queridos, una niña aferrada a la esperanza y mirando hacia el cielo mientras su vida se le escapaba.

Aunque nació después de aquel acontecimiento atroz, Delia había escuchado los vívidos relatos de sus supervivientes, muchos de los cuales habían perdido a sus familias enteras antes de llegar a El Tisbe como damnificados de la tragedia.

Delia sintió el calor de la panadería incluso antes de cruzar la puerta.

Detrás del mostrador había estantes de pan vacíos, como el rastro de una tienda saqueada en medio de una tormenta.

Miró su móvil para comprobar la hora: quince minutos antes del cierre.

—Buenas noches —le dijo Delia a una mujer que vestía un uniforme blanco y cofia—.

¿Tiene panecillos? Y necesito una bolsa de arepas también.

—Lo siento, se nos han acabado las arepas. Pero tendremos frescas por la mañana. Creo que nos quedan unos cinco panecillos. ¿Cuántos quiere?

—Me los llevo todos —dijo Delia, sabiendo que no podría resistirse a comerse al menos uno en el camino de vuelta a casa de su abuela.

Un perro mestizo negro y marrón estaba sentado frente a la puerta abierta y ladeó la cabeza hacia Delia cuando ella salió a la acera.

Su cola meneando desmentía su gemido de súplica, sin duda una rutina bien ensayada que se ganaba el corazón de muchos clientes al salir.

Delia le miró y alzó una ceja. —Eres un pequeño estafador, ¿verdad?

—Al meter la mano en la bolsa, el perro se puso de pie sobre las patas traseras y ladró.

Delia arrancó un trozo de panecillo y se lo tiró.

Mientras avanzaba por la calle mordisqueando un panecillo, algo húmedo le rozó la parte trasera de la pierna.

Se asustó y luego miró hacia abajo para ver al perro siguiéndola de cerca, con la lengua fuera de la boca y la cola agitándose de deleite.

—Oye, ya te he dado un premio. El resto es para mí.

—Delia dobló una esquina, caminando con soltura por la avenida principal hacia su barrio, con el perro a la zaga—.

¿A dónde te crees que vas? —El chucho ladró, y sus ojos transmitían su respuesta: me voy a casa contigo.

Nubarrones negros amenazantes habían sustituido a los brillantes colores del atardecer.

Delia escrutó el cielo, esperando tener tiempo suficiente para llegar a casa antes de que empezara a llover.

Un cielo oscurecido no era una señal clara de una tormenta inminente; no en los Andes, donde las nubes amenazadoras a veces armaban un escándalo y luego se alejaban sin soltar una gota de agua.

Un rayo iluminó el cielo mientras un trueno rugía sobre su cabeza.

Delia dio un salto de susto mientras su compañero canino salía huyendo.

—Hasta luego, amigo. Sabía que volverían a verse, y se prometió a sí misma ponerle un nombre la próxima vez, si se quedaba por allí lo suficiente.

Girando hacia su calle, Delia miró hacia el cielo y vio el parpadeo de las estrellas y una media luna asomando tras una nube persistente.

Tormenta evitada, al menos por el momento.

*

Delia y Marco se sentaron a la mesa mientras Nona ponía dos cuencos de frijoles humeantes frente a ellos. De la fuente en el centro de la mesa, Delia sirvió arroz blanco en platos pequeños con una cuchara. Nona regresó con otro cuenco de frijoles y se dejó caer en la silla frente a Delia.

—¿Has oído algo de los resultados de las elecciones cuando has ido a la panadería? —preguntó Nona, soplando una cucharada de frijoles calientes.

Delia mojó un panecillo en su cuenco para empaparlo con el caldo. —No. Pero deberíamos saberlo pronto.

Marco estaba repantingado en su silla, en silencio, con la cabeza baja como si estuviera solo. Cogió su cuenco, se lo acercó a la cara y se metió una cucharada de frijoles tras otra en la boca. —Oye, ve más despacio —dijo Delia—. Nadie te los va a quitar.

Nona le dio una patada a Delia por debajo de la mesa y le lanzó una mirada de reproche.

Delia conocía esa mirada y comprendió su significado.

Marco no había tenido el beneficio de una madre; siempre habían sido solo él y su abuelo.

Flaco lo había mantenido y lo había colmado de amor, pero no había sabido inculcarle el saber estar que Marco necesitaría en la vida.

A lo lejos, Nona oyó pitidos de coches. —Ya está.

El recuento de votos debe de haber terminado.

—Se levantaron de la mesa y corrieron hacia la puerta.

Delia pasó el brazo por el hombro de Nona y la estrechó con fuerza; Marco pasó por su lado y dio un paso fuera de la casa.

Estallaron fuegos artificiales sobre El Tisbe, creando patrones como flores que caían en cascada con destellos de luz agonizante.

El sonido estridente de los cláxones se multiplicó y se mezcló con el zumbido metálico de sus hermanas las motocicletas.

Un motorista solitario bajó veloz por la calle, luciendo una bandera de Colombia sobre los hombros, agitando destellos de amarillo, azul y rojo a su paso.

Los vecinos salieron en masa de sus casas mientras los gritos de alegría de la gente y los aullidos de los perros se unían al coro jubiloso.

Un desfile de motocicletas pasó a toda velocidad por la calle, seguido de coches y camiones llenos de gente celebrando.

Cuando se acercó la primera camioneta, Delia divisó a ciudadanos eufóricos vestidos con camisetas del candidato y agitando carteles de campaña.

Nona ahogó un grito y cerró los ojos con desesperación mientras Delia la abrazaba más fuerte por los hombros. Marco le dio una patada a una farola, bajó la cabeza y caminó solo hacia la casa de Delia.

Álvaro Suárez había ganado.