20. Capítulo 20
El sudor brillaba en la frente de Benita Garrido mientras echaba un patacón en una olla de aceite hirviendo.
Con la gracia de una bailarina, pivotó sobre sí misma, dio la vuelta a la carne de una hamburguesa y luego pasó una cesta de patatas fritas a través de una ventanilla a una camarera.
La actuación de Benita era la función más longeva de la plaza principal del pueblo.
Era una tradición para generaciones de residentes de El Tisbe, dirigida por una querida maestra de la comida rápida.
—Tengo que salir ahí fuera, a la sala —dijo, pasando una espátula de metal a un cocinero que acababa de llegar.
Atravesó la estrecha cocina y entró en un almacén.
Al avanzar por el minúsculo espacio, empujó una caja contra la pared con el pie y se detuvo para ordenar un estante apilado con envases para llevar y cajas de cubiertos de plástico.
Tengo que hablar con la chica nueva sobre mantener las cosas organizadas , pensó mientras entraba en un pequeño aseo en la esquina de la habitación.
Encendió la luz y se miró en el espejo. Ahuecar un poco el pelo y secarme la frente será suficiente.
Quizá un poco más de carmín antes de saludar a los clientes .
Un restaurador de menor categoría podría haberse sentido abrumado por la embestida del mediodía, pero no Benita.
Era una profesional, acostumbrada a la acción incesante y a la rápida rotación de clientes de un local de comida rápida.
Por las venas de Benita corría aceite vegetal; sabía cómo trabajar duro y hacerlo con una sonrisa.
Cruzó otra puerta y llegó a la zona del comedor. Sobre su cabeza, recorriendo todo el ancho del estrecho espacio, colgaba un cartel que decía Benita para alcaldesa. Se detuvo, se cruzó de brazos y sonrió al observar la sala. Todas las mesas estaban llenas, tal como a ella le gustaba.
—Hola, Benita —dijo una mujer de pelo canoso mientras saludaba desde una mesa—. Mañana es el gran día. ¿Está preparada?
Benita sonrió y saludó con la mano. —Estoy preparada. Supongo que tengo que estarlo, ¿no?
La mujer se limpió un churrete de mayonesa de la comisura de la boca. —Tiene mi voto.
Podía ser el último día de la campaña, pero Benita tenía bocas que alimentar, estómagos que llenar y clientes a los que complacer.
Había hecho todo lo posible para convencer a los votantes de que era la mejor candidata.
La mayoría de la gente le aseguraba su confianza y prometía otorgarle su apoyo.
Pero no podía evitar preguntarse si solo decían lo que creían que ella quería oír, y si siquiera se presentarían en las urnas.
En esta víspera de las elecciones, Benita se sentía confiada, aunque resignada a cualquier resultado.
Un grupo de seis colegas entró por la puerta principal, seguidos por una pareja y luego cuatro personas más.
Al acercarse a la puerta, Benita vio que caía una lluvia ligera en la plaza.
Siempre podía contar con la lluvia del mediodía para aumentar sus ventas, pero esperaba que algunas mesas quedaran libres pronto para acomodar a los recién llegados.
—¿Dónde se va a sentar esta gente? —preguntó la nueva camarera de BeniBurger.
—No se preocupe por eso —dijo Benita—. Yo me ocuparé de la gente, pero necesito que vaya al almacén, coja unas cajas vacías plegadas y las traiga aquí. Las extenderemos por el suelo para que la gente camine sobre ellas. No quiero que nadie se resbale y se caiga con los zapatos mojados.
La empleada se dirigió a la parte trasera del restaurante mientras Benita deambulaba por el comedor, atendiendo a los clientes.
Afuera, una masa de gente se agolpaba cerca de la entrada del restaurante, buscando refugio bajo un amplio toldo que cubría la acera.
Un perro callejero, con el rabo entre las piernas, se coló por la puerta abierta antes de que Benita lo espantara de nuevo hacia fuera.
Al entrar otra vez, vio a los últimos recién llegados sentándose en una mesa que se había quedado libre.
Se cruzó de brazos con una sensación de satisfacción.
Le encantaba ver a los clientes felices disfrutando de sus conversaciones y de su comida.
La camarera salió por la puerta del almacén cargando una pila de cajas de cartón aplanadas. —Aquí están las cajas, señora Benita. ¿Qué quiere que haga con ellas?
Benita sonrió. Siempre era bueno ver a un nuevo empleado aprender las mañas rápidamente.
—Empiece a extenderlas por el suelo. Comience en la entrada y continúe por el pasillo.
Deme algunas y yo trabajaré desde el fondo.
—Benita caminó hacia la parte trasera del comedor, sosteniendo una caja aplanada en una mano mientras apretaba algunas otras contra su costado.
Algunos comensales levantaron la vista y la saludaron con un gesto o una sonrisa, mientras que otros daban cuenta de sus hamburguesas, o se quejaban con sus compañeros de trabajo sobre sus jefes, o susurraban los últimos cotilleos del pueblo.
Se agachó y comenzó a colocar el cartón entre las mesas.
Al poner la última caja en el suelo, Benita sintió un ligero roce al chocar los traseros con la nueva camarera.
Se giraron para mirarse y luego se rieron. Tarea cumplida.
Un cliente puso cara de extrañeza mientras miraba hacia la puerta principal. —¿Qué hace él aquí?
El murmullo bajo que había llenado la sala se convirtió en comentarios más directos. —Tiene mucho valor viniendo aquí —dijo una mujer, mirando al otro lado de la mesa a su acompañante.
—¿Crees que es guapo? —le dijo una mujer de unos treinta años a su amiga.
La amiga hizo una mueca y negó con la cabeza. —En absoluto. Su naturaleza podrida arruina su apariencia.
Benita se giró para ver a Álvaro Suárez de pie cerca de la entrada, flanqueado por tres de sus voluntarios de campaña. —Id a cada mesa —dijo Álvaro. Estaba en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando cómo sus secuaces repartían folletos de campaña a los clientes de BeniBurger.
Benita se sobresaltó al sentir un tirón en la manga de su camisa. —No debería dejar que entre aquí a hacer eso —dijo el hombre sentado en la mesa de al lado. Ella suspiró y caminó hacia la entrada.
Álvaro esbozó una sonrisa socarrona. —Hola, Benita. Solo estamos haciendo un poco de proselitismo de última hora. Espero que no le importe.
Ella se detuvo frente a él y se puso las manos en las caderas. —¿Va a pedir algo de comer también?
—Yo solo...
—Si quiere pedir algo, es bienvenido a quedarse. Pero si solo está aquí para hacer campaña, tendrá que hacerlo fuera, en la acera. —Benita ladeó la cabeza y arqueó las cejas mientras Álvaro intentaba evitar mirar sus ojos ardientes.
—Supongo que podemos...
—Señor Suárez —llamó una voz a sus espaldas.
Él se giró para ver a una madre joven con un bebé en brazos—.
Por favor, hable conmigo esta vez. Mi marido no me dijo que le había vendido las tierras.
Estaba enfermo cuando lo hizo, y usted lo sabía.
Y después de que él muriera... lo que trato de decir es que necesitamos esas tierras.
Mi familia no puede sobrevivir sin la finca... y...
Se detuvo a mitad de la frase cuando Álvaro se colocó a su lado, le puso el brazo sobre el hombro y luego se dirigió a uno de sus voluntarios de campaña.
—Haznos una foto, por favor. —La mujer se turbó, sin saber qué estaba pasando o cómo debía reaccionar.
Mientras el voluntario levantaba su móvil para hacer la foto, Álvaro se inclinó y besó al bebé en la cabecita.
Miró a la mujer, sonriendo, pero sus ojos parecían oscuros y amenazadores.
—Ahora no es el momento para esta discusión.
Ven a mi sede de campaña esta semana y podemos sentarnos a tener una conversación privada.
Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.
—Álvaro puso la mano en la espalda de la mujer y le dio un suave empujón.
Ella salió por la puerta con paso vacilante, con los ojos brillando por las lágrimas.
—¿La has sacado? —dijo Álvaro en tono atenuado. El trabajador de campaña asintió—. Asegúrate de que todos en la oficina vean la foto y diles que no dejen que esa mujer cruce el umbral.
Álvaro se giró para encontrarse con un comedor lleno de gente mirándole en silencio. Sabía que los informes de su confrontación con la mujer desesperada se extenderían por El Tisbe como la pólvora.
—Mmm —dijo Benita—. No cabe duda de que sabe cómo encandilar a una dama, Álvaro.