18. Capítulo 18 #2
Marco se sentó en el sofá junto a Delia mientras Lorenzo y Nona se dejaban caer en dos sillones. Lorenzo se inclinó hacia delante con los codos sobre las rodillas. —Empieza cuando estés listo.
Marco estaba repantingado en un extremo del sofá, retorciéndose las manos en el regazo.
—Bueno, he llegado a casa esta tarde. Hoy me tocaba el turno de comida en el restaurante.
Iba caminando por el sendero hacia mi casa y una mujer me ha parado.
—Se removió en su asiento antes de continuar—.
Entonces ha dicho: «No vayas por ahí, chico, eso ya no está ahí».
Y yo he dicho: ¿qué es lo que no está ahí?
«Todo», ha dicho ella. «Tu casa ha desaparecido.
No hace falta que veas eso». He corrido por el sendero; tenía que encontrar a mi abuelo para asegurarme de que estaba bien.
Marco se estremeció mientras le temblaba el labio inferior. —Tómate tu tiempo, mi amor —dijo Nona, alargando la mano para darle una palmadita en la rodilla—. Aquí estás a salvo.
Delia acarició el hombro de Marco. —Solo respira hondo.
Marco inhaló mientras sus hombros se relajaban.
Miró fijamente a un punto de la pared y continuó su relato.
—Entonces, cuando he llegado a nuestra casa, he visto de qué hablaba la señora.
Lo que quedaba de la casa estaba en el suelo en un montón de cenizas.
Mi abuelo no estaba. La mujer ha bajado por el sendero hacia mí...
es vieja, así que camina despacio con un bastón.
—¿Te ha dicho qué le había pasado a tu abuelo y a la casa? —preguntó Delia. Lo poco que Marco les había contado ya le había roto el corazón, pero sabía que debía mantenerse fuerte por él.
Marco asintió. —Álvaro ha venido con algunos de sus hombres.
También había tres policías. La mujer ha dicho que han acusado a mi abuelo de robar equipos de la finca Suárez, Villa Paraíso.
Pero él nunca haría eso. Es un hombre honrado; siempre lo ha sido.
Todo el mundo en El Tisbe debería saberlo.
—Marco miró los rostros que tenía delante, buscando una validación.
Nona, Lorenzo y Delia asintieron en señal de afirmación.
Nona se recostó en su silla mientras se agarraba a los reposabrazos. —Conozco a Flaco, y él nunca robaría nada. —Se inclinó hacia delante y miró a Marco a los ojos—. ¿Le han hecho daño a tu abuelo?
Marco bajó la mirada y negó con la cabeza. —No lo sé. Álvaro ha dicho que nos desahuciaba de sus tierras. Ahí es cuando sus hombres han derribado la casa y le han pegado fuego a todo. Eso es lo que me ha dicho la mujer.
Delia ladeó la cabeza, intentando establecer contacto visual con él. —¿Y adónde ha ido tu abuelo?
El cuerpo de Marco volvió a tensarse y sus manos entrelazadas temblaron.
—Se lo ha llevado la policía. La mujer ha dicho que le han puesto esposas.
Pero cuando han llegado al coche de policía, mi abuelo ha empezado a jadear buscando aire...
y luego se ha desplomado. Ha dicho que simplemente lo han tirado a la parte de atrás del coche y se han ido.
Nona negó con la cabeza y se tapó la boca con la mano para ahogar un grito de asombro. —¿Has ido al hospital para ver si estaba allí?
Marco asintió sin levantar la vista. —Sí. La mujer del hospital —creo que era enfermera, pero quizá era doctora; ya sabe, la señora que está en la ventanilla al entrar— ha dicho que no estaba allí, que la policía nunca lo ha llevado. —Levantó la vista, con los ojos angustiados y suplicantes.
—¿Y qué hay de la policía? —preguntó Delia con el ceño fruncido—. ¿Has ido a la comisaría?
Marco negó con la cabeza y miró al suelo.
—He intentado hablar con ellos, pero me han dicho que me largara.
Han dicho que, si no me iba de inmediato, me detendrían.
—Su fortaleza se disipó de repente mientras se cubría la cara con las manos y sollozaba.
Delia le acarició el pelo y lo atrajo hacia sí, sintiendo sus lágrimas caer sobre su hombro.
—Tenemos que hacer algo —le dijo Delia a Lorenzo con desesperación en los ojos.
Lorenzo cerró los ojos y asintió. —Lo sé. Podemos ir a la comisaría por la mañana. No creo que tengan el valor de detener a un sacerdote por hacer preguntas. —Se recostó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Llamaré también a Josh —dijo Delia—. La unión hace la fuerza .
Lorenzo ladeó la cabeza, indicando a Delia que saliera un momento con él. Al levantarse ella, Nona se levantó y ocupó su lugar junto a Marco en el sofá.
—Gracias por hacer esto —dijo Lorenzo mientras caminaban hacia el bordillo.
Delia arrastró los pies con resentimiento y energía inquieta. —Tío, no es ninguna molestia. Es solo que es una faena para Marco. Este tipo de cosas son difíciles para un chaval.
—Me gustaría acogerlo yo, pero la Iglesia no lo permite —dijo Lorenzo, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Ya sabes, por todas las demandas por abusos sexuales. Ni siquiera me permiten hablar con un menor en mi oficina sin que esté presente un padre o tutor.
Delia hizo un gesto de desdén con la mano. —Tío, ya he dicho que está bien.
—Delia, no estoy descargando esta responsabilidad sobre ti; es todo lo que intento decir. Haré todo lo que pueda para ayudarte.
—Cálmate, tío. No pasa nada —dijo ella, levantando la mano para poner fin a la conversación. Miró al cielo y cerró los ojos, preguntándose si poseería lo necesario para criar a un alma tan herida.