El Luto de Nona (Valle de Cortés 2) 11. Capítulo 11 #4
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11. Capítulo 11 #4

De pie en el porche, Álvaro pataleó en el suelo de madera y dio palmas por encima de la cabeza.

—¿Habéis visto cómo le ha explotado la cabeza?

—gritó antes de estallar en carcajadas. Héctor miró por encima del hombro y sonrió a su hijo antes de volver a prestar atención al entretenimiento de la tarde.

—¡Hijo de puta! —gritó Montero, pasándose el dorso de la mano por la camisa para desprender trozos de pelo y masa encefálica—.

Este era un uniforme de campaña nuevo. —El coronel dio un paso adelante y le pegó un tiro a Gil en la entrepierna, luego levantó su bota embarrada y la restregó por la cara del cadáver—.

Ven aquí y cámbiales la ropa —le espetó a su conductor.

El soldado raso se dirigió a rastras a la parte trasera del Jeep y sacó tres juegos de uniformes de campaña usados de un armario metálico.

—¡Flaco, ven aquí ahora mismo! —gritó Héctor.

Flaco apareció por la esquina de la casa y caminó por el césped hacia su jefe.

Le temblaban los brazos y las piernas mientras se detenía al pie de los escalones del porche, temiendo que él fuera el próximo en caer—.

¡Trae mi dinero! —exigió Héctor, señalando los cuerpos al pie de la escalera.

Flaco mostró una expresión de confusión. —¿Su dinero?

—¡En sus bolsillos! —dijo Héctor con odio en los ojos—. El dinero que les acabo de dar.

Flaco caminó con cautela de cadáver en cadáver y les sacó el dinero de los bolsillos. Cuando hubo terminado, el soldado raso de Montero arrastró los cuerpos a la parte trasera del Jeep y empezó a desnudarlos antes de volver a vestirlos con los uniformes de campaña.

Flaco subió al porche y le entregó el dinero a Don Suárez. Héctor levantó el dedo índice y entornó los ojos. —Te quedarás calladito o correrás la misma suerte. Ahora lárgate de aquí, asquerosa larva.

—Sí, señor —dijo Flaco mientras tropezaba al bajar los escalones y se alejaba con paso vacilante hacia el camino de grava.

Montero caminó hacia su Jeep y cogió un maletín de cuero del asiento delantero.

Subió las escaleras portando tres fajos de pesos, cada uno sujeto con gomas elásticas.

Se inclinó y colocó los fajos de dinero uno al lado del otro en una mesa que había junto a Héctor.

—Tres millones de pesos —dijo—. Un millón por persona.

—En total eran unos 690 €, o 230 € por trabajador.

Héctor levantó las manos, fingiendo humildad. —Oh, no. No podría aceptar tu dinero. Estoy siempre a tu servicio, coronel Montero.

Montero soltó una risita burlona. —¿Mi dinero? No es mi dinero. Todo forma parte del presupuesto. Puedes dar las gracias a los contribuyentes de Colombia por la buena fortuna de hoy. —Extendió el brazo y estrechó la mano de Héctor—. Y ha sido un placer pasar el rato contigo esta tarde.

—Bueno, pues nada —dijo Héctor, sonriendo y asintiendo con la cabeza—. Le estoy muy agradecido… a usted y al gobierno de Colombia.

Montero se volvió hacia su conductor, que se pasaba un trapo por la pernera del pantalón, intentando absorber una mancha de sangre fresca. —Cárgalos.

—No te quedes ahí parado, Guzmán, idiota. Ayuda al hombre —exigió Héctor, agitando el dedo como un maestro de escuela tiránico.

Juan Guzmán se acercó arrastrando los pies y ayudó al soldado raso a cargar los tres cadáveres en la parte trasera del Jeep.

Tras arrojar el cuerpo de Gil Pardo al montón, el conductor le entregó a Juan el extremo de una lona, que tensaron sobre la parte trasera del vehículo para ocultar los cadáveres.

Mientras caía una lluvia ligera, Héctor se sirvió otra copa de aguardiente y encendió un cigarrillo, deleitándose con la emoción del día.

Mientras el soldado raso arrancaba el motor del Jeep, Montero llamó a Álvaro.

—¡Eh, Álvaro! No dejes nunca de perseguir a esas putas.

Pero usa condón, muchacho. Nunca se sabe qué tipo de enfermedades puede portar una de ellas.

Álvaro y Héctor se rieron y se despidieron con la mano mientras el Jeep se alejaba a toda velocidad por el serpenteante camino de entrada.

Juan permaneció al borde del patio, con los hombros hundidos y el rostro desfigurado por la angustia, mirando fijamente a la lejanía. Le temblaban las manos y se le revolvía el estómago antes de inclinarse y vomitar sobre la hierba.

A la mañana siguiente, una foto del coronel Sancho Montero al borde de una selva adornaría las portadas de los periódicos regionales.

El público vería tres cadáveres señalados como soldados no identificados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia , comúnmente llamadas las FARC.

Los uniformes rebeldes —completos con las insignias amarillas, azules y rojas de las FARC— cubrirían sus restos.

Pero algunas personas habían conocido a esos hombres como Gonzalo Álvarez, Gil Pardo y Donato Álvarez, trabajadores itinerantes que se habían deslomado bajo el sol y la lluvia para engordar las arcas de oligarcas pomposos como Don Héctor Suárez y su hijo Álvaro.

Para los Suárez, una simple transacción comercial definiría el día.

Para Juan Guzmán y Flaco Vicente, era el comienzo de toda una vida de pesadillas… y algo peor.