El Luto de Nona (Valle de Cortés 2) 10. Capítulo 10
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10. Capítulo 10

Lorenzo, Delia y Josh bajaron del bordillo frente a una tienda de ultramarinos para esquivar a un grupo de ancianos que bloqueaban la acera.

Era el rincón habitual de los mayores, donde se sentaban en torno a una mesa a beber cerveza bajo el sol de la tarde mientras escuchaban música vallenata y rememoraban el pasado.

—Buenas tardes — saludó Josh con un gesto de la mano.

—Fue Argentina —susurró Lorenzo a Delia y Josh.

Lorenzo se dio unos golpecitos en la sien con el índice. —Porque soy listo... y porque era el campeón de cultura general en el seminario. —

Un flujo constante de vehículos bajaba a toda velocidad por la calle residencial.

Una motocicleta que tiraba de un pequeño remolque lleno de botellas de cerveza se metió en el carril contrario para adelantar a un carromato tirado por caballos que avanzaba lentamente.

En la esquina, una mujer en la acera agitaba la mano intentando parar a un taxi que pasaba, pero el conductor no se detuvo.

Al otro lado de la calle, un grupo de escolares cargados con mochilas deambulaban por la acera vestidos con polos blancos y pantalones azules.

—¿Qué es eso? —preguntó Josh al llegar a un solar grande y abierto ocupado por un entramado de vallas de madera rústica. Al mirar más de cerca, supuso que la estructura era un conjunto de corrales, pero no se veía ni un solo caballo.

—Ahí es donde los ganaderos negocian con el ganado —dijo Delia—.

Deberíamos venir un sábado por la mañana.

Tiene mucho ambiente. —Josh miraba con asombro.

Él y su difunta esposa habían vivido en El Tisbe mientras construían su casa en el valle de Cortés, pero nunca había visitado este barrio.

El pueblo era pequeño, pero para un recién llegado, albergaba toda una vida de atracciones ocultas, especialmente para un fotógrafo.

—La última vez que estuve aquí, pensé que iba a tener que administrar los últimos sacramentos cuando un toro se escapó y casi cornea a un campesino —dijo Lorenzo. Miró hacia adelante y señaló una hilera de chabolas—. Ahí está, más arriba.

El asentamiento parecía pequeño, apenas unas cuantas viviendas destartaladas al borde del pueblo. Pero a medida que el trío se acercaba, pudieron ver hilera tras hilera de tejados de metal oxidado que descendían por una ladera empinada.

Delia señaló con la mano hacia los ondulantes campos de café que se extendían hasta el horizonte. —Todo esto es tierra de los Suárez, ¿verdad? —

Lorenzo asintió y escudriñó el paisaje antes de centrar su atención en las chozas que tenían ante ellos.

—Sí, y este es uno de los cuatro barrios de chabolas en tierras de los Suárez.

Todos ocupan parcelas junto a campos de café.

Supongo que eso les facilita a Héctor y a Álvaro el acceso a mano de obra barata en la época de la cosecha. —

Josh se metió las manos en los vaqueros y contempló la vasta comunidad improvisada. —Pensaba que los Suárez eran unos bastardos codiciosos. ¿Por qué permitirían que la gente construyera en sus tierras? —

Delia y Lorenzo se detuvieron y se volvieron hacia Josh, mirándolo como si acabara de soltar una barbaridad. —¿Permitir? Él no les permite vivir aquí. Les cobra alquiler —dijo Lorenzo. —

A Josh se le desencajó la mandíbula por el desconcierto. —¿Cómo puede alguien exigir dinero de alquiler a gente que es tan pobre? —

Una mirada de desprecio apareció en el rostro de Delia. —A los Suárez no parece importarles lo más mínimo hacerlo. —

—Cobra cincuenta mil pesos por persona —dijo Lorenzo—. Viven unas trescientas personas en este lugar. —

—Solo había dos comunidades antes de que llegaran todos los refugiados venezolanos —dijo Delia, mirando a Lorenzo en busca de confirmación.

Lorenzo asintió con la cabeza—. Entonces el viejo estafador abrió dos más.

¿Qué te parece esa hospitalidad? Bienvenidos al pueblo; ahora dadme todo vuestro dinero . —

Lorenzo suspiró, sintiéndose emocionalmente agotado por el tema. —Creo que los Suárez ganan unos sesenta millones de pesos al mes solo con el alquiler de los barrios de chabolas. —

Los ojos de Josh se agrandaron mientras su calculadora mental echaba cuentas. —Eso es... ¡eso son casi catorce mil euros al mes! —

Delia inclinó la cabeza y frunció los labios. —Esa parece la cantidad correcta. Pero puede que sea más, porque un par de los barrios de chabolas tienen una población mayor que este. —

—Explotar a los pobres es un gran negocio —dijo Lorenzo—. Desgraciadamente, es así en todo el mundo. —

Una endeble valla de madera a la altura de la cintura rodeaba la comunidad, y una puerta de madera marcaba la entrada.

Junto a la puerta, una niña estaba de pie en un charco de barro llenando un cubo de una tubería de agua que sobresalía del suelo.

Su atuendo parecía una colección meticulosamente coordinada de ropa heredada, con botas de agua rosas, pantalones cortos rosas y una blusa de flores amarillas y rosas.

Ajena a las miserables condiciones de su entorno, ladeaba la cabeza mientras tarareaba una melodía, sosteniendo el cubo con el brazo extendido para evitar salpicar de agua su ropa.

—Hola, mi amor —dijo Delia, mirando a la alegre niña—. ¿Conoces al señor Vicente? — La niña negó con la cabeza, cerró el grifo y cruzó la puerta sin derramar ni una gota de agua.

Lorenzo abrió la marcha por un sendero de tierra.

Los cafetos se alzaban a la izquierda, mientras que, a la derecha, un poblado de humildes chozas se asentaba en largas hileras divididas por estrechos caminos de tierra y grava.

Trozos de madera podrida y chapa de metal cubrían los baches de barro en las calles irregulares, y perros, gallinas y cabras campaban a sus anchas por toda la comunidad.

Frente a las chabolas cuidadosamente cuidadas, ancianos y madres con niños se sentaban en cajas de madera y en sillas de plástico baratas.

Flores fragantes cultivadas en cubos o neumáticos viejos adornaban las fachadas de las casas, reivindicando un sentido de orgullo entre los habitantes de la comunidad.

Tras una curva, una pareja estaba sentada junto a una gran olla de aluminio dispuesta sobre una hoguera alimentada con leña.

El olor a tamales al vapor flotaba en el aire, una mezcla de verduras frescas, pollo y harina de maíz.

Delia reconoció al hombre como un vendedor ambulante que hacía rondas diarias por los barrios de El Tisbe, donde vendía los tamales de una olla atada a la parte delantera de una bicicleta.

—Disculpe, señora, ¿conoce al señor Vicente? —preguntó Lorenzo a una mujer de pelo blanco que estaba desgranando alubias frente a una chabola amarilla. —

La mujer levantó la vista y sopesó la pregunta. —¿Se refiere a Flaco? —

Lorenzo asintió. —Sí, señora, a Flaco. —

—Está ahí abajo, al final —dijo ella, señalando el estrecho y tortuoso sendero. —

El camino serpenteaba en diferentes direcciones antes de terminar al borde de un campo de café.

Pintura naranja, azul y blanca embellecía la última choza, un edificio de construcción tosca hecho con madera reciclada y techumbre de metal oxidado.

Un adolescente vestido con vaqueros y un polo amarillo estaba sentado frente a la vivienda, absorto en un libro de texto de ciencias.

El trío se detuvo frente a la cabaña, y Delia se acercó al joven. —¿Es esta la casa del señor Vicente? —

—Por aquí —gritó un hombre desde un lateral de la vivienda.

Al doblar la esquina, vieron a un hombre alto y delgado, con una azada en la mano, cuidando un pequeño huerto que flanqueaba el campo de café.

Su aspecto de lápiz disipó cualquier duda que pudieran haber tenido sobre cómo se había ganado su apodo, Flaco.

El anciano vestía pantalones grises, una camiseta blanca y un sombrero de paja maltratado.

Una barba de cinco días cubría su rostro demacrado, apenas ocultando los profundos huecos que se hundían bajo sus pómulos.

—No somos gente religiosa, Padre —dijo Flaco a Lorenzo—. Sin ánimo de ofender. —

—No me ofendo. —

Josh escudriñó el huerto, aspirando el olor a tierra recién removida. —¿Qué está cultivando? —

—Lo básico. Alubias, patatas, yuca y, a veces, maíz y tomates. Tengo unos cuantos plataneros detrás de la casa —dijo Flaco mientras labraba la tierra. —

Delia se aclaró la garganta y habló. —Señor Vicente, nos gustaría hablar con usted sobre Juan Guzmán. Usted trabajó con él, ¿verdad? —

Flaco interrumpió brevemente su tarea y levantó la vista. —Trabajé con él en la finca de Suárez. —

Delia respiró hondo, sintiéndose frustrada por el muro de las respuestas cortas y reticentes de Flaco.

—Fuimos a ver a la hija de Juan. ¿La conoce? —preguntó Lorenzo. —

Flaco asintió, luego volvió la cabeza y continuó su trabajo. —Isabel. La conocí cuando era pequeña. Aunque hace mucho tiempo que no la veo —dijo él, mirando fijamente la tierra negra recién removida bajo sus pies. —

Delia movió los pies con nerviosismo, tratando de encontrar las palabras adecuadas. —Algunas personas del pueblo no creen que el señor Guzmán se suicidara. La gente se pregunta por qué una persona tan querida haría algo así. —

Flaco miró a Delia y luego apartó la vista. —No hay nada que preguntarse. —Levantó su azada y golpeó la tierra—. Saltó desde el campanario. Mucha gente lo vio. —

Lorenzo inclinó la cabeza, manteniéndose tranquilo y empático. —Isabel nos dijo que su padre parecía preocupado desde hacía tiempo. Dijo que algo ocurrió en la finca... hace muchos años. —

—Yo no sabría nada de eso. Juan era el capataz y yo solo un peón —dijo Flaco, mirando hacia la distancia, hacia su pasado. —

—¿Trabajó usted codo con codo con el señor Guzmán? —preguntó Josh. —

—No. Yo solo seguía órdenes. Estaba en el campo la mayor parte del tiempo, y Juan estaba en otro lugar. —Su respuesta sonaba razonable, pero la premura al responder les hizo preguntarse si bajo la superficie se ocultaba una verdad más profunda. —

Lorenzo dio un paso adelante. —¿Seguro que no recuerda nada que ocurriera en la finca Suárez? Algo que pudiera haber perturbado a Juan por el resto de su vida. —

Flaco les dio la espalda y cortó una raíz que sobresalía con su azada. —No, nada de eso. Soy un hombre ocupado. No tengo más tiempo para hablar. —

—Está bien, señor Vicente —dijo Lorenzo, mirando a Delia y a Josh—. Gracias por su tiempo. —

Se dieron la vuelta y recorrieron el sendero sin decirse una palabra.

Siempre habían sabido que era poco probable que un antiguo empleado de los Suárez les diera información, y ahora se enfrentaban a un callejón sin salida.

Al pasar junto a la mujer de pelo blanco, esta los miró y les sonrió antes de volver a prestar atención a su cuenco de alubias.

—Padre —gritó Flaco desde el final del sendero—. Puede que haya algo que pueda contarle. —

Los tres se detuvieron en seco. Lorenzo miró a Delia, esta miró a Josh y Josh miró a Lorenzo. El sacerdote se dio la vuelta y volvió por el camino mientras Delia y Josh le veían desaparecer tras la curva.

Cuando Lorenzo se acercó a la cabaña, Flaco metió una mano huesuda en el bolsillo de su pantalón y sacó un billete de diez mil pesos.

—Escucha, hijo —le dijo al adolescente, que seguía absorto en su libro de ciencias—, necesito que vayas a la tienda de la señora Marta.

Cómprame una bolsa pequeña de café; puedes quedarte con el cambio. —

El chico se levantó de un salto y cogió el dinero del anciano. —Pero no necesito el cambio, abuelo. Recuerda que empecé a trabajar en la pizzería la semana pasada. —

Flaco asintió y le despeinó el pelo al chico. —Claro, ahora me acuerdo. Pues cómprate un refresco con lo que sobre. —

El joven asintió y se alejó por el camino, apretando el dinero en su mano.

—Hasta luego —dijo Lorenzo cuando el adolescente pasó por su lado. Flaco abrió de par en par el postigo de madera que cubría una pequeña ventana junto a la puerta principal. —

—Mejor entramos, Padre. Aquí fuera no hay mucha intimidad.

—Se agachó para pasar por el dintel bajo y le hizo un gesto con la mano a Lorenzo para que entrara.

El anciano cruzó la estancia y se dejó caer en una silla situada junto a una rústica mesa de madera en el centro de la habitación.

Un pequeño haz de luz iluminaba el centro de la mesa, donde descansaban entrelazadas las cansadas y ajadas manos de Flaco. —

Lorenzo recorrió la habitación con la mirada.

En una esquina, un hornillo de dos quemadores descansaba sobre una mesa fabricada con viejos palés de madera.

A lo largo de la pared del fondo, una modesta colección de ropa colgaba de un tubo metálico que pendía del techo, y a ambos lados del espacio, sendos colchones individuales estaban ordenadamente dispuestos sobre el suelo.

Una pila de libros de texto descansaba al pie de una de las camas, y sobre la almohada de la otra reposaba un ejemplar baqueteado de Cien años de soledad .

—El chico es muy estudioso —dijo Flaco—. Siempre lo ha sido. Fue el primero de su clase el año pasado. —

Lorenzo se sentó en una silla tambaleante frente a Flaco, cuyo rostro quedaba oculto por la penumbra. —¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí con usted? —

—Toda la vida. Es el hijo de mi hija, se llama Marco. Ella se largó después de que él naciera y me lo dejó. No he vuelto a saber de ella. De eso hace ya dieciséis años. —

Lorenzo escudriñó la oscuridad al otro lado de la mesa. —¿Y su padre? —

—No lo sé. Mi hija nunca me dijo su nombre. —

Lorenzo manoseó las cuentas del rosario que sostenía en sus manos bajo la mesa. —¿Había algo más que quisiera decirme? —

—El médico dice que no me queda mucho. El corazón —dijo Flaco—. No me sorprende. Mi madre tenía el corazón mal. —

Lorenzo cerró los ojos y asintió comprensivo. No era la primera vez que escuchaba un pronóstico semejante de labios de uno de los mayores de El Tisbe. —Siento oír eso, señor. ¿Quién cuidará del chico cuando usted ya no esté? —

—Él puede valerse por sí mismo —dijo Flaco, retorciéndose las manos—. Lleva cuidándose la mayor parte de su vida. Ahora me cuida él a mí. —

Lorenzo se echó hacia adelante. —La iglesia dispone de recursos para ayudar a los huérfanos. —

—Estará bien solo. No quiero que lo manden a una casa de acogida por ahí. Le dejaré un poco de dinero; estará bien. —Lorenzo alcanzaba a ver el tenue perfil de luz que recorría el puente de la mejilla y la nariz del anciano. —

—Yo velaré por él —dijo Lorenzo con seguridad. —

Flaco exhaló y extendió las palmas sobre la mesa. —Como dije, no soy religioso. Pero supongo que no hay nada de malo en limpiar mi conciencia antes de partir. —

—Le escucho. Dígame lo que desee. —

Flaco se inclinó hacia la luz. —Debió de ser hace unos treinta años. Quizá más, no lo recuerdo con certeza...—