8. Capítulo 8
Ladrando y brincando de alegría, Bowie, Charlie y Rafi corrían junto al Jeep de Josh mientras este recorría el camino de acceso hacia su casa.
Su agudo oído les permitía detectar a Josh cuando subía por el camino, lo que a menudo les impulsaba a bajar corriendo para recibirle y acompañarle durante el trayecto.
Pero su entusiasmo era un fastidio para él.
Siempre le preocupaba que el Jeep saltara una piedra y hiriera a uno de los chuchos o que alguno perdiera el equilibrio y acabara bajo una rueda.
—Ahí están, siguen aquí —le dijo Josh a Delia mientras se acercaban a la obra de su futura casa—. Y Machete Man también sigue aquí. Josh frenó en seco, envolviendo a los perros en una nube de polvo.
—Ni se os ocurra saltarme encima, cabrones salidos —les dijo Delia a los perros mientras bajaba del coche. Empujó a Bowie hacia abajo y luego se volvió hacia Josh— Voy a hablar con Machete Man. Luego me pasaré por tu casa en unos minutos.
Mientras una espesa nube gris pasaba por delante del sol, Delia se acarició los brazos con las palmas de las manos para quitarse el frío.
Se acercó tranquilamente a los Sierra y a Machete Man, que descansaban a la sombra de su casa bebiendo limonada y comiendo las empanadas caseras de la señora Sierra.
—Parece que está cuidando bien a los hombres —dijo Delia, mirando a la matriarca de Valle Cortés—. Como siempre.
—Ha hecho calor hoy hasta hace un momento, así que les he traído un poco de refresco. Tengo un montón de empanadas si quieres una —dijo la señora Sierra, retirando una servilleta de tela que cubría la parte superior de una cesta de mimbre.
Delia estiró el cuello para mirar dentro de la cesta. —Tienen una pinta deliciosa, pero no, gracias. Hemos parado a almorzar de camino de vuelta de Manizales.
La señora Sierra asintió y colocó la servilleta sobre las empanadas antes de centrar su atención en Delia. —Bueno, voy a freír otra tanda cuando me vaya de aquí, así que pasa por mi casa y llévate unas cuantas para El Tisbe. Hay suficientes para ti y para tu abuela.
Delia sonrió. —Eso haré, gracias. A mi abuela le encantan sus empanadas.
Se volvió hacia el señor Sierra y Machete Man, que estaban sentados sobre cubos de pintura de veinte litros con la espalda apoyada en la fachada de la casa— Oye, Machete Man...
quiero decir, vecino... ¿conoces a algún hombre que trabajara para Don Suárez como peón?
Machete Man dio un trago de limonada y miró al suelo, sopesando la pregunta. Tras lo que pareció una eternidad, miró a Delia y negó con la cabeza sin pronunciar palabra.
El señor Sierra inclinó la cabeza, parpadeó y luego asintió. —Creo que conozco a alguien. Había un tipo que trabajaba con Juan Guzmán.
—Que Dios lo tenga en su gloria, por favor —dijo la señora Sierra, mirando hacia el cielo mientras se santiguaba.
Delia sonrió y asintió. —¿Sabe cómo se llama ?
—Déjame pensar —dijo el señor Sierra, mientras se acariciaba la barbilla—. Tenía un apodo por el que todo el mundo le llamaba. ¿Sabes de quién hablo? —dijo, mirando a su esposa.
La señora Sierra se puso las manos en las caderas mientras la cesta de las empanadas colgaba del brazo por el codo. —No, aunque conocí a Juan Guzmán. Ya sabes que siempre me he mantenido alejada de la familia Suárez.
—¡Vicente! —dijo el señor Sierra, dándose una palmada en la rodilla—. Sabía que me vendría a la memoria.
Delia ladeó la cabeza, esperando más información. —¿Sabe cuál es su nombre de pila?
El señor Sierra miró hacia arriba y volvió a acariciarse la barbilla. —Tino... no, ese no es. Timoteo... no, tampoco es ese. Odio cuando me pasa esto. Es una de las maldiciones de la vejez —dijo, mirando a Delia.
Delia se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos. —No pasa nada; tómese su tiempo. Ya le saldrá.
Los ojos del señor Sierra se agrandaron y se quedó boquiabierto. —¡Tomás! ¡Tomás Vicente! Ese es. Fue la mano derecha de Juan Guzmán durante... no sé, probablemente décadas. Pero usa el apodo de Flaco. Así es como le llama todo el mundo —dijo, con una sonrisa triunfal.
La señora Sierra hizo un gesto con la mano en señal de reconocimiento. —Ah, Flaco. Por supuesto que conozco a Flaco; todo el mundo le conoce. Soltó una risita. Nunca había escuchado su nombre real.
Delia sonrió y se separó de la pared. —¿Saben si todavía vive en El Tisbe? Tenemos que encontrarle.
El señor Sierra asintió. —Estoy seguro de que sí.
Héctor Suárez le pagaba un sueldo bastante bueno a Guzmán, y Juan seguía llevando su propia granja...
en su día. Los Suárez son unos granjeros pésimos, así que dependían de la experiencia de Juan.
Si no fuera por Juan, los Suárez nunca habrían sacado adelante una cosecha.
Pero es probable que Héctor pagara a sus peones habituales sueldos de miseria.
Siempre ha sido así. Estoy seguro de que el viejo Flaco nunca ganó dinero suficiente para llegar muy lejos.
La señora Sierra bajó la vista y sacudió la cabeza con desagrado. —Y por eso evito a Héctor y a su hijo bueno para nada. No les tengo ningún aprecio a los Suárez.
Delia inspiró y se metió las manos en los bolsillos del pantalón, satisfecha con la nueva información. Por fin conocía a una persona viva que podría tener las respuestas al misterio de Juan Guzmán. Solo tenía que encontrar a Tomás Vicente.