El Luto de Nona (Valle de Cortés 2) 7. Capítulo 7 #3
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7. Capítulo 7 #3

Delia se inclinó hacia delante. —Así es como lo recuerdo yo. Tomaba café con mi abuela casi todos los días.

Una sonrisa asomó al rostro de Isabel. —¿Esa era tu abuela? No recuerdo su nombre, pero él hablaba a menudo de la mujer a la que visitaba cada día. —Delia asintió en señal de confirmación—. ¿Cómo se llama?

—María Flores.

—Sí, es ella. Hablaba mucho de tomar café con María.

Lorenzo se incorporó y se recolocó en su silla. —Isabel, sé que algo le preocupaba desde hacía mucho tiempo. Pero no sé de qué se trataba. —Suspiró y organizó sus pensamientos—. Era como si algo le pesara mucho. Tuve la sensación de que era algo de un pasado lejano, nada reciente.

—Vaya —dijo Isabel, bajando la vista al suelo antes de volver a mirar a Lorenzo—. Eso. Sí, algo del pasado la atormentaba, pero nunca me dijo qué era. ¿ De veras cree que se habría suicidado por algo que ocurrió hace tanto tiempo?

Lorenzo meditó la pregunta y asintió levemente. —No sería la primera vez que ocurre algo así. Pero yo tampoco tengo la respuesta .

Delia se removió en su asiento. —Mi abuela cree que… bueno… quizá no se suicidó. O quizá alguien lo empujó a hacer lo que hizo.

Isabel respiró hondo. —Debo admitir que la misma idea me ha pasado por la cabeza.

Mi padre disfrutaba demasiado de la vida como para terminar con ella de esa forma.

—Hizo una pausa y se recostó en la silla—.

Y ni siquiera estaba enfermo, al menos que yo supiera.

Un poco de tensión alta de vez en cuando, pero nada más.

Josh permaneció en silencio, pero se inclinó, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos. Delia miró a Lorenzo y luego volvió a mirar a Josh. Habían conducido desde El Tisbe hasta Manizales y, sin embargo, no estaban ni un paso más cerca de descifrar el enigma.

—Bueno, supongo que ya le hemos quitado bastante tiempo —dijo Lorenzo, poniéndose de pie.

Delia y Josh se levantaron mientras Lorenzo sacaba un pequeño bloc de notas y un bolígrafo del bolsillo trasero y empezaba a escribir—.

Si recuerda algo, ¿podría llamarme, por favor?

—dijo, arrancando una nota y entregándosela a Isabel—.

Ese es mi número de móvil. También puede localizarme llamando a la oficina de la iglesia.

Isabel asintió. —Aún tengo el número de la oficina…

de cuando hice los preparativos del funeral de mi padre.

—Se cruzó de brazos, abrazándose a sí misma mientras caminaban hacia la puerta principal, con la mirada perdida en el suelo—.

Siento no haberles podido ser de más ayuda.

En cierto modo, mi padre era bastante misterioso.

Delia puso la mano en el antebrazo de Isabel. —No, sí que nos ha ayudado. La falta de respuestas también es una respuesta.

—Sentimos habernos presentado así sin avisar —dijo Lorenzo—. Que Dios la bendiga. La tendré en mis oraciones.

—Hasta luego —dijo Josh mientras Isabel cerraba la puerta.

Josh miró a Delia al salir a la acera. —¿De veras sentías lo que le has dicho? Eso de que la falta de respuestas también es una respuesta.

Ella negó con la cabeza mientras fruncía el ceño. —¡Ni de broma! La falta de respuestas no es más que un callejón sin salida.

El trío retrocedió cuando la puerta de Isabel se abrió de golpe. —¡Esperen! —exclamó—. Hay algo. Al menos podría ser algo… No lo sé.

—Cualquier información es útil —dijo Lorenzo en su tono cálido y pastoral.

Isabel miró a un lado como si escudriñara en el pasado. —La finca. Pasó algo en la finca.

La expresión de Delia reveló su confusión. —¿La finca de tu padre? Pensaba que solo tenía un pequeño terreno a las afueras del pueblo.

—No. En la finca Suárez —dijo Isabel, levantando el dedo índice.

Lorenzo arqueó las cejas. —¿En la finca de Héctor Suárez?

—Sí. Mi padre fue el capataz de don Suárez durante muchos años.

Un día ocurrió algo en la finca, pero mi padre nunca nos contó qué fue.

Dejó el trabajo poco después. Antes de aquel día, solía quejarse regularmente de lo difícil que era trabajar para don Suárez porque era exigente y tenía mucho temperamento.

Pero después de aquel día, el día en que pasó algo, mi padre empezó a tenerle miedo a la familia Suárez.

A partir de entonces, los evitaba siempre que podía.

—¿Y usted no sabe qué pasó en la finca? —dijo Josh, interviniendo en la charla por primera vez.

Isabel parpadeó y negó con la cabeza. —No, nunca quiso hablar de ello. Una vez dijo que es mejor no saber algunas cosas, que la información es poder, pero que a veces también puede ser peligrosa. —Se agarró los costados mientras un escalofrío la recorría.

—Gracias —dijo Lorenzo.

Se quedaron junto al camino mientras Isabel volvía a entrar y cerraba la puerta. El sonido del metal raspando metal chirrió en el aire cuando echó el cerrojo.

Delia miró a Lorenzo. —Lo que ha dicho de que la información es peligrosa ha dado bastante mal rollo.

—Desde luego —dijo él.

—Supongo que tendremos que preguntar por ahí para saber si alguien más trabajaba en la finca Suárez en la misma época que el señor Guzmán —dijo Josh.

Delia asintió. —Sé perfectamente a quién preguntar —dijo. Josh y Lorenzo la miraron con curiosidad—. A Machete Man.