5. Capítulo 5
El Padre Lorenzo Ramos salió de la rectoría ataviado con unos vaqueros gastados y un polo clerical azul.
No le gustaba la sensación de llevar el cuello abotonado, y menos todavía llevar el cuello clerical en público.
No es que le diera apuro que lo identificaran como sacerdote; simplemente le resultaba agobiante tener que estar siempre disponible para cualquiera que necesitara sus servicios.
Su irritación era consecuencia del agotamiento que conllevaba el exceso de trabajo en su puesto de bajo nivel en la catedral.
Cuando su amiga de la infancia, Delia, le propuso quedar en Home Café, la cafetería más popular de la plaza principal de El Tisbe, Lorenzo la convenció para verse en un lugar más pequeño y discreto.
No le preocupaba que lo vieran sus feligreses; era al rector de la catedral a quien quería evitar.
El Padre Antonio había sido el párroco principal de la catedral desde que se tenía memoria en El Tisbe.
Ahora, en su vejez, peregrinaba a diario hasta Home Café, donde se sentaba en una mesa en el centro del local y agasajaba a sus admiradores.
Antonio nunca pagaba nada, pero aceptaba de buen grado un café aquí y un trozo de tarta allá, el origen de su incipiente barriga.
Había sido el Padre Antonio quien insistió en que Lorenzo llevara siempre el cuello clerical en público, pero el joven párroco solía escabullirse a menudo con ropa de civil sin que el veterano eclesiástico lo pillara.
Lorenzo cruzó la plaza principal, el Parque Principal, deleitándose con las vistas y los olores.
Un vendedor ambulante freía patatas fritas caseras en un caldero calentado por una bombona de propano que estaba un poco demasiado cerca del quemador.
El olor a grasa caliente y patatas recién cortadas se mezclaba con el aroma del algodón de azúcar recién hecho por el vendedor de al lado.
En los extremos de la plaza, mercaderes de fuera habían montado puestos abiertos por los lados para proteger la mercancía que venderían durante el próximo fin de semana.
Varias veces al año, desembarcaban en El Tisbe para vender de todo, desde joyería artesanal hasta elixires milagrosos para una plétora de dolencias comunes, incluido el cáncer.
Lorenzo reprimió una risita al ver que el puesto de la Cruz Roja, que ofrecía vacunas gratuitas contra la fiebre amarilla, estaba justo al lado del vendedor de elixires milagrosos.
Dio un paso a un lado para evitar chocar con una niña sentada al volante de un coche eléctrico de juguete, uno de los muchos entretenimientos de la plaza para los niños.
En los bancos del parque, hileras de madres compartían los últimos cotilleos y se compadecían mutuamente de maridos infieles, suegras autoritarias y el elevado coste de la cesta de la compra.
En el centro de la plaza, al pie del obelisco, un hombre estaba sentado en un sillón que parecía un trono mientras un limpiabotas les sacaba un brillo reflectante a los zapatos.
—Buenos días, Padre —dijo el sonriente limpiabotas, agitando el cepillo de pulir.
Lorenzo sonrió. —Buenos días, señor.
Cuando Lorenzo llegó al otro extremo de la plaza, puso los ojos en blanco ante el frenesí de actividad que rodeaba a un viejo roble.
Un empleado municipal ataba cinta de precaución amarilla a un arbusto, mientras otro trabajador extendía la cinta a través de la calle y la sujetaba a una farola.
Varios ancianos sentados sobre un murete de ladrillo hablaban y señalaban, criticando la maniobra.
Un camión de bomberos estaba al ralentí a pocos pasos, y una docena de soldados armados custodiaban el perímetro de la barrera de precaución.
Justo cuando Lorenzo llegaba al paso de peatones, un operario que colgaba de una cuerda en un lateral del viejo roble arrancó una motosierra con un rugido estruendoso y una ráfaga de gases de escape.
Aunque las estrictas medidas de seguridad y el exceso de precaución habrían podido indicar la demolición de un edificio o la llegada de un dignatario, en realidad, todo aquel revuelo era para podar un par de ramas.
Lorenzo llegó a una esquina tranquila al borde de la plaza, encantado de haber escapado del jaleo.
Tras caminar unos pasos más, giró por una calle residencial donde se topó con una pequeña cafetería amueblada con mesas y sillas de plástico.
En las paredes, casi desnudas, unas chinchetas sostenían fotos descoloridas de cafetales locales y, junto a la caja registradora, colgaba un calendario grande adornado con la imagen de un toro.
Al entrar, recorrió el local con la mirada hasta que sus ojos se posaron en la parte posterior de una cabeza de un rosa intenso.
—No estaba segura de que quisieras quedar conmigo —le dijo Delia a Lorenzo mientras este tomaba asiento frente a ella—. Porque, bueno, ya sabes...
Lorenzo se removió en el asiento para ponerse cómodo y luego miró a Delia a los ojos. —¿Te refieres a que eres lesbiana? ¿Y qué? Eso no me importa. ¿Por qué ibas a pensar que me importaría tu orientación sexual?
Delia se cruzó de brazos mientras se recostaba en la silla. —Tío, eres un sacerdote católico, por si se te ha olvidado.
—Eso es solo mi título. No me define —dijo él, inclinándose hacia delante—.
Y no estoy de acuerdo con la postura de la Iglesia sobre la orientación sexual...
ni sobre algunas otras cosas. Desde que Delia había regresado a Colombia, ella y Lorenzo solo habían intercambiado cortesías de pasada.
Pero los viejos sentimientos nunca mueren, y parecía natural que volvieran a caer en la cómoda dinámica de su infancia.
—Entonces, ¿cómo puedes decir eso llevando puesta esa cosa? —Delia señaló su cuello clerical—. Pensaba que se suponía que los curas teníais que creer todo lo que sale del Vaticano.
Lorenzo soltó una risita, apretando los labios para no escupir el café por toda la mesa... y sobre Delia. Miró hacia un lado, tragó saliva, y luego abrió la boca y soltó una carcajada.
—¿Qué? ¿Qué tiene eso de gracioso? —Los labios de Delia se entreabrieron mientras ladeaba la cabeza con curiosidad.
Lorenzo se recostó en la silla. —Si tú supieras.
—¿De qué hablas? —preguntó Delia arqueando una ceja.
Lorenzo se inclinó hacia delante y susurró: —Si tú supieras cuántos hombres en el sacerdocio son gais. Y mejor no hablemos de las monjas.
—Vale, basta de esto — dijo Delia agitando una mano, resignada a aceptar lo que Lorenzo le decía—. No te he invitado a un café para hablar de la orientación sexual de nadie.
—Ya imaginaba que no. Delia, nos conocemos desde niños. Somos como primos. Eso nunca cambiará. Así que, hija mía —dijo con una sonrisa sardónica en el rostro—, ¿qué es lo que te preocupa hoy?
Delia esbozó una sonrisa que desapareció rápidamente. —No es lo que me preocupa a mí . Es lo que preocupa a mi abuela.
Lorenzo frunció el ceño mientras se inclinaba hacia delante con una expresión de sincera preocupación. —Oh, siempre le he tenido mucho cariño a tu abuela. ¿Qué pasa? ¿Está enferma?
Delia negó con la cabeza y suspiró. —No, no es nada de eso. Está muy afectada por lo que le pasó a Juan Guzmán. Su muerte la ha destrozado.
—Lo entiendo —dijo él, sintiéndose más relajado, aunque apenado por el rumbo de la conversación—. La muerte del señor Guzmán nos ha dolido a todos. Era un hombre muy bueno. Todo el mundo lo conocía.
—Sí, ya lo sé. Mi abuela solía tomar café con él todas las mañanas después de que terminara su ronda con el carrito de la fruta.
Lorenzo asintió con solemnidad, pero quería zanjar el tema. —Es algo muy triste, pero era viejo y se sentía solo, supongo...
—Mi abuela cree que la causa oficial de la muerte es errónea —soltó Delia, agarrando el borde de la mesa—. No puede creer que se suicidara .
Lorenzo respiró hondo y bajó la mirada a la mesa, reflexionando sobre aquel día horrible.
—Entiendo por qué le duele. Su muerte todavía me inquieta a mí también.
—Se inclinó hacia delante y bajó la voz—.
Pero yo estaba allí cuando ocurrió. No había nadie más en el campanario con él.
Subió allí solo, y no había nadie en la torre cuando la policía la registró después del suceso.
Delia se acercó más. —Sí, bueno, pero ¿tú te crees lo que dice la policía al respecto?
Lorenzo se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. —No me queda otra opción, ¿verdad? Por muy inquietante que se hubiera vuelto la conversación, se preguntaba hacia dónde iría a continuación.
Delia negó con la cabeza y exhaló. —Claro que tienes opción de elegir lo que piensas. Me acabas de decir que no aceptas automáticamente un punto de vista oficial.
—Ya, bueno, pero no tengo ningún otro punto de vista sobre Juan Guzmán. —Se removió en la silla con incomodidad, esperando haber satisfecho el escrutinio de Delia.
Delia inclinó la cabeza y dejó pasar un momento. —¿Venía a la iglesia a menudo?
—Todos los días.
Delia entrelazó las manos sobre la mesa con expresión impasible. —¿Y qué hay de la confesión? ¿Iba a confesarse?
La mente de Lorenzo se sumió en sus pensamientos. —Mucho más de lo necesario. Al menos eso es lo que solía decirle yo.
—Entonces —dijo Delia, inclinándose sobre la mesa—, ¿qué decía en la confesión? ¿Dijo algo que te hiciera creer que iba a quitarse la vida?
—¡No puedo hablar de eso! —exclamó Lorenzo, retorciéndose en la silla—. Lo que se dice en la confesión es confidencial. Es como hablar con tu médico. Es un intercambio sagrado entre un feligrés y un representante de Dios.
Delia soltó un bufido. —Tío, que no es que quiera ir corriendo a los medios a airear todos los secretos del señor Guzmán. Acabas de decir que soy como tu prima.
—Bueno, pues tampoco hablaría de una confesión con ninguno de mis primos.
Así que tú no eres distinta —dijo él con brusquedad, frustrado por su tenacidad—.
El sigilo sacramental es sacrosanto. Puede que no esté de acuerdo con la postura de la Iglesia en todo, pero estoy sujeto al derecho canónico.
Y cuando se trata de la confesión de un penitente, estoy completamente de acuerdo con lo que la Iglesia me ordena hacer.
Delia se apartó de la mesa con fastidio. —Venga, hombre, cuéntame algo. Necesito ayudar a mi abuela a superar esto.
Lorenzo se mordió el labio inferior y cruzó las piernas en señal de desafío.
—Lo cierto es que no sé realmente qué le pasaba al señor Guzmán.
Sabía que algo le preocupaba. Algo lo había estado atormentando durante algún tiempo, pero nunca me dijo que era.
Cada vez que intentaba hablar de lo que tenía en mente... era casi... críptico.
—¿Eso es todo? ¿No puedes decirme nada más? —dijo ella, cediendo un poco para dar a su amigo un momento de resuello.
—No sé nada, Delia, te lo prometo. —Lorenzo hizo una pausa y luego respiró hondo—. Te diré una cosa que quizá no debería decirte. Pero te la diré igualmente.
Delia se inclinó hacia delante, animada por la posibilidad de un avance. —¿El qué? Cuéntame.
Lorenzo se acercó como si quisiera evitar oídos indiscretos en el comedor, que por lo demás estaba vacío.
—Juan tenía una hija. Vive en Manizales.
Ella fue quien vino aquí y se encargó de todos los preparativos del entierro.
Pero se limitó a pagar y se marchó, ni siquiera se quedó para el sepelio.
Cuando hablé con ella por teléfono, me pareció...
no sé, como si tuviera miedo de estar en El Tisbe.
Los ojos de Delia se agrandaron con expectación. —¿Tienes su número de teléfono?
—Sí, tengo su número —asintió, pero frunció el ceño en señal de negativa.
Delia se inclinó sobre la mesa, tendiendo las manos en actitud suplicante. —Por favor, Lorenzo, dame su número de teléfono para que pueda llamarla. Quiero ayudar a mi abuela en todo lo que pueda.
—No, no voy a darte sus datos —dijo él, moviéndose en la silla—.
También tengo su dirección. Quizá podamos ir los dos a verla.
Delia sonrió y asintió aprobando la idea.
Lorenzo miró hacia otro lado para organizar sus pensamientos antes de volverse de nuevo hacia Delia.
—Pero no creo que sea buena idea avisarle de que vamos.
Quizá deberíamos presentarnos directamente en su puerta y esperar que quiera hablar con nosotros.
—Hecho —dijo Delia en tono victorioso.