El lugar donde aprendí a amar 10
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La gran pregunta, Luca me lo advirtió; si quiero que ellas se sientan seguras conmigo, si pretendo ayudarlas a sanar… debo ser la primera en mostrarse transparente con este tema.

Asiento poco a poco, dejar que mi cuerpo acepte esa parte de mi vida es complicado. Es algo que he guardado tanto tiempo que ahora me cuesta expresar.

—¿Podrías explicarme…? Por favor, necesito saber que no he sido la única, aunque a ti te salvo ese chico.

Me quedo helada en el momento en que me lo dice, muy poca gente sabe que Luca me salvó y aunque tengo muchas preguntas por hacer, sé que no es el momento correcto.

El dolor que siento al escucharla implorar que le cuente lo que yo sufrí, hace que entienda lo sola que se siente, por mucho que tenga a su familia alrededor.

—Pasó hace siete años. —Me limpio las lágrimas que intentan salir, la miro y entonces sé que es momento de perder el miedo.

—Ocurrió en la fiesta de Halloween, no recuerdo mucho, la verdad, sé que me drogó dos veces porque no consiguió manipularme con la primera bebida.

Me llevó a la cabaña del bosque y lo único que recuerdo es estar en los brazos de Luca.

He trabajado muchos años para recordar detalles, aun así, no he conseguido recuperarlo todo.

En cuanto acabo, me siento más liviana, como si acabara de quitarme un peso de encima.

Ava, por su parte, se encuentra llorando y se abalanza sobre mí sin pensarlo.

La sostengo enseguida en mis brazos mientras llora y entonces lo sé, se ha dado cuenta de todas las similitudes con su agresión y la mía.

Su madre tiene una expresión de terror, imagino que, si ya es duro escucharlo de tu hija, peor es saber que ha pasado más veces… El miedo se instala en mi cuerpo.

—Quiero ayudar, ir a la asociación y acabar con ese malnacido. —La aparto un poco de mi hombro, lo suficiente para que me pueda mirar a los ojos y vea mi determinación en ellos.

—Me costó mucho quitarme la cobardía de encima, Ava, pero te prometo que Coral Mariner y Luca Bay harán todo lo que esté en su mano para que ese cabrón se pudra en la cárcel.

Suelo mirar siempre el lado positivo de las cosas, pero el hecho de que todo esté siendo tan fácil no me gusta.

Coral me acaba de enviar un mensaje para contarme que Ava quiere ayudarnos, hasta Andrea le ha dicho que prefiere adelantar la quedada que iban a tener mañana a hoy mismo, dentro de una hora.

Así que sí, muy fácil todo. Pero claro, no esperaba que la parte difícil me la fuera a encontrar yo en el pueblo de al lado.

Me costó mucho que el amigo que tengo en la policía me dijera dónde vive Charlotte. En realidad, lo ha hecho a cambio de unas entradas para el partido de los Boston Celtics, sí el mismo equipo de Kairo. Espero que no le sienta mal que lo haya usado, es por una buena causa.

Aunque lo último que esperaba era encontrarme al sheriff del pueblo, Arturo, saliendo de la casa que justo tiene toda mi atención.

Su cara en el momento en que se cruza conmigo no me gusta nada, más que un policía parece un matón de pueblo. Me hace entender que me puedo encontrar cualquier cosa con Charlotte, a saber, qué es lo que ha llegado a decirle.

No pierdo más el tiempo y toco a la puerta. Como esperaba, debo hacerlo unas tres veces más hasta que esta se abre. Un hombre de unos cuarenta años, alto -aunque no tanto como yo- y de complexión atlética, me recibe.

—Lo siento, no es un buen momento. —Estaba preparado para esta respuesta.

—Por favor, no me mienta en la cara. Voy a ser claro y rápido, la decisión final

es vuestra. —Sueno brusco, soy consciente, pero no voy a perder el tiempo con él, la importante aquí es Charlotte. —Acabo de ver salir al sheriff de vuestra casa, ni siquiera quiero saber qué os ha dicho, pero seguro que os ha metido miedo.

La nuez de su garganta empieza a subir y bajar, puedo notar su tensión.

—Mi pareja fue víctima de un abuso hace siete años.

—Joder, como duele decirlo. —Fui yo quien la tuvo que sacar de las manos de ese desgraciado y, por tanto, de los pocos que lo he visto.

Soy consciente del trauma que deja vivir algo así, incluso yo sigo con pesadillas día y noche.

—No me interrumpe, debe de pensar que soy un loco en la puerta de su casa, pero al menos me escucha.

—A lo que quiero llegar es a que sabemos que han habido más víctimas, niñas inocentes que han sufrido cosas horribles, pero que tienen miedo de alzar la voz.

—Yo…

—Solo escúchame, por favor. Después de mucho temor, mi pareja y yo estamos intentando crear una asociación.

Una que alce la voz de todas las personas que han sufrido en la vida y a las que la ley les ha dado la espalda.

—Se me hincha el pecho de orgullo en cuanto lo digo en voz alta, el bien que estamos intentando hacer, por ella, por mi gran tormenta, me hace sentir feliz.

—Nos han dicho que su hija, desgraciadamente, fue víctima de la misma persona, la cual estoy casi seguro de que es el sobrino del sheriff.

No necesito decir más, un sollozo se escucha al fondo de la casa y el ruido de un vaso romperse. El hombre se aparta rápidamente y entonces lo sé, Charlotte es quien se encuentra allí, totalmente rota y con una mirada que a cualquiera le daría miedo.

A mí la verdad es que no, es la misma mirada que tuve que ver en Coral durante mucho tiempo, una me destrozó.

—¿Es verdad?

—No te entiendo. —Charlotte se dirige a mí, aún con sangre en la mano por algún cristal que se ha tenido que clavar cuando se ha roto el vaso.

—¿Queréis ayudarnos? ¿De verdad?

Duele ver cómo una niña de tan solo dieciséis años cree que no ser lo suficiente importante para que nadie vea su dolor y decida ayudarle, me quema el alma y me hace saber que lo que estamos haciendo va a ser bueno.

—Sí, no sé qué habrá dicho el malnacido del sheriff cuando ha venido, imagino que buscaba asustaros. —Sus caras me lo confirman. — Solo os voy a pedir que lo enfrentéis y lo intentéis grabar

—No servirá de nada, él tiene el poder. —Charlotte habla con miedo

—En este tema no será así, vamos a traer a un policía de fuera. Uno de mis mejores amigos es inspector en la ciudad donde yo trabajaba hasta hace poco, él está al tanto y llegará mañana por la tarde.

Sus miradas se llenan de esperanza, es como si pudieran ver la luz al final del túnel y sé que van a estar de nuestro lado en esta guerra.

—Solo te pido, Charlotte, que vengas mañana por la tarde a nuestro pueblo, específicamente a casa de Coral. —Le extiendo un folleto con toda la información. —Pone la dirección, te vamos a esperar con los brazos abiertos.

Unos brazos me envuelven antes de que me marche. Para mi sorpresa, son los del padre.

—Os debo la vida por querer ayudar a mi hija, yo no pude y fallé.

—Yo también le fallé a quien amaba, pero la vida trata de eso; de aprender de los errores y buscar la manera de hacerlo mejor.

Me voy de la casa de Charlotte con el corazón lleno de calidez, justo lo que necesito para estos días fríos que se han apoderado de Coralina y su entorno.

Saber que en tan solo veinticuatro horas estamos consiguiendo hacer lo que tanto soñamos, destruir la pesadilla de nuestras vidas, me hace entender que a veces los tiempos de la vida no son los que uno pretende que sean.

A veces necesitamos huir y sanar para ser capaces de regresar a cerrar los ciclos de la vida.

Toco el timbre de la casa de la mujer a laque quiero y me abre con una gran sonrisa y un abrazo cálido, es mucho más de lo que siempre soñé.

—Lo estas logrando, tormenta. —Necesito recordárselo, tiene que valorar todo lo que está logrando después de todo.

—Mi vida no tiene nada de sentido sin la luz, tú eres mi sol, Luca. Lo estamos logrando juntos. —La envuelvo en mis brazos, estrechándola todo lo que puedo, como si nos fusionásemos en uno solo.

—Te quiero, Luca Bay. —Es un pequeño susurro, pero lo oigo, fuerte y claro. Me separo para poder mirarla.

—Te quiero, Coral Mariner.

Lo hago desde siempre y lo haré por siempre.

Los próximos minutos nos los pasamos besándonos en el sofá, dejando de lado el aire que necesitamos para respirar y centrándonos en nuestros labios hasta que el timbre nos ha hecho separarnos.

Andrea ha llegado.

Es el momento de saber si tenemos la prueba definitiva para acabar con el fantasma que tanto nos ha atormentado.

Noto los nervios de Coral a través de su cuerpo, da igual que una de mis manos esté sobre su muslo, sigue temblando igual.

—¿Quieres que abra yo? —Su mano se posa en mi mejilla y me mira, lo sé con certeza, quiere hacerlo ella. Se pone de pie poco a poco, se ata el pelo en un moño, como siempre hace cuando necesita relajarse y se dirige hacia la puerta.

No han pasado ni cinco minutos cuando está de vuelta en el salón con la que imagino qué es Andrea.

Vale, si las chicas que hoy habíamos visto estaban rotas…

la que tengo delante, está destruida. Sé que no soy un profesional, pero ya con ver las ojeras en sus ojos y las vendas en las muñecas, no necesito más.

Aunque lo que más me impacta es ver un pequeño bulto sobresalir de su pantalón. Es casi imperceptible a la vista, ni siquiera imagino que Coral lo pueda notar. Pero soy doctor, sé perfectamente cuándo una chica está embarazada. No solo eso, es que además esta chica está totalmente desnutrida.

Mi preocupación se hace evidente, lo sé porque Coral me mira sin entender qué ocurre, mientras Andrea se siente cohibida ante mi mirada. Necesito excusarme un momento y me dirijo al baño a refrescarme la cara.

—Luca ¿qué ocurre? —Entra en el lavabo en el momento en que me estoy mojando la cara e intento respirar de nuevo. —Parece que has visto un fantasma.

—Está embarazada. —No es una pregunta, es una afirmación, a través del espejo puedo ver la cara de sorprendida de Coral.

Tal y como me imaginaba, no tiene ni idea.

—Un niño siempre es signo de felicidad, pero si una madre ha sido capaz de intentar quitarse la vida, aun teniendo a su hijo en el vientre…

—¿Qué estás queriendo decir, cariño? –No soy policía, ni inspector, solo un doctor que está muy seguro de que esta chica tiene más de cuatro meses de embarazo.

Podría haber abortado de maneras naturales y aun así intento quitarse la vida…