El lugar donde aprendí a amar 6 #3
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Lo nuestro no solo va más allá de un sentimiento de amor, sino también de esa conexión que siempre hemos tenido entre nosotros, aun obligándonos a seguir con nuestras vidas.

Sé que puede sonar extraño, ni siquiera nosotros entendemos por qué siempre nos hemos sentido tan unidos, aunque Coral muchas veces me dijo que para nuestra relación existía una palabra que la definía muy bien, una que en coreano es sagrada: jeong.

La primera vez que me lo dijo, con esa voz tan tímida que tenía por no sentirse segura de sí misma, me reí; no de ella, sino de la palabra y la gracia que me hacía.

Pero entonces vi que poco a poco, por mucho que nuestros momentos fueran solo nuestros y que no estuviéramos siempre juntos, había una especie de hilo que nos unía una y otra vez.

Acabé buscando qué significaba esa palabra a la que Coral tanta importancia le daba y en cuanto lo encontré lo supe: era la definición perfecta para lo que había entre nosotros.

La razón es bien sencilla; es un concepto coreano que describe un vínculo emocional profundo, el afecto y apego inquebrantable hacia una persona.

Recuerdo asustarme la primera vez que sentí que había encontrado la pieza que le faltaba a nuestro puzle, aunque me ayudó a saber por qué quería a esta mujer tan preciosa e increíble en mi vida.

Pero entonces ella decidió que nadie podría vernos juntos, por mucho que yo le pidiera que saliéramos, que hiciéramos planes en el pueblo…

en su mente solo existía la respuesta de siempre.

«Prefiero guardar esta amistad para nosotros».

Amistad, claro, no podía estar mintiendo más en una sola frase. Primero, porque eso no era lo que ocurría en verdad, al menos eso pensaba, aunque aún a día de hoy no he podido descubrirlo.

El problema es que solo éramos dos chicos demasiado vulnerables para aceptar nuestros sentimientos más bonitos.

Hasta que llegó el veintitrés de octubre, la fiesta favorita de todos los jóvenes de Coralina.

Todos estábamos disfrutando, éramos muchísimos en la casa, pero incluso siendo tantos, mis ojos solo podían estar sobre la chica del jersey rojo, con sus labios a juego, que se movía y disfrutaba junto a Mackenzie.

Pocas veces ella disfrutaba tanto como esa noche, sobre todo después de lo que tuvo que vivir.

Pero sin ninguna duda, hoy en día daría mi vida por volver atrás y haber estado a su lado, abrazándola y sosteniéndola todo el tiempo que hiciera falta, aunque ella no quisiera, aunque estuviera feliz, nunca me perdonaré haberla perdido de vista unos minutos…

Unos jodidos minutos que me hicieron enfrentar el mayor trauma de mi vida y ver cómo le provocaba el mayor sufrimiento a la chica de mis sueños. Esa maldita noche de octubre fue la que acabó de destruirnos y, a la vez, unirnos para siempre.

Da igual que su familia y la mía dijeran que la había salvado, da igual que le pegara una paliza al responsable hasta hacérselo pagar, el mundo me daba igual.

En mi cabeza solo estaba el momento en que corrí por el bosque oscuro de Carolina, con la luna llena a mi espalda y un frío muy poco común para octubre, sin que nadie me detuviera, mi única prioridad era encontrarla.

Sobre todo, después de que uno de mis compañeros de equipo me dijera que la había visto salir tambaleándose de la fiesta junto al mayor cabrón de este pueblo, junto al chico que ha recibido más de una denuncia.

Pero nunca hemos podido hacer nada en su contra, su tío es el sheriff del pueblo de al lado.

Recuerdo cómo mi ira se volvía cada vez mayor cuando no encontraba a mi pequeña tormenta, a la chica que me había roto todos los esquemas desde bien pequeño.

Hasta que escuché un grito, uno que aún oigo en mis pesadillas, tan desgarrador que por un segundo tuve que pararme y respirar, porque no sabía qué iba a encontrarme, pero sí que quemaría el mundo por ella.

Aunque hubiera imaginado mil escenarios en mi mente, en ninguno estaba que ella se encontrara en una pequeña cabaña del bosque, la cual siempre nos habían dicho que era de la policía y que allí guardaban cosas que nadie debía ver.

Y con razón, porque era el lugar favorito de Cristian Miller para destruir el alma de las chicas.

Vomité, era imposible no hacerlo al ver la imagen de Coral tumbada en una cama bastante deteriorada, con unos barrotes que apresaban sus manos. Apenas había luz, pero podía ver perfectamente los golpes que le había dado por intentar defenderse.

No me paré a mirar si estaba viva, en ese momento solo quería destruirlo a él, al chico que le acababa de quitar la poca alma que le quedaba a mi pequeña.

Ni siquiera pudo llevar a cabo lo que quería y di gracias por poder llegar en el momento en que el muy desgraciado se estaba bajando los pantalones.

Los golpes llegaron uno tras otro, sabía que nadie vendría.

No había querido avisar a nadie, necesitaba hacer esto yo, por ella y por todo lo que ya le habían quitado en un pasado.

Golpe tras golpe, ni siquiera podía ver bien de la ira que me estaba cegando…

Hasta que un pequeño susurro me frenó, una voz suave y angelical me hizo salir del trance.

—Luca, por favor para… —No quiero hacerlo, pero su voz es suficiente para saber que debo ir con ella, debo protegerla con mi vida.

—Lo siento, lo siento… Es culpa mía, debería haber estado contigo. —Coral lucha por conseguir algo de aire y yo me centro en desatarle las muñecas a pesar de lo fuerte que se las ha atado.

—Nada es tu culpa, tú no debías… —Cada vez le falta más el aliento, ni siquiera es capaz de acabar la frase.

Coral está completamente pálida y rígida en mis brazos, ni siquiera sé por dónde cogerla después de tantas magulladuras que le ha provocado ese desgraciado.

Miro al suelo para ver al hombre más horroroso al que he conocido, sigue también totalmente inconsciente y me importa una mierda lo que ocurra con él. Mi prioridad es llevar a Corallo más rápido posible al hospital.

—Te quiero más que nada en el mundo, Coral, por favor sigue conmigo—le suplico, mientras salgo de la asquerosa cabaña lo más rápido posible.

Todo lo que ocurrió después creo que fue aún más doloroso de vivir que aquella noche, ver cómo ella no quería hablar con nadie, ni siquiera conmigo después de intentarlo varias veces.

No podía saber a ciencia cierta qué era lo que pasaba por su cabeza, pero la conocía demasiado como para saber que las cosas volvían a ir por el lado del complejo de inferioridad que ella sentía.

Era como si hubiéramos vuelto unos años atrás, pero esta vez con más fuerza, a ese sentimiento de asco que sigo sin entender.

Ella tenía muy claro que la gente la tacharía de culpable, que no entenderían que era la víctima.

En el fondo ese fue un golpe duro para los pocos que habíamos vivido esta desgracia con ella, no podíamos creer que nos viera capaces de tal barbaridad.

No puedo negar que yo fui quien se volvió más loco, sin poder comprender cómo no veía la luz tan brillante que desprendía y el ángel que era para mí. Como si no supiera que haría cualquier cosa con tal de protegerla hasta de los monstruos de su cabeza.

Imagino que en ese momento apareció esa pequeña voz en mí, diciéndome una y otra vez que, si hubiera dejado la cobardía de lado, si le hubiera dicho lo que sentía antes por ella y no la hubiera dejado que sus miedos nos separaran de cara al público, nada habría ocurrido.

Por esa razón, desde el momento en que mi mente, e incluso mi corazón, me hicieron sentir más culpable que el propio agresor, había dejado hasta de mirarme al espejo, no podía ver a la persona que había dejado que el desgraciado de Cristian tuviera la mínima oportunidad de romperla como lo hizo.

Cobarde, esa era la palabra que me repetía cada día de mi vida.

Por mucho que durante el siguiente año y medio intentara protegerla hasta de sus propios miedos, fui el mayor cobarde al alejarme como lo hice, sobre todo después de ver cómo ella luchó para volver a ser la de antes y yo la rechacé.

La única vez que conseguí volver a estar cerca de ella fue en el discurso de graduación y cuando vi que le costaba mirarme, supe que necesitaba irme lo más lejos que pudiera de ella, aun cuando mis sueños se habían creado gracias a ella, porque si yo hoy soy quién soy, si puedo ser el doctor Bay,

es porque no podía permitir volver a ver a alguien que quería con toda mi alma en ese estado en un hospital.

Necesitaba hacer más, más que sentirme otro responsable de apagar su luz.

Seguramente fue la estupidez más grande del mundo, no tardé en darme cuenta y sobre todo después de las veces que Bella me lo ha recordado, pero mi orgullo y cobardía iban por delante.

Hasta que la vida decidió que, si no volvía por mí mismo a Coralina, algo me haría regresar a mi lugar.

O eso me dijo Bella en cuando la vi despierta después de tanto tiempo.

—¿Por qué tienes que restregármelo tantas veces? —Bella no puede parar de reír mientras me recuerda que ella siempre ha tenido la razón.

—Necesito que entiendas la tontería que hiciste hermanito.

—No fue una tontería, me fui a estudiar Medicina.

—No hablo solamente de cuando te fuiste, sino de todo lo que llegaste a hacer después de lo que le ocurrió a Coral. —Su voz ya no tiene ni un ápice de humor, más bien puedo notar su tono severo.

—He reconocido muchas veces que fui un cobarde. ——Desde que nos hemos reencontrado, solo hago luchar para recuperar esa parte de mí que perdí hace tiempo.

—Nunca perdiste nada porque siempre habéis sido el uno para el otro, pero tú no viste todo lo que sufrió.

—No me jodas, Bella. —Me levanto de golpe, furioso por sus palabras—. Yo la saqué de allí, joder. Yo vi lo que le hizo ese malnacido.

—Y por eso te he rogado tantas veces que vayas a terapia, porque no solo ella tiene el trauma Luca, tú acabaste tan destrozado que decidiste sacrificar tu amor sin entender que en realidad estabais haciéndoos daño mutuamente.

Me quedo en silencio, no sé qué contestar a sus palabras. Tengo muy claro que las cosas hubieran sido muy diferentes si mi estúpido carácter no se hubiera juntado con mi cobardía.

Pero en mi mente ella estaba mejor con su familia, con la gente que la podía salvar.