El lugar donde aprendí a amar 6
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Me regalo diez minutos más de calma, aunque ya casi he llegado al instituto.

A veces, solo necesitas de tu propia soledad para volver a reencontrarte contigo misma y sentir que sigues creciendo en el camino de la vida, que por mucho que no veas el camino, sí que está, solo tienes que avanzar con decisión para lograr aquello que de verdad sueñas.

Estoy tan concentrada que no me doy cuenta de que hay un ser que no para de pasearse entre mis piernas, creando una especie de infinito.

Mi primer reflejo es asustarme, pero después oigo un maullido, uno que hace demasiadas semanas que no oía.

Yes entonces que entiendo por qué la vida me estaba dando este silencio, para poder reencontrarme con él.

Silvestre, mi gato gris y de ojos azules, al cual he buscado todas las mañanas, pero no he encontrado. Me sentía tan mal de haberlo perdido, de no haber puesto remedio para que no escapara… que tenerlo delante de mí me hace sentir llena de felicidad.

Lo intento coger con miedo de que no me ataque, pero para mi sorpresa, es él mismo quien se sube a mis manos y empieza a acariciarme la cara con su propio morro, como si supiera que acaba de encontrar su hogar de nuevo.

—Has estado fuera demasiado tiempo. —Le susurro mientras lo sigo acariciando con delicadeza—. Te aseguro que no dejaré que te vuelvas a ir.

Y así, sin más, se acomoda en mi pecho, como si me entendiera, como si supiera que ha llegado a su hogar.

Sin pensarlo lo meto dentro del bolso que traigo a trabajar y me lo llevo a mi oficina, no pienso volver a perderlo de vista.

En cuanto llego al instituto, me encuentro a Mateo esperando, sé perfectamente que se está debatiendo entre entrar o no, por eso me apresuro a llegar hasta él y que no tenga tiempo de pensar en echarse atrás.

Mi gran propósito este trimestre por lo menos, es que estos cuatro niños, -aunque de momento son tres porque uno aún no ha aparecido- puedan confiar lo suficiente, no solo en mí, sino también en ellos mismos.

Se merecen quererse, entender que no son nadade lo que les han hecho creer siempre. Sus corazones están repletos de un amor y una bondad que hace demasiado no veía. No tengo intención de dejar que lo estropee nadie.

—Piensa bien lo que harás. —Le digo desde una distancia prudente para no atosigarlo. —Mereces ser escuchado, Mateo.

No sé si son mis palabras o el hecho que le da demasiada vergüenza irse una vez lo he encontrado en la puerta esperando, pero asiente lentamente, dándome paso para que pueda abrir las puertas hacia mi despacho.

—Señora Coral… —Me giro de manera dramática, como si me acabaran de hablar de la peor manera posible. —¿He dicho algo mal?

Mateo se hace pequeño, como si solo con una mirada fuera suficiente para hacerlo sentir inferior. Entonces me doy cuenta de que he sido una completa irresponsable. Su manera de reaccionar, aun cuando solo intento hacerle una broma, me hace darme cuenta de la persona tan vulnerable que tengo ante mí.

Enseguida me acerco a él lo máximo posible y lo abrazo, un abrazo sincero, lleno de disculpa, porque a veces, con un simple gesto sin pensar estamos creando una guerra en la vida de otra persona.

—Lo siento Mateo, mi reacción es simplemente una broma.

—¿Una broma? —Parece que lo comprende y sus hombros se relajan, incluso veo una pequeña sonrisa aparecer—. Solo quería decirle que hay algo en su bolso que no para de moverse.

Me río con ganas cuando comprendo de quién se trata y sobre todo de lo loca que voy a quedar junto a mi paciente, en el momento que saque un gato de la bolsa.

—No te asustes, es solo que llevo a Silvestre, mi gato. —Me mira con incredulidad.

—¿Perdona?

—Haremos una cosa, si tú me cuentas algo interesante en la sesión, yo te explicaré por qué llevo a mi gato en mi bolso.

Asiente y no estoy segura desi eso está ayudando a que tenga más ganas de hablar o por el contrario quiera llamar al jefe de policías, el cual te aseguro que me odia con toda su alma y quiere decir lo loca que se encuentra la psicóloga del pueblo.

Pero prefiero no preguntar y dirigirme a él con una sonrisa victoriosa, como si acabara de conseguir la mejor de las batallas, para poder descubrir más sobre Mateo.

—De acuerdo Mateo, vamos a sacar a Silvestre de aquí. —En cuanto lo hago, él mismo se cerciora de que las puertas estén cerradas para que mi querido gato escapista no pueda volver a irse, no sin mirar extrañamente toda la situación—. Empecemos por la pregunta que menos te gusta, ¿cómo estás?

Y, como es de esperar, en estos dos meses que llevo viéndome con él, su primera respuesta es un suspiro. Uno largo que hace que todos sus temores, dolores e inseguridades se esfumen en estas cuatro paredes para dejar salir al chico valiente y amoroso que estamos intentando que vuelva a la vida.

A veces, solo necesitamos parar a respirar para poder avanzar de la manera correcta. Y eso es lo que le transmito a Mateo cada vez que entra aquí.

—No me encuentro con fuerzas de mentir ni de ocultar nada hoy, seño.

—Da igual las veces que le diga que me llame por mi nombre, es siempre igual de educado.

Sus primeras palabras me chocan, suelo necesitar un poco más de tiempo para sacar la verdad que quiero oír.

Por eso mismo, saco la libreta que tiene una su inicial y me dispongo a escucharlo—.

Desde que le planté cara a algunos de mis compañeros, la cosa con algunos ha mejorado. Pero claro, aunque todavía quedan personas que entienden el daño que están haciendo, no significa que todos lo hagan.

Espero por si debo intervenir, ya ha ocurrido en otros momentos, en cuanto empieza a hablar sobre su día a día, pero él solo sigue hablando con una fuerza que me asombra y me hace sentir orgullosa.

—Durante este mes me has enseñado que no debo centrarme solo en lo negativo, que la vida no se trata solamente de cosas oscuras y que busque la luz entre tantas sombras, pero me cuesta.

Mucho, de hecho. Es difícil entender por qué, sin haber hecho nada que pueda provocar esta furia contra mí, hay tantos chicos a los que les apetece estar metiéndose conmigo todo el tiempo.

—Está bien, vamos a parar aquí para poder analizar, Mateo.

—Él asiente no muy convencido, pero mi propósito hoy es que pueda comprender su entorno sin sentirse él culpable—.

Sería muy fácil decirte que ignores a la gente que quiere provocarte dolor, que no intentes buscarle el sentido porque seguramente no lo tenga, pero son mentiras.

Porque te puedo asegurar que sí que hay una razón de peso por la que tu vida la han querido convertir en un infierno.

Puedo ver cómo se tensa y se mueve incómodo en el sofá donde ha estado sentado todo este tiempo, incluso se retuerce los dedos de la mano como si de esta manera pudiera volver a la realidad.

He vivido este sentimiento y desgraciadamente mi vuelta al mundo real era hacerlo de la misma forma que Mateo.

Aunque me encantaría frenarlo, hacerle entender que aquí está a salvo y que vuelva de sus recuerdos, no puedo ser tan hipócrita, sino entender que todo tiene su tiempo y que ha hecho un gran avance y, por tanto, ahora necesita volver a encontrar la comodidad.

Por eso, espero a ver cómo se relaja, sus hombros vuelven a destensarse y poco a poco empieza a respirar de manera regular.

—¿Estás listo? —Pronuncio poco a poco las palabras para que no se sobresalte y aunque tarda unos segundos, o incluso minutos, en reaccionar, es él quien marca el tiempo de cuando está listo para escuchar.

—Estoy listo. —Dos palabras llenas de miedo y de valentía, unas que él ha conseguido decir después de solamente un mes con la terapia.

Y, aunque no debería hacerlo, no puedo parar de pensar en cómo, en el fondo, yo aún no he sido capaz de decirlas sin romperme unos segundos más tarde.

—Podría haberte dicho estas palabras que te diré ahora mucho antes, incluso el primer día, Mateo.

Pero necesito que entiendas que hay veces en las que el gran don que tenemos en la vida, que es el de poder comunicarnos, debe esperar a ser utilizado.

Porque si yo te hubiera dicho lo que voy a decirte ahora, tu respuesta sería una negación rotunda, ni siquiera te hubieras parado a pensar en la razón que llego a tener.

Y es normal, porque a veces necesitamos rompernos del todo para poder buscar la salida y estar listos para empezar a sanar.

Me aseguro de que me esté entendiendo, que sea consciente de todo lo que le estoy diciendo, antes de continuar:

—La mayoría de las veces la vida no se trata de lo que has hecho tú para merecer lo que te ocurre, sino de saber lo que no has hecho, pero déjame explicarte algo, Mateo… Hay personas en la vida que no pueden entender la felicidad que sienten a su alrededor, esto puede ocurrir por varios motivos.

—¿Cómo cuáles? —Sonrío al ver su disposición para entender lo que estoy explicando.

—Pueden ser problemas en casa, con su alrededor o a veces es algo más profundo que va más allá.

Cuando eso ocurre no son capaces de poder ver a nadie que no esté en el mismo pozo de oscuridad que ellos, la razón es básicamente la envidia.

Y, aunque a mí no me guste ponerles adjetivos a las cosas, porque siento que eso tiene que salir de mis pacientes, con el tiempo entendí que a veces hay que decir la verdad tal y como es para poder entender lo que ocurre.

—¿Por qué tendrían envidia de mí, Coral? —Sonrío con cariño, ojalá él se viera como de verdad es.

—La pregunta no es esa, sino, ¿por qué no tendrían envidia, Mateo?

Desde que te conozco he podido sentir la gran persona que eres, el potencial que tienes en la vida y en cómo luchas por tu futuro soñado siendo tan joven.

—Veo cómo sus mejillas se empiezan a teñir de un rosa intenso, sonrojándose por lo que estoy diciendo—.

Con esto no quiero que te centres en pensar que todo lo que ocurre se trata de envidia, sino que a veces cuando las personas no son capaces de ver el dolor que provocan y solo buscan la tristeza de la gente, suele ser porque son el reflejo de ellos mismos.