El lugar donde aprendí a amar 5 #8
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Él sabe que hay más, sobre todo cuando se está acercando esa dichosa fecha, pero decide que no es el momento de preguntar más.

—De eso se trata la vida hermana. —Asiento inmediatamente—. ¿Dónde vas?

—Quería ir a la librería a comprar unos libros, y luego tengo terapia con uno de los chicos.

En el momento que Isla escucha la palabra librería se vuelve loca, pidiendo una y otra vez venir conmigo, algo que sin lugar a duda no puedo negarle, porque si alguien le ha inculcado ese hábito esa he sido yo. Además, de esta manera sus abuelos y su padre pueden dar una vuelta tranquilamente.

—¿Cuándo vuelve el tío Luca? —Me encantaría no quedarme petrificada cada vez que mi sobrina de tres años y medio me hace preguntas por su tío, pero no puedo, y más cuando debo cuidar muy bien qué decir.

Ella nos adora muchísimo y yo no puedo ser la causante de que escuche malas palabras que vayan hacia una de sus personas favoritas.

Por eso intento darle la mano y agacharme a su altura, una de las mejores medidas para que los niños te comprendan mejor.

—El tío Luca se ha tenido que volver a la ciudad.

—Veo cómo un puchero empieza a aparecer cuando entiende lo que le estoy diciendo, así que me apresuro a continuar.

—No se ha ido para siempre Isla, solo se ha ido por un tiempo muy corto...

—En estos momentos no sé a quién estoy intentando convencer—. Pero él volverá.

—¿Me lo prometes? —No puedo, porque no lo sé, aun así, decido que debo mentir.

—Te lo prometo, él nunca te dejaría sola, volverá a jugar al té contigo, a hacer acampadas en el bosque y hacerte muchos mimos. —Sus ojos se iluminan enseguida.

—También volverá por ti. —Me río en el momento en que veo que le cuesta pronunciar la “r”; porque, aunque en mi nombre sí sabe decirlo, en el resto de las palabras aún le cuesta mucho. Pero, por otra parte, no sé qué contestarle a lo que está afirmando.

Luca ha dejado muy claro en todo momento que lo que dice Isla es totalmente verdad, pero no puedo asegurar nada ahora mismo.

Por mucho que me duela aceptarlo, sus promesas hace mucho que dejaron de tener significado para mí.

—Puede ser, pero ten claro que volverá por ti.

—No. —Noto cómo se enfada de repente, poniendo sus brazos cruzados encima de su pecho, como si estuviera indignada—. Él me prometió que volvería por ti.

No puedo corregirla, no soy consciente ni siquiera de si se ha vuelto a dejar todas las erres posibles, porque mi sobrina me acaba de dejar totalmente anonadada.

Siento un pequeño escalofrío crecer por mi columna, como una descarga que me está avisando de que lo que me está diciendo es totalmente cierto.

Y no sé por qué, me da demasiado miedo.

—Librería… —Dice poco a poco, mirándome y pidiéndome por favor que vayamos. Y es que los niños son así, las conversaciones para ellos son banales, sin entendimiento.

Sin embargo, a mis sentimientos acaban de cambiar por completo, porque puede ser que no esté aquí conmigo, que haya hecho cosas con las que no estoy de acuerdo, pero sé que nunca le mentiría a Isla.

No sé si estoy preparada para que vuelva y tengamos que desenterrar los fantasmas que en realidad empiezan a salir a la superficie.

Aunque, por otra parte, sé que solo podría afrontar mi presente y mi futuro con el chico que me lastimó y me recompuso más de una vez, sé que nunca lo hizo con maldad y que, a pesar de todo, él siempre ha buscado mi felicidad.

Y, por esa misma razón… sé que, aunque no sé ni siquiera cómo sentirme al respecto, estoy totalmente enamorada.

Hace dos días que leí la carta de Luca, la que dejó en Dulce Marea, y desde entonces no soy capaz de avanzar en mis sesiones, ya que mi mente no está lo suficiente despejada para estar con mis chicos, así que he decidido retrasar la sesión de Mateo hasta el día de hoy.

Hoy, veintidós de octubre, estamos entrando en los días que son más complicados desde hace tiempo para mí.

Aunque está claro que necesito centrar mi mente en algo que valga la pena, mientras me dirijo hacia el instituto, disfruto observando el cielo de Coralina.

El sol empieza a ponerse en el horizonte y, por mucho que ame el otoño, no llevo nada bien perder mis horas de luz a partir de las siete o incluso de las seis y media, cuando llegamos a mediados de mes.

Sé que es un cambio al que mucha gente le tiene miedo, como si cuando la oscuridad se acercara, el mundo se parara.

No obstante, desde hace ya mucho tiempo dejé de temerla, porque entendí que la oscuridad también tiene su lado bonito, sobre todo cuando puedes ver los rayos de luz en la luna y las estrellas.

Prefiero tomarlos como que son esperanzas y amor que te recuerdan, en los momentos más grises, que la vida en todos sus sentidos tiene un rincón de resplandor.

Incluso este pequeño rato me ha hecho poder canalizar todo el silencio y los malos sentimientos que tenía para dejarlos ir, que se fueran con la marea.

Porque me esperan dos días de terapias intensas con los chicos y quiero asegurarme de llevarles la mayor luz del mundo para convertirme en su faro, ese que los guía hacia la salvación.

Como aquel que yo tuve y perdí con el paso del tiempo.