El lugar donde aprendí a amar 5 #6
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Por ese mismo motivo tengo tanto miedo de hablar, porque siento que estoy rompiéndome poco a poco y lo peor de todo es que siento que el estallido final aún no ha llegado.

—Por estas cosas siento que el verdadero faro en este pueblo para mí eres tú, yayo, siempre eres la persona que me devuelve la cordura.

Fuiste quien decidió luchar por mí cuando quienes debieron hacerlo se marcharon.

—Los ojos me empiezan a brillar de rabia cuando recuerdo las veces que vi cómo todos los demás chicos tenían a sus personas favoritas, sus figuras paternas, y yo no los tuve, aunque gracias a mis yayos no me hicieron falta.

Me costó mucho entender que yo no tenía unos padres que me quisieran, pero lo que sí que no tardé en comprender es que mis abuelos eran quienes de verdad merecían todo nuestro amor.

—Mi padre siempre serás tú, yayo, porque mii vida sin tu luz y tu ayuda hubiera sido un camino sin rumbo. Siempre has sido el faro que me guía, aquel lugar al que volver para ver un poco de luz.

No puede aguantarlo, lo sé cuándo empieza a fingir que le raspa la garganta y necesita toser, soy más que consciente de que lo que ocurre es que tiene ganas de llorar.

—Mi hija nunca fue la persona que yo quise criar, ni siquiera ama este pueblo como nosotros hacemos.

—Su tristeza se refleja en la voz—. Pero entonces la vida escuchó nuestras súplicas y nos regaló una nueva oportunidad, cariño, tú eres una hija para nosotros.

Tú y Kai nos demostrasteis que el amor que sientes se puede transformar y multiplicar de muchas maneras.

No espero más, aun teniendo la mitad del desayuno en el plato y con el alboroto de la gente que empieza a llenar la cafetería, me lanzo a sus brazos, como cuando era tan solo una niña de cinco años sin entender el mundo.

Y pese a que sigo sin entenderlo, en sus brazos siento que todo es mucho más fácil, aunque solo sea por unos segundos.

Después de un rato recargando las pilas con mis yayos, decido que, ya que son las nueve y media y es hora más que suficiente para encaminarme a la pastelería de Mackenzie, donde voy estar todo el día, a menos hasta que tenga mi sesión con Mateo a las seis de la tarde.

No puedo negar que he mirado el teléfono más de una vez, buscando un mensaje de Luca y llevándome decepción tras decepción al darme cuenta de que no había ninguno.

Por un segundo me permito pensar si sería buena idea hacerlo yo, llamarle otra vez y acabar con esta tontería, lo que ocurrió entre nosotros ahora es demasiado importante como para no intentar hablarlo.

Pero justo cuando voy a hacerlo, Mackenzie sale a la entrada de la pastelería. Ha quedado preciosa; con césped y diferentes mesas redondas de color azul celeste y sillas a juego, con unas vistas privilegiadas al faro y al mar de Coralina.

—Conozco esa cara, antes de que hagas algo de loque no estás segura… —Me mira con pena, como si necesitara hablar y no fuese capaz. —Dentro tienes una cosa que debes ver.

La miro entornando los ojos, sin entender absolutamente nada, ella no puede haber adivinado que iba a escribirle a él, ¿no? Aunque ahora que lo pienso es mi mejor amiga, por supuesto que sabe que lo que intentaba hacer era llamarlo.

No me dice nada, solo se queda en el pequeño jardín, con esa mirada de súplica que me pone cada vez que hay algo importante que tengo que saber.

Cierro los ojos para respirar la brisa marina que viene de atrás de mí e intento coger fuerzas para aquello que voy a encontrarme una vez que cruce las puertas.

No sin antes pasar por su lado y darle su frapuccino de pistacho, que tanto ha insistido en que le traiga. Aprovecho y bebo bastante de mi café, como si fuera mágico y me diera toda la fuerza que necesito.

Solamente al entrar a la pastelería, se puede observar el gran trabajo que ha hecho Mackie en ella, esto estaba en ruinas desde que la familia Hudson se jubiló hace quince años, así que tener el valor de reformarla es de ser una luchadora.

Las paredes están pintadas de rosa pastel, pero entre ellas hay finas rayas de color coral para darle más profundidad y menos seriedad.

La pastelería es muy espaciosa, ya que cuenta con una cocina bastante grande en la parte de atrás, una barra americana para poder desayunar y, a continuación, una gran vitrina donde estoy segura de que querrá exponer todas sus obras de arte.

Incluso hay espacio para sofás, mesas y sillas de manera cómoda, algo que nos tocará organizar hoy, junto a muchas más cosas.

Pero lo que más me llama la atención es un sobre de color coral que se encuentra en el mostrador y que además lleva mi nombre, en cursiva y letra bien grande.

No entiendo muy bien qué hace esto aquí, pero cuando me giro para preguntarle a Mackenzie, ella no está por ningún lado. Sé que está dándome la privacidad que necesito para poder leer lo que contiene.

Me acerco poco a poco, como si se tratase de explosivos. Las manos me tiemblan y siento un nudo en la garganta al ser consciente de que no me va a traer nada bueno, sobre todo en el momento que veo la letra de cerca.

Es la letra de un médico. Claramente se trata de la de Luca. El chico que no sale de mi cabeza.

El chico al que cada vez que intento aprender a entender y querer en mi vida, acaba alejándose sin decir nada. Por mucho que mi corazón haya entendido lo mucho que le quiero.

El papel se mancha con las primeras lágrimas que derramo. No soy capaz desasimilar lo que acabo de leer. ¿De verdad está ocurriendo lo mismo? ¿Otra vez?

Se ha ido, dejándome tan solo una carta.

Lloro sin parar, en otro momento sentiría vergüenza de mostrarme tan débil, pero ahora tengo muy claro que no está mal hacerlo, llorar es un sentimiento igual de válido que todos los demás y necesito sacar todo lo que estoy sintiendo.

Necesito poder sacar todo lo que me acaban de provocar sus palabras, las cuales me han dejado más dudas que respuestas, ¿cómo puede decirme que todo lo de ayer fue real, para desaparecer al día siguiente dejando tan solo una carta?

Creo que tenemos la suficiente tecnología hoy en día para poder llamarme, estamos en pleno dos mil nueve, tiene un teléfono que sabe perfectamente que sirve para llamar y una casa que está al lado de la mía.

Puedo perdonar muchas cosas a lo largo de mi vida, pero el hecho de que haya sido tan cobarde y desaparezca así después de que ayer nos dijéramos lo que sentíamos por primera vez me hace entender que es hora de avanzar.

Si vuelve, será él quien deba hablar primero.

Pero mientras, una vez más, yo me quedo en Coralina sin él, sin el chico de los ojos esmeralda y el que sin duda siempre ha sido mi gran amor.

—¿Estás bien? —Me sobresalto al escuchar a Mackenzie detrás de mí, por un momento me había olvidado de dónde me encuentro.

—Tengo demasiadas preguntas, pero ahora mismo no las merece, así que quiero dedicar el día a ayudarte y dejar esto como se merece.

Me da una pequeña sonrisa y se acerca poco a poco para abrazarme. Aun sin decirle nada, sabe lo mucho que necesito de su apoyo en estos momentos.

—Solo quiero que sepas que la carta me la he encontrado aquí, imagino que él sabía que estaríamos todo el día juntas.

Asiento a modo de respuesta, pero no digo nada más. No tengo nada que decir.

—¿Por dónde empezamos señorita? —Sus ojos se iluminan, la ilusión que le provoca este proyecto me hace sentir llena de amor y de orgullo, sobre todo porque nunca pensé que podría amar a Coralina de la manera en que lo hace.

—Por enseñarte el cartel con el título.

Nos adentramos rápidamente en el pequeño almacén, ninguna quiere perder el tiempo. Quiero apreciar una de las partes más importantes de este proyecto, el nombre que tantos dolores de cabeza le ha dado a Mackenzie. Incluso se fue una semana de ruta para poder pensar y elegirlo todo lo mejor posible.

Al entrar, encuentro una mesa enorme con un cartel igual de grande, lo primero que veo son los dibujos, los cuales están hechos por ella a mano. Si algo tiene mi amiga, es que es una artista.

Puedo distinguir conchas, pasteles, muffins y sobre todo el faro de Coralina, todo en colores azules y corales. En el medio, de un color blanco perla, se puede leer en grande el precioso nombre que ha escogido para su gran obra de arte.

El sitio que para ella será su vida.

Pero no solo eso, sino que se va a convertir en un lugar al que querer volver siempre cuando estés en Coralina.

Porque, ante mí tengo la gran pastelería Dulce Marea.

—Mackenzie, es precioso. —Puedo ver la ilusión en sus ojos cuando le digo lo que me transmite todo lo que está creando.

—Significa mucho para mí que me lo digas, sobre todo porque tú, junto a Luca —al mencionarlo me mira para ver si estoy bien, por lo que asiento, con una sonrisa tranquilizadora.

Soy consciente de lo mucho que él la ha ayudado a salir adelante—, sois quienes más me habéis impulsado a perseguir mis sueños.

—Desde que llegaste aquí, quisimos que sintieras que este es tu hogar, sobre todo después de todo lo que has vivido.

Sé que es un tema delicado, que es una historia que ella deberá contar algún día.

Pero si alguien en el pueblo ha sido capaz de resurgir y amarse a sí misma junto a su entorno, esa es sin duda alguna Mackenzie Williams.

La chica de rizos negros y ojos grises, que llegó aquí totalmente rota y devastada con tan solo nueve años, y que hasta sus quince años ha tenido que aguantar demasiada maldad.

Gracias a su valentía y fortaleza hoy es la gran mujer que tengo aquí delante.

Una que es amada y querida por el pueblo, por mucho que a ella le cueste demostrar su amor, sus ojos no mienten nunca, y claramente rebosan ese sentimiento para los demás. Porque tiene una de las almas más puras y bonitas que conozco.

No ha querido volver a tocar el tema, así que nos dedicamos a preparar todas las mesas las cuales son de color blanco perla como las de fuera, pero lo que no esperaba era que la parte superior fuera de cristal y por dentro se pudieran ver pequeñas conchas, corales y el faro del pueblo.