El lugar donde aprendí a amar 5 #5
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—Dime, no te lo guardes. ¿Qué necesitas saber?

—Todo lo que ha ocurrido hoy en mi despacho y en el paseo marítimo, ¿ha sido real? —Oigo ruido de fondo, incluso más de un suspiro, pero no escucho palabras de su parte y siento que mi mundo se empieza a desvanecer poco a poco—. Supongo…

—No, déjame hablar a mí. —Me callo de repente—. Veo que disfrutas de las vistas del mar.

Me giro hacia el porche de mi vecino, aquel que está a muy poca distancia como para no distinguir a la persona con exactitud, pero solo con ver su figura sé perfectamente que es él.

—Es el único sitio que me trae la calma en estos momentos tormentosos.

—Entonces te contestaré mientras los dos miramos el mar. —Y sin pensarlo le hago caso, me vuelvo a girar para observar a las olas romper en el horizonte.

—El amor que te he confesado esta tarde es mucho más grande que el mar que tenemos frente a nuestros ojos.

—Luca… —Joder, no sé si debería creer cada palabra que me dice, pero mi corazón no puede evitar hacerse ilusiones y empezar a alegrarse.

—Tormenta, no puedo hablar mucho más ahora, pero te prometo que sabrás toda la verdad antes que nadie. Tú solo recuerda una cosa, te quiero con toda la intensidad con la que quiero a Coralina.

La llamada se corta y solo con esas palabras hace que me quede aún más confundida de lo que ya estaba.

Dirijo la mirada directamente hacia la cabaña de color madera donde hasta ahora se encontraba en el porche, pero veo que ahora no hay nadie, ni siquiera una luz encendida dentro. Como si lo que acaba de pasar solo hubiera sido parte de mi imaginación.

Soy consciente de que no, esas palabras han salido de él y aunque en el fondo quiero creerlas y poder decirle que siento lo mismo que él, tengo demasiadas preguntas por hacer. Sobre todo, después de esa despedida tan apresurada y extraña en la que siento que nos ha distanciado aún más.

Pero no puedo seguir pensando más por hoy, necesito irme a la cama y poder descansar, esperando que mañana sea un día mejor. Porque después de la tormenta, siempre sale el sol.

Los primeros rayos de luz empiezan a colarse por la ventana, recordándome que olvidé cerrar las cortinas anoche después de todo lo que sucedió.

Estiro mi mano para encontrar a Mackenzie entre las sábanas, sé perfectamente que es la chica que más se mueve mientras duerme.

Me sorprendo cuando palpo por todo el lado izquierdo de la cama, y no encuentro a nadie en ella.

Abro los ojos poco a poco para adaptarme a la luz del sol y miro el reloj gigante que tengo delante de la cama, son solo las siete de la mañana, así que se me hace aún más raro el hecho de que Mack no esté aquí.

Cojo mi teléfono para poder llamarla, pero me encuentro con dos mensajes suyos.

Me río ante el último mensaje, pues si hay alguien que está igual de obsesionada con los cafés de mis abuelos que yo, esa sin duda es ella.

Me levanto de la cama para intentar empezar el día de una manera positiva, lo primero que hago es dirigirme a la cocina, necesito desayunar y tomarme un café bien cargado para empezar.

Así que preparo mis tostadas con queso y mi frappuccino, me siento en la barra de la cocina que da al ventanal y me detengo a observar las mejores vistas que podría tener, abro el ordenador y consulto todo lo que debo hacer por hoy.

Necesito tomarme un día para mí, mis cosas y volver a sentirme la mujer trabajadora y centrada que tanto he luchado por ser.

Hoy debo hacer terapia con uno de los chicos, Mateo para ser exactos, ayudar a Mackie y, por último, algo por lo que he deseado tanto volver estos últimos cuatro años: ser una de las organizadoras de la fiesta más importante; la Fiesta de los Marineros.

Me suena el teléfono mientras acabo de escribir los puntos que quiero tratar hoy con Mateo. El nombre de mi hermano resalta en la pantalla, me llena de amor y felicidad solo el hecho de saber que se encuentra en el pueblo otra vez. En este momento, su llamada es como una pequeña salvación para mí.

—Hola, tete.

—Hola tata, ¿cómo lo llevas…? —Kai, se preocupa mucho por mí, pero habla con un temor enorme por si me rompo.

—Intenta no hablarme con miedo, por favor. —No puedo soportar que sigan tratándome así.

—Lo siento, es que aún no sé qué ocurrió.

—Tengo claro que debo contarte muchas cosas, es solo que primero debo tomarme el día para mí y mis propias cosas.

—Me parece bien.

—Pero hoy debíamos ir al colegio con Isla.

—Coral, soy su padre. Estoy aquí, así que yo la llevaré. He intentado avisar también a Luca, pero no me coge el teléfono.

Sus palabras me preocupan, pero ni siquiera son las ocho de la mañana, no puedo permitirme que en mi cabeza ya estén los demás, antes que yo misma.

—Te lo agradezco.

—No agradezcas nada, pero esta tarde tú y yo organizaremos la fiesta del pueblo y nos pondremos al día.

Me río, no puedo tener otra reacción porque, aunque sé que en el fondo lo que quiere es hablar conmigo, el alcalde de este pueblo, que resulta que es mi querido hermano, ama con toda su alma esta fiesta. Acepto su invitación y me despido de él para poder poner en marcha mi día.

Me visto lo más cómoda posible, sobre todo porque sé que no voy a pasar por casa seguramente hasta entrada la noche, así que opto por ponerme mi ropa favorita.

Unos leggins negros de campana, unos botines a juego y, por último, un jersey blanco básico.

La mejor manera de vestir para la mejor época del año.

Me cuelgo el bolso granate de hombro más grande que tengo y meto todo lo necesario dentro.

Salgo de casa llena de energía, hoy es un buen día para vivir una vez más.

Por días como hoy, recuerdo que vivir en Coralina es algo único porque puedes disfrutar de las cuatro estaciones del año. Hoy el sol me ilumina la cara, regalándome un poco de calidez a pesar de la brisa otoñal y totalmente fresca que hace.

Llego a la cafetería de mis abuelos cuando son apenas las ocho en punto y, aunque lleva media hora abierta, tengo la suerte de que no haya más que dos clientes.

—¡Yayos! —Saludo, alzando la voz y los ojos de mis personas favoritas se abren de alegría en cuanto escuchan mi voz. Esa reacción me llena de amor.

—¡Nuestra nena preciosa! Nos tenías muy preocupados. —Siento un pequeño pinchazo en el pecho cuando me lo dicen. Si hay algo que llevo mal en la vida, es preocupar a la gente que quiero.

—¿Por qué? Estoy bien. —La cara de mi yaya me hace darme cuenta de que no debo seguir por ese camino, al menos no con ellos, sobre todo porque no me creen para nada—. Está bien, está bien. —Levanto las manos a modo de rendición.

—Ayer fue un día algo largo y demasiado agotador, simplemente sucedieron demasiadas cosas.

—Tranquila, ahora mismo te preparo un desayuno y nos lo explicas.

—En el momento que intento replicar para explicar que debo dirigirme a la pastelería de Mackenzie y que ya he desayunado, levanta una mano para cortarme—.

Mackie ya me ha enviado un mensaje, tienes tiempo de sobra y yo misma prepararé después los cafés.

Abro la boca, ofendida al darme cuenta del complot que todos están haciendo contra mí, desde el mensaje de mi amiga, pasando por la llamada de mi hermano y ahora mis abuelos.

Sé que están intentando mantenerme ocupada y en el fondo sé que no puedo tener más suerte de la familia que tengo.

Ellos son la fortaleza que consigue mantenerme en pie.

Por mucho que le digo a mi yaya que he desayunado, está ansiosa por que pruebe la nueva receta salada que ha conseguido crear para las mañanas, son unas tortitas con sabor a queso sin la necesidad de añadirle el extra.

Y aunque al principio no tengo ninguna fe, sobre todo viendo que son exactamente iguales a las que llevo comiendo toda la vida, en cuanto los pruebo, siendo la gran amante del queso que soy, sé que he encontrado mi plato favorito en la vida.

—Cariño, ¿qué ocurrió ayer? —Cuando mi abuelo me mira con sus intensos ojos azules, sé que no puedo ocultarle nada y eso que la mayoría de las cosas siempre las guardo solo para mí.

Pero ayer me prometí que una nueva Coral debe nacer.

Una mujer capaz de representar la fortaleza que le enseñaron de pequeña, una que consiguió vencer contra viento y marea a todos sus monstruos y sobre todo, una chica que ha sabido aprender a amarse cuando sentía que no era merecedora de ese sentimiento.

—Si mi vida fuera un libro… te prometo que el día de ayer habría tenido cuatro capítulos, cómo mínimo…

sentí como si nunca un día hubiera sido tan largo, yayo.

—Sé que él no dirá nada, solo me va a escuchar atentamente, para así luego poder darme los mejores consejos—.

Primero, sentí que todo se me hacía cuesta arriba cuando supe que Luca y yo tendríamos que ser quienes irían a la escuela con Isla hoy.

—¿Y eso por qué? —interviene mi abuela.

Respiro antes de hablar, porque hasta hace unos minutos yo no sabía la respuesta, pero ahora la tengo muy clara.

—Porque sentía que le estábamos quitando el sitio a sus padres, y aunque sabía que era por un momento casual, no podía parar de pensar, ¿quiénes somos nosotros para ir y hacer la presentación que con tanta ilusión harían sus padres? Además, el miedo de estar con Luca a solas para mí es un tormento.

—Voy a hacer que pares ahí un momento. —Yayo me corta en cuanto ve que me voy a romper—. Luca no es un tormento para ti, lo que ocurre es que tenéis una conexión tan fuerte que a veces puede asustar, pero sí puedo decir que ese chico y tú estáis destinados a ser uno desde que nacisteis.

Intento que el labio inferior no me empiece a temblar, sobre todo tal y como están las cosas con él, no he vuelto a recibir nada por su parte y no será porque no he intentado llamarle esta mañana.

—Y volviendo al tema de Isla, Luca y tú sois sus padrinos, las personas que sus padres eligieron para cuidarla y amarla cuando ellos no estuvieran para hacerlo y ese, perdona que te diga, es el mayor honor que te pueden hacer.

¿Cómo puedes sentir eso, Coral? —Mis abuelos me miran preocupados, como si pudieran ver más allá de mi mirada.

No lo sé, ese es el problema.