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He repasado tantas veces su historial antes de venir que no es buena idea volver a hacerlo, sino que debo dedicarme a otra tarea hasta que llegue, porque si no la cabeza me va a estallar de información.
Aprovecho para coger la libreta que siempre llevo encima. Es de color rosa y naranja, bien llamativa, como a mí me gusta. Me la regaló mi abuelo cuando le dije que quería empezar mi primera novela y en ella dejo que mi mente se adentre en la historia que me lleva llamando ya hace un tiempo.
Hay momentos en que no sé qué hago metiéndome más tareas o presión en mi día a día cuando ya me tengo que encargar de demasiadas cosas, pero me he prometido que la escritura solo va a ser un refugio al que ir cuando quiero aislarme del mundo real.
—¿Puedo pasar? —Me sobresalto al escuchar una voz masculina.
Levanto la vista y me encuentro a un chico rubio de ojos verdes que parece que se va a romper de miedo.
—Es que he tocado varias veces y no he obtenido respuesta.
No puede ser…
Me he quedado tan absorta por la historia que ni siquiera lo he oído yes entonces cuando me doy cuenta de que tengo tres páginas escritas, llenas de ideas y garabatos.
—Lo siento mucho Matteo, estaba distraída. —Me disculpo por lo menos cuatro veces y me levanto para poder darle la mano.
—No… no pasa nada. —Le cuesta hablar, como si tuviera miedo de que fuera a regañarlo. Desde luego tenemos mucho trabajo por delante.
—Primero de todo, me presento. Soy Coral, y aparte de ser tu psicóloga, voy a ser tu amiga.
Por eso, permíteme decirte que, aunque sea muy directa, necesito y espero que no te guardes nada.
Sea malo o bueno, mi misión es escucharte, acompañarte, aconsejarte y sobre todo ayudarte en todo lo que pueda.
No parece muy convencido, lo veo en su mirada. Matteo se dirige y se sienta en el sofá con la capucha puesta como si se tuviera que esconder algo, además se retuerce las manos cada vez que suspira.
—Soy consciente de que sabes todo lo que me ocurre…
—Se le rompe la voz a medida que empieza a hablar y eso me sorprende, no imaginaba que fuera a abrirse tan rápido o al menos que tuviera la iniciativa.
—Pero te prometo que no sé por qué ocurre…
simplemente de la noche a la mañana, desde hace varios años, mis compañeros no es que no me quieran, es que para la mitad soy invisible y para la otra un saco de boxeo.
Odio profundamente la gente que hace sentir a los demás de esta manera, eso dice más de ellos que de sus “víctimas”, porque sí, estas personas son sus víctimas.
—Debes tener claro algo Matteo. —Me cuesta hacer que preste atención porque su enfoque está en mis manos—. Y necesito, por favor, que me mires cuando te diga esto.
Él nota que mi voz ha cambiado radicalmente, y le cuesta un poco mirarme, pero poco a poco se quita la capucha y me observa con sus grandes ojos verdes llenos de temor y dolor.
—Eres tú el primero que tienes que entender dos cosas: que no eres invisible, ni un saco de boxeo. Te lo repetiré las veces que hagan falta hasta que entiendas que esa es la verdad.
La sesión con Matteo es dura, más de lo que me esperaba porque, aunque esraro que se haya abierto tan rápido, en el fondo tampoco me imaginaba que esas impactantes palabras iban a ser las únicas que me diría en toda la sesión.
No me gusta presionar a las personas, porque yo seré psicóloga, pero tampoco soy un Dios para que tengan que contarme todos sus miedos; tengo claro que en el momento que lo necesiten y se sientan seguros lo harán.
Lo que sí que no esperaba era que mis siguientes chicos no se presentaran, porque tal y como me explicó Rafael, tienen miedo de ser la burla de la gente en el momento en que se sepa que están buscando ayuda.
En cuanto escucho sus palabras, siento que me destrozan por dentro.
¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? Que chicos de quince años sean capaces de ridiculizar a una persona porque quiere mejorar mentalmente y buscar un lugar en el que refugiarse, me parece vergonzoso.
A veces, esta profesión te hace sentir diversas cosas, desde que eres insuficiente o incluso una burla; a sentirte impotente, por no decir en realidad lo que piensas.
Por eso, he dedicado estas horas libres a reescribir todo aquello que tenía en mi mente y atreverme a crear una historia repleta de dolor, sufrimiento y superación. Nada de rosas, de amor y respeto… porque esa es la realidad que muchos queremos, pero por desgracia no es la que todo el mundo vive.
Estos chicos necesitan una voz, una manera de poder gritar a los cuatro vientos que necesitan ayuda y que nadie sea capaz de redimirlos.
Y ese es mi propósito, crear un libro juntando todas las piezas para conseguir que se pueda leer en escuelas, en universidades y en el mundo entero para demostrar que el dolor a veces debe hacernos más fuertes.
Desde que Matteo se ha ido, ha dejado demasiados pensamientos en mi mente, las horas pasan, y lo hacen de una manera rápida, como si el tiempo quisiera darme a entender que no se detendrá y que debemos seguir; algo que, en Coralina, últimamente está costando mucho.
Porque no podemos engañarnos, el accidente de Bella nos ha sacudido a todos, haciéndonos entender lo importante que es la vida y poder disfrutarla, pero no sin entender que en cualquier momento todo puede cambiar.
Solo se necesita un pequeño cambio de guion, uno que no esté planeado para que veamos que las cosas pueden ser muy distintas de lo que nosotros tenemos en mente.
Porque la sociedad no está siendo justa con algunos de nosotros.
Especialmente ahora mismo con ella, y no, no hablo de Bella, porque tengo demasiado claro que mi cuñada es fuerte y saldrá de esta antes de lo que nos imaginamos. Es más, en cuanto puedan, la despertarán y nos traerá a ese pequeño angelito para recordarnos las cosas importantes de la vida.
Yo me refiero a la chica que solo quiere poder salir adelante, que piensa en cómo sacar fuerzas para seguir, porque sin darse cuenta se las están arrebatando poco a poco.
Todos fuimos testigos de cómo su cuerpo, por un segundo, se quiso apagar.
Esa noche, con todo un paisaje lleno de estrellas, sí, hasta el cielo quiso estar presente en un momento tan vulnerable como ese.
Todos nos quedamos impactados al ver como una niña de tan solo dieciséis años se debatía entre la vida y la muerte.
Porque aún no sabemos la razón, pero parece que pensó que no tenía sentido seguir viviendo.
Para Coralina todo el tema de Bella ha sido un shock muy duro del que, poco a poco, nos estamos recomponiendo al saber que hay mejoras en ella y el bebé.
Pero el tema de Andrea es totalmente diferente, en ella pueden ver a una chica joven, que está empezando a florecer, una chica que solo debe pensar en vivir…
Ni siquiera sabemos con exactitud los detalles, ella por lo que sé, prefiere decir que se autolesionó, algo imposible teniendo en cuenta los golpes que tenía por todo el cuerpo.
Es doloroso para mí, porque yo fui Andrea.
Hace tan solo cinco años tampoco me sentía merecedora del gran privilegio de la vida.
Porque un día después de todo lo ocurrido, aun con todas las lagunas en mi mente, pensaba que no había sido lo suficientemente fuerte para luchar por mis derechos y mi vida.
Hasta que mi ángel, me enseñó que no es que seamos merecedores o no, es que tenemos el derecho de vivir, tenemos las ganas y la fuerza de seguir adelante, por quienes nos aman, pero, sobre todo, por quienes no lo hacen.
Para que nos vean resurgir de las cenizas.
Y eso es lo que quiero lograr con Andrea, que pueda descubrirlo.
Aunque, por mucho que yo ame con toda mi alma a Coralina, sin poder evitarlo, como en todos los pueblos, no nos hemos librado de las habladurías.
Sobre todo, teniendo en cuenta que no se sabe con claridad quién le metió esas ideas en la cabeza, ni siquiera cómo ocurrió todo tan rápido.
No obstante, en el instituto estamos llevando un seguimiento muy estricto para entender qué ocurrió esa tarde, aunque la tarea más importante la tengo yo, la única que ha conseguido hablar con ella y además fue a mí a quien llamó ese día.
Eso es algo quehe intentado no olvidar, pero sí intentar no darles demasiada importancia en estos momentos, por el bien de mi salud mental.