El lugar donde aprendí a amar 4 #3
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Las primeras veces Luca venía conmigo, puesyo me sentía demasiado cobarde y culpable para mirarla a los ojos, por haberme ausentado de nuestras sesiones sin hablar con ella, pero ver las heridas de sus brazos me hizo entender que en realidad nadie era culpable,

salvo la persona que las había provocado.

Han sido unas semanas largas, donde las noches me abrazaban con calidez y los amaneceres me recordaban lo afortunada que soy de tener a un pequeño terremoto en mi vida, que está más presente que nunca.

Isla nos lo está poniendo demasiado fácil, ella se está quedando conmigo, pero su tío ya le está montando una habitación para que pueda ir cuando lo desee, incluso hay días que se ha quedado con sus abuelos y yo he aprovechado para adelantar con la escritura o el proyecto con Mackenzie.

Ella es nuestro rayito de luz en toda esta oscuridad que estamos viviendo.

Por eso, cuando oigo sus pasitos venir directos a mi cama a las seis y media de la mañana sé que mi día acaba de comenzar. Un día que, por primera vez en mucho tiempo, hace que me levante con una sonrisa, cuando veo a la pequeña a los pies de mi cama.

—No tengo sueño —se queja. Es lo único que me está costando con ella, el tiempo de sueño.

Luca y yo intentamos dormirla cada día sobre las nueve de la noche, pero no se duerme por lo menos hasta casi las once, algo que para una niña pequeña es muy tarde.

No sabemos por qué tiene tanto insomnio, y nos encantaría descubrirlo y poder afrontar el problema, pero simplemente se queda mirando el techo sin decir o hacer nada más.

Como su tía me preocupo demasiado, pero como psicóloga empiezo a pensar que está pasando por un pequeño duelo, uno que, aunque no existe, para ella es real.

Ha dejado de ver a sus padres por mucho tiempo y aunque hablamos con Kai por videollamada demasiadas veces al día, a Isla le falta aquello que ha tenido siempre y que le ha hecho sentir viva; el calor de su propia madre.

—Lo sé pequeña, ahora mismo empezamos el día.

Ella se acerca a mí y se sienta al filo de la cama para llevar a cabo la tradición que hemos creado, de esta manera puede sentirse más cerca de sus padres.

—Diosito, te pido que nos reunamos con la familia lo antes posible, que pueda Isla volver con sus padres. —Como cada mañana su sonrisa se ensancha cuando menciono a Kai y Bella.

—Amén. —Su vocecita es la que dice la última palabra mientras mira el cielo a través de la ventana—. Ahora a por mí leche con chocolate.

Me río mientras me levanto de la cama y me pongo mi sudadera de estar por casa, una que le robé a Luca hace mucho tiempo sin que lo supiera.

Cada mañana Isla quiere su leche con chocolate y su bizcocho hecho por su tía, porque sí, la ansiedad de la primera semana me hizo querer cocinar repostería durante demasiado tiempo, así que mi sobrina se ha vuelto adicta a los diferentes pasteles que hice y probó,

a parte de todos los que Mackenzie le trae porque es la consentida de este pueblo ahora mismo.

—Mañana es el día de los papás en clase. —No espero esa información de buena mañana, así que los granos de café que me estoy preparando se caen al suelo, haciendo un desastre—. Jo, tía Coral, qué torpe estás.

Me hace reír, hay que ver lo rápido que es capaz para soltarte cualquier cosa. Es insólito que hable así de bien teniendo solo tres años, pero el problema de Isla es que no se calla nada, así que cuando menos te lo esperas te dice algo que te deja de piedra, como me acaba de pasar.

—Cariño, ¿por qué no has dicho nada de que mañana tienen que ir los papás al colegio?

Mañana, en menos de veinticuatro horas y sé con certeza que cada padre tiene que llevar un juego o manualidad para enseñar a la clase, ¿cómo se supone que me voy a organizar?

—Mamá y papá no pueden venir.

Mi corazón se agrieta un poco, ella no lo ha dicho porque entiende que nadie irá con ella, pero desde luego tiene demasiada familia para que se quede sola en este día.

—¿Y si van los tíos? —Sus ojos se iluminan en el momento que entiende lo que le he dicho.

—¡Tú y el tío Luca vais a venir conmigo!

No es una pregunta, es una afirmación; una bien alegre, a decir verdad.

No me refería a Luca, sino a mí sola, o como mucho con alguno de sus bisabuelos, pero ahora sabiendo que a ella le hace tanta ilusión, tendré que preguntarle a él y a las profesoras si es posible que podamos ir con ella, dada la situación.

Siempre me ha encantado estar rodeada de niños, incluso antes de estudiar Psicología me planteé ser educadora infantil, pero después de lo que ocurrió me decanté por este camino; teniendo a la pequeña en casa me siento entusiasmada y sobre todo con mucha energía durante el día.

Supongo que hay que sacarle algo positivo a la situación que tenemos encima.

Lo primero que hago al prepararme el café es dejarlo en la taza para que se enfríe, porque el café caliente es imposible que me lo tome, así que mientras eso ocurre me dedico a hacerle el peinado favorito a Isla, sus dos pequeñas trenzas unidas en la parte de atrás.

Nos lavamos los dientes o al menos ella lo intenta sola y voy a buscarle la ropa para el día de hoy, no me he traído toda la ropa de su casa y aunque Kai dice que estaríamos más cómodas en su casa porque no tendría que trasladar nada, yo no puedo estar allí sin saber lo que Bella está pasando.

Así que apunto mentalmente ir a buscar más ropa después, le dejo escoger entre varias prendas para que ella pueda ser quien acabe decidiendo lo que va a llevar durante el día.

Acaba con unas mallas negras y un jersey blanco con lunares rosas, está claro que Isla es digna sobrina mía, todo lo que sea o lleve rosa será su elección favorita. Me acerco a la cocina para ir tomando sorbos de café mientras continúo con la ropa que elegiré en el día de hoy.

Tengo varias reuniones hoy y además comeré con Mackenzie para poner en marcha el club literario, ya que con todo lo que ha pasado se nos ha atrasado bastante, lo que significa que no pasaré en todo el día por casa y, por ende, necesito ropa cómoda.

Me pongo unos leggins de color marrón con un jersey blanco y mis botas de pelo favoritas también marrones.

Cuando me doy cuenta, son las siete y media de la mañana, nos estamos levantando tan pronto cada día que me sobra tiempo más que suficiente para ocuparme de diversas cosas.

Isla siempre se va a su rincón lleno de juguetes, pero a estas horas lo que más la entretiene es ponerse con los cuentos, así que la dejo concentrada con ellos y me dirijo a hacer las camas, luego preparo el desayuno y mi bolso para ir a trabajar.

Aun así me sobran cuarenta minutos, por lo que cojo la libreta que estoy utilizando para escribir la historia que ha entrado en mi corazón y en la que quiero plasmar todo lo que siento y me hace vivir cuando estoy en este pueblo pequeño,

así que me pongo a apuntar las ideas que tengo en la mente y así organizarme para luego por las noches poder escribir, aunque sea el desarrollo de las ideas.

Soy consciente de que ahora mismo hay cosas mucho más importantes que la idea de mi novela, pero, además de estar con Isla, es algo que me ayuda para evadirme de toda esta situación y relajarme.

Por último, para acabar mi mañana antes de dejar a la pequeña en el colegio y dirigirme al trabajo, abro mi agenda y reviso a los chicos que me toca visitar hoy, para saber a lo que me enfrento y así poder ir preparada.

Hoy solamente son tres, pero uno de ellos es demasiado importante.

Es el día en que Andrea vuelve y aunque no va a ir a todas las clases inmediatamente, sí que creemos que lo mejor es que tenga un rato con la psicóloga del instituto, que claramente soy yo, para poder empezar a trabajar el trauma que ha vivido hace poco.

—Tía Coral, ¿puedes leer este libro conmigo?

—Ella se acerca con el nuevo libro que Luca le compró ayer, Rapunzel, mi libro favorito sobre mi princesa favorita del mundo y, aunque sé que él no tiene ni idea, no pude evitar que me diera un vuelco al corazón cuando lo vi llegar con él y un camaleón de peluche,

que la niña no suelta por nada del mundo.

—Claro cariño, pero solamente pueden ser cinco páginas porque debemos ir al colegio en — miro el reloj de la cocina y me doy cuenta de que solo tenemos diez minutos—, ¡diez minutos!

Isla es una niña que entiende todo demasiado bien, entonces no hay problema si tenemos que hacerle entender que no puede hacer todo lo que le gustaría.

Me estoy levantando de la silla cuando tocan a la puerta, sabemos perfectamente quién es, solo que hoy se ha adelantado algo más.

—¡Tío Luca! —El libro cae al suelo y corre hacia la puerta con Pascal en los brazos, ni siquiera pide permiso para abrir la puerta, un día de estos gracias a su manía, podemos llegar a tener un gran problema.

—Renacuaja, ¿qué hemos dicho de abrir tú sola la puerta? —Me alegra saber que él opina como yo y sea quien le está recriminando mientras se agacha para poder abrazarla.

Isla solamente empieza a jugar con sus manos, algo que ha heredado de su tía, eso nos delata cuando estamos nerviosas. Niego con la cabeza y me acerco a la puerta para darle la bienvenida a Luca un día más, aunque aún me cuesta verlo cada día como parte de mi rutina.

—¿Cómo estás hoy?

Siempre me pregunta lo mismo, pero no solamente me pregunta cómo estoy, sino que recalca que habla del día de hoy especialmente, interesándose completamente por mí.

—Tengo que decir que hoy me he levantado bastante mejor, con algo de nervios por las reuniones, pero mejor.

Asiente y centra su atención en la pequeña de la casa, así que durante los últimos diez minutos se centran en leer un libro mientras yo me termino de arreglar.

Salimos los tres juntos de casa, con Isla agarrada a nosotros, el trayecto es corto pero suficiente para sentir una paz increíble por primera vez, ya que estamos los tres juntos.

—¿Tienes algo que hacer mañana? —No quería que sonara como si estuviera entrometiéndome en su vida, pero me ha salido de esa manera.

—¿Quieres que hagamos algún plan juntos? —Su sonrisa pícara se hace presente.