3 #2
Cuando llega y se coloca entre nosotros dos, Luca la coge en brazos para poder mirarla a los ojos.
—No sé de dónde ha sacado tu tía que me voy a ir, pero para tu suerte y la suya no me iré de aquí en un largo tiempo. —Creo que he entendido mal, debe ser así.
—¿Te vas a quedar con nosotras? —Su mirada se ilumina.
—Me voy a quedar con vosotras, porque como te dije ayer he venido a cuidaros.
¿Perdón? ¿Qué me estoy perdiendo? ¿Cuándo ha dicho eso?
Mi mirada es de absoluta confusión, tanto que tengo que retroceder otro paso más para ver si así veo con claridad todo esto.
—¿Te quedas? —Esta vez soy yo la que habla, más bien susurro por el miedo que me da la respuesta. Sus ojos se cruzan con los míos y están acompañados de una sonrisa que conozco muy bien.
—Por supuesto, me quedo.
¿Qué acaba de decir?
—Luca, ¿podemos hablar un momento? —Creo que pocas veces he estado tan confusa, no entiendo nada de lo que sucede, pero debemos hablar seriamente cuanto antes. —Isla, cariño, espérame en la puerta de casa.
Es una de las ventajas de vivir en un pueblo donde nos conocemos todos, puedo dejar ir a una niña de tres años a escasos metros de mí sin sentir miedo de que algo le ocurra.
Cuando me aseguro de que ha llegado al porche de la casa y se acomoda en el columpio que instalé precisamente para ella, me giro sobre mis talones para encarar a Luca, quien continúa en calzoncillos, pero con la diferencia de que ahora se encuentra con los brazos cruzados,
una ceja alzada y medio cuerpo apoyado en el marco de la puerta.
Sí, definitivamente este hombre tiene todos sus músculos demasiado marcados para la presión de mi cuerpo. Aunque también puedo ver que está demasiado intrigado. ¿A qué viene todo esto?
—¿Me explicas?
—Creo que eres tú quien me tiene que explicar, Coral. ¿Qué ha pasado para que Isla venga llorando a casa y cuando la tranquilizo seas tú quien me pida hablar?
Siempre he tenido una paciencia demasiado grande con él, pero esta vez tengo que hacer uso de todo mi autocontrol para no zarandearlo y que así pueda ver la realidad de esta situación.
—Joder Luca, no puedes decirle a nuestra sobrina que te vas a quedar cuando es mentira — espeto. Su mirada refleja la incredulidad que siente en estos momentos y eso me hace sentir algo más nerviosa.
—¿Todo este follón por eso? ¿Se puede saber de dónde has sacado que me voy a algún lado?
La carcajada nerviosa que sale de mi garganta viene sin esperármela, se debe a que no necesito que nadie me lo diga, sé que volverá a irse.
—Sé que no va a ser inmediatamente, al menos te quedarás unos días hasta que todo se estabilice y podamos ver qué ocurre, pero después te irás. Tienes tu vida en otro lugar y es lo más normal, pero no puedes decirle eso a Isla, porque cuando te vayas le romperás el corazón.
Debe entenderlo, no estoy en su contra, solo intento ser realista.
No solo rompería el suyo, pero eso es algo que no estoy dispuesta a admitir en voz alta. Yoya lo soporté una vez, supongo que esa es la razón por la que no me gusta la mentira que acaba de soltar. La tristeza que dejará será demasiado notoria en la vida de nuestra sobrina.
Su mirada de incredulidad persiste y me empieza a molestar, no soy conocida por tener paciencia con temas que corresponden a mi familia, pero aquí estoy; esperando una respuesta de la persona que más loca me vuelve.
Me cruzo de brazos indignada con toda esta escena y las tonterías que le promete a Isla, mientras él solo me mira y empieza a reírse.
Sí, a reírse en mi cara.
—No entiendo a qué le ves la gracia. —Puede notar perfectamente en mi voz que no me gusta nada todo esto, y que para mí no es ninguna tontería.
—Me hace gracia que te estés enfadando porque he dicho que me quedo, pero sé que, si hubiera dicho que me voy, también te habrías enfadado.
Mi mente se queda totalmente en blanco, ¿en qué momento Luca es capaz de saber lo que pienso?
—Vamos Coral, que nos conocemos, ahora mismo no sé si odiarías más que me fuera o que me quedara.
—Eso… —Tartamudeo, joder, estoy tartamudeando delante de él.
—Eso es verdad. —Se acerca a mí hasta tener mis dos manos agarradas. —Pero te diré algo, aun a riesgo de que sea la opción que te haga estallar. Me pienso quedar aquí, el tiempo que haga falta, como si tiene que ser para siempre. Ahora mismo mi prioridad es mi familia.
La seriedad en su voz es más que notable mientras me habla mirándome a los ojos, él sabe que es la única manera en que veo su alma y, por tanto, tengo claro que no me está mintiendo.
—Y tú eres más de mi familia que nadie.
Luca se acerca un poco más a mí para darme un casto beso en la frente, uno fugaz que perfectamente podría haber sido producto de mi imaginación.
Acto seguido, se aleja un poco, se da la vuelta y con una sonrisa en la cara me cierra la puerta.
Sí, me cierra la jodida puerta para dejarme ahí en medio, completamente atónita.
La mañana ni siquiera ha empezado todavía y yo ya siento que necesito volver a casa para desconectar… Va a ser un día jodidamente largo.
Lo único que me tranquiliza es que ahora voy a poder llevar a Isla al colegio, porque después de escuchar a su tío decir que no se va, estoy segura de que loa ir gritando a los cuatro vientos.
—¿Estás más tranquila? —Nada más entrar en casa, Isla se dirige a por su chaqueta para darme a entender que está perfectamente preparada para irse.
—Estoy feliz.
Me da una tranquilidad enorme escucharla decir esas palabras, porque es algo de lo que carecemos en esta familia desde hace unos días… Aunque sé que su felicidad durará lo mínimo, pues pese a su corta edad es cuestión de tiempo que note que algo sucede.
Dejarla en la escuela es más sencillo de lo que creía, le bastan cinco segundos para despedirse de mí y entrar gritando a los cuatro vientos que su tío Luca ha vuelto para quedarse.
Me da ternura ver el amor que siente por él, pero mi cara cambia cuando Laura, la profesora de Isla, viene con la mayor de las sonrisas preguntando por Luca. Es increíble que en vez de interesarse por la salud de la madre de su alumna lo único que le importe sea él.
—¿Es verdad lo que dice Isla? ¿Luca ha vuelto para quedarse? —La sonrisa con la que me lo pregunta hace que se me erice la piel.
—Pregúntaselo a él, no soy su asistente.
He sido grosera, soy consciente, pero pocas cosas me ponen de tan mal humor como que una educadora se preocupe más por coquetear que por los propios alumnos.
Ni siquiera dejo que conteste, me doy media vuelta y me dirijo al único lugar en el que en realidad quiero y debo estar…, al lado de mi hermano.
No he dado ni dos pasos cuando el teléfono me empieza a sonar.
Es Mackenzie, había tardado demasiado en ponerse en contacto conmigo.
Ella está totalmente agotada creando el club de lectura sin mi ayuda, junto a la pastelería que acaba de abrir y, además, está ayudando al alcalde del pueblo con la organización de las festividades.
Desde luego ella es la persona que más ayuda en el pueblo a todo el mundo, algo que al final le acaba pasando factura.
—¿Mack, ¿cómo vas? —Al descolgar el teléfono sé que debo contestar rápidamente o ella me bombardeará a preguntas.
—Creo que eso es lo menos importante. ¿Cómo estás tú? ¿Y Kai? ¿La niña?
—Podré contestarte cuando dejes de preguntar. — No me he equivocado; ella es así, un torbellino lleno de energía.
—Lo siento, es solo que estoy algo nerviosa y preocupada.
—Como todos. ¿Te apetece que nos reunamos en On the sea? Aún tengo una hora libre para poder tomar un café y explicártelo todo.
—Estaré allí en quince minutos, debo dejar recogidas unas cosas en la pastelería.
Sé que me hará bien hablar con la que para mí es una hermana. Nuestra amistad se remonta a cuando teníamos diez años y ella llegó al pueblo, se mudó después de todo lo que sucedió. A Mackenzie no le costó nada empezar a amar el pueblo desde que llegó, tanto que parece que lleva aquí desde siempre.
Fue la primera que se acercó a mí cuando más lo necesité, la primera en darse cuenta deque ellos se habían ido y estaba totalmente devastada. Supongo que esa es la razón por la que siempre acabo recurriendo a ella cuando necesito desahogarme, igual que ella hace conmigo.
No estoy lejos de la cafetería de mis abuelos, así que en solo cinco minutos me encuentro entrando por la puerta y la campanilla no tarda en sonar, es una escena totalmente representativa de este lugar, sobre todo porque siempre provoca que mis abuelos se girenpara poder ver quién entra.
Esta vez, solo me encuentro a mi abuelo detrás de la barra haciendo cafés y con una sonrisa que ilumina todo el local.
—Mi pequeña niña, ¿quieres tu café de siempre? —Asiento con la cabeza y me dirijo hacia mi mesa favorita de todas, la que se encuentra casi al final del establecimiento y es la más luminosa.
No debería tomar más café cuando hace tan solo unas horas que tomé el primero, pero la realidad es que ni siquiera sé cómo han podido suceder tantas cosas en tan solo cuatro horas que llevo despierta, así que tengo muy claro que es más que necesario.
—Aquí tienes Coral, tu café con hielo y vainilla. —Mi yayo lo deja encima de la mesa con la pajita de mariposas que me pone desde que tengo uso de razón. Me enseñó que yo era como ellas y que siempre voy a poder ser libre—. Sabes que no debes tomar tantos cafés y menos si son tan azucarados, cariño.
—Es el primero del día… —Miento para que no se preocupe, pero su mirada de desaprobación hace que entienda que a él no puedo engañarle, así que me limito a sonreírle mientras él niega con la cabeza y vuelve hacia la barra.
El café ahora mismo es lo que me hace sentir viva, necesito estar despierta y al cien por cien por lo que pueda pasar en cualquier momento.
Aunque eso también significa que mi cabeza no pare de dar vueltas sin descanso, algo que en realidad en algunos momentos es útil, como ahora mismo.
Simplemente mirando el ambiente que se encuentra fuera de la cafetería, pienso en mil ideas distintas para que todo sea mejor.
Me dedico a apuntarlos todos en la pequeña libreta que siempre llevo encima.