3
No tengo ni tiempo de girarme para preguntarle qué quiere decir con lo que acaba de soltar. Una vez ha dicho esas palabras, acerca sus labios a mi cabeza y deposita un beso en ella que me derrite por dentro y me hace estar segura.
Pero cuando intento salir de mi ensimismamiento escucho la puerta de casa cerrarse tras de mí y siento que he perdido una vez más la oportunidad por no saber cómo ni qué decir.
Empiezo a pensar que se ha podido asustar o arrepentir, y la verdad es que lo entendería perfectamente, pero, aun así, esas palabras y gestos ya se encuentran grabadas a fuego en mi mente.
En cuanto me recompongo, continúo lo que vine a hacer para dejar preparado todo lo necesario para el almuerzo de Isla.
Después, me dirijo a la habitación donde se encuentra mi princesa durmiendo plácidamente para prepararle la ropa.
Escojo una falda de cuadros roja y negra junto a una camiseta básica negra y lo dejo todo perfectamente doblado sobre su tocador.
Acto seguido, me dirijo a mi habitación y de forma mecánica preparo la mía.
Escojo un pantalón de lino blanco y un top básico marrón de manga corta, necesito algo sencillo y cómodo porque mañana el día promete ser como hoy.
Todo está preparado y recogido cuando me siento en un taburete de la cocina y decido observar el reloj que marca la medianoche, hora más que suficiente para plantearme ir a intentar descansar y así poder olvidar por unas horas el día de hoy.
Una vez me encuentro ya en la cama, tras cerciorarme de que Isla se encuentra totalmente dormida y en paz, me dispongo a apagar todas las luces y poner la alarma justo cuando me llega un mensaje al teléfono.
Tormenta…
Solo una persona en el mundo me llama de esa manera, la única al que yo llamaba Sol, porque eso era para mí. El sol después de cada tormenta que me avasalla a lo largo de los años.
Esa noche él me dijo que el sol era aburrido, porque siempre era del mismo color, con las mismas funciones y la misma tranquilidad.
En cambio, la tormenta podía ser de mil maneras diferentes y venir cuando menos la esperas, pero más la necesitas.
Porque, según él, sin la tormenta no hay lluvia y sin lluvia no hay mundo.
Por eso, el corazón me late tan fuerte en cuanto comprendo que él es el destinatario del mensaje.
No busco recibir una respuesta. No busco nada y no sé ni por qué he contestado de esa manera, pero solo sé que podré dormir en paz.
Porque la tormenta y el sol siempre se necesitan el uno al otro. Como yo siempre necesitaré a Luca, aunque sea desde la distancia.
No recuerdo ni la hora en la que me dormí, por mi mente solo pasaban mil imágenes diferentes, desde Bella teniendo el accidente a Luca con sus manos en mi cintura.
Ha sido una noche de lo más intensa, y a eso le sumamos que he estado pendiente de Isla por si necesitaba algo, cosa que desde luego no ha sido así, no se ha despertado para nada.
Ni siquiera ahora que está sonando su pequeño despertador, con música infantil que le puse para que se levantara de buen humor, algo que yo habría agradecido de pequeña.
Desde luego es digna hija de su padre, porque mi hermano era igual en esto, ya podía haber todos los ruidos habidos y por haber en la casa, que era imposible que se despertara.
—Mi niña, debes despertar. — Le doy un beso suave en la frente—. Vamos, princesa, toca ir a la escuela.
—No quiero —protesta, pero yo estaba más que preparada para esta situación.
—Sí quieres, cariño, pero ahora mismo prefieres estar en la cama. Por eso vamos a empezar el día repasando todo lo que vas a hacer en la escuela y así seguro que tienes ganas de ir.
Es algo que aprendí a la hora de estudiar Pedagogía para ayudar a los niños, uno de los “traumas”, como lo llaman los padres, es el hecho de que sus hijos no quieren ir a la escuela.
La verdad es que eso es falso, porque en realidad cuando están allí ellos disfrutan, aprenden y son felices.
El problema es el apego que sienten hacia sus padres, pero el apego malo.
Es totalmente normal sentirse apegada a tu madre o a tu padre, pero con unos límites que estos progenitores deben entender, a veces el problema no son los niños, sino ellos mismos.
Los propios padres ya crean esa predisposición con comentarios sobre que entienden que los niños se queden en casa, que es normal preferir estar con mamá y papá o cosas de este estilo, es totalmente lógico que esos pequeños no quieran ir al colegio.
Si su red de apoyo y lugar seguro les está dando la razón, ¿ellos para qué van a querer ir?
Por eso, mientras Isla esté conmigo vamos a poner en práctica esta nueva manera de ver el mundo.
—¿Qué voy a hacer hoy? —Sus ojos azules me miran medio dormidos, esperando a que diga las mil cosas que tienen preparadas para hoy.
—No soy tu seño, mi niña, pero sí sé que hoy toca dibujar y pintar, además sé que tendrás recreo con todos tus amigos y podrás jugar y disfrutar como tanto sé que te gusta, incluso hoy continuaréis aprendiendo el nombre de los colores y os toca empezar a hablar del concurso de otoño.
Sus ojos se iluminan inmediatamente, su emoción es real, tanto que sale corriendo de la cama para ir directamente al lavabo a lavarse los dientes y así prepararse para empezar el día.
—¡Tía! —Escucho que me llama desde lejos.
—Dime, peque.
—¿Me puedes ayudar? —Me río mientras me encamino al lavabo, donde la encuentro dando pequeños saltos para poder llegar a la pica y poder lavarse los dientes—. En casa tengo una escalerita.
La mención de su casa me produce un nudo en el estómago, me da terror que empiece a preguntar por sus padres otra vez.
—La tía hoy irá a por una escalera —le digo mientras la alzo y cambio de tema rápidamente, algo que no acaba funcionando.
—¿Eso significa que me quedaré aquí unos días más?
No lo sé. Es lo primero que quiero responderle, porque verdaderamente no sé si se quedará conmigo, no sé los planes que tenemos. En parte porque Luca está aquí y quizás también quiera estar con ella, así que decido contestar con otra pregunta.
—¿Te quieres quedar conmigo unos días?
Ella asiente de manera impaciente mientras se lava los dientes y observo su gran sonrisa a través del espejo, llena de pasta de dientes.
Verla así, tan feliz solo por estar conmigo, me hace darme cuenta deque, por mucho que desde fuera todo sea un descontrol, aquí todo está bien y eso es porque nos tenemos la una a la otra.
—Hasta que mamá esté bien quiero que me cuides tú y el tío Luca.
Esas palabras hacen que poco a poco deje a la pequeña en el suelo, ella se gira a mirarme con toda la determinación del mundo y empiezo a pensar que esta niña es más mayor delo que nos hace creer, no es normal esta determinación y que tenga las cosas tan claras con casi tres años.
—Conmigo puedes quedarte siempre, lo sabes. Pero con el tío Luca es diferente, sabes que él no vive aquí y en algún momento tendrá que volver.
No sé exactamente en qué momento ocurre, pero una vez termino esa frase, me encuentro con un grito de su parte. Acto seguido, empieza a correr hacia la puerta, ni siquiera me da tiempo a cogerla cuando ya ha traspasado la puerta principal y sale a la calle, descalza y en pijama.
Los nervios y el miedo se hacen presentes en mi sistema y empiezo a gritar su nombre de manera desesperada mientras voy tras ella.
—¡Isla Mariner Bay! Vuelve aquí ahora mismo.
Ella sigue gritando a pleno pulmón mientras se dirige hacia el lugar que debería haber supuesto que iría, hacia la única casa ocupada de las cinco que se encuentran en esta zona y que además está tan cerca de la mía.
Ni siquiera sé cómo sabe que él vive ahí, pero en menos de dos minutos se encuentra en la puerta, gritando y llorando.
Esta se abre de repente, dejando ver a un Luca adormilado, en shock por la situación. No es hasta que llego delante de él que me doy cuenta de que se encuentra en calzoncillos y cómo no…, mi mirada se pierde por todo su cuerpo.
¿Un médico puede tener tantos tatuajes? ¿Y una persona normal puede tener tan marcados todos esos músculos?
Mierda, creía que los dioses desaparecieron hace demasiado tiempo. Pero, delante de mí se encuentra uno, sin ninguna duda.
—Mentiroso, mentiroso, mentiroso. —Es lo único que dice Isla cuando su tío la mira y le pregunta qué está ocurriendo, mis ojos se abren de par en par. No me puedo creer que Isla esté montando todo este espectáculo.
—Eh, pequeña, frena. ¿Por qué soy un mentiroso? ¿Y mis buenos días?
Luca se agacha para quedar a su altura y poder hablar bien con ella, no sin antes mirarme a mí, intentando entender qué ocurre.
—No te vas a quedar conmigo.
En el momento en que las palabras salen de su boca se gira y va directa al columpio que Luca tiene en su porche. Se sienta y empieza a hacer pucheros, dejando bien claro que está enfadada.
—Son las siete y media de la mañana, ¿podríais hacerme el favor de explicarme qué está pasando?
Sé que eso va por mí, así que no me queda otra que dejar de repasar su cuerpo y mirarlo a los ojos.
—Simplemente le he dicho que se quedará conmigo mientras todo esto se arregla y ha preguntado que si tú también estarías.
—No veo dónde está el drama o el problema. —Se encoge de hombros y yo suspiro. Bueno, ahora viene la parte difícil.
—Déjame acabar, por el amor de Dios. —Él me mira divertido, lo hace porque sabe que intento no soltar ni una sola mala palabra, algo que sabe que estoy intentando cumplir solo porque Isla está presente.
—Le dije que te quedarías, pero no mucho tiempo. Tiene que entender que tienes tu vida y tu trabajo fuera del pueblo. —Luca me mira con una ceja alzada, como si estuviera bromeando.
—Vale. Isla, ven aquí.
Nuestra sobrina, que nos mira haciendo pucheros y un poco enfadada, se niega a acercarse a su tío. Cosa que sé que le está sacando de quicio, porque no soporta que le ignoren y menos que esa persona sea ella.
—¿Cómo voy a decirte las cosas si no vienes?
La seriedad con la que dice esas palabras me hace retroceder un paso. Está molesto y él pocas veces lo está, tanto que hasta Isla lo nota, y se acerca a él con pasos pequeños.