El lugar donde aprendí a amar 2 #4
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Los cielos de Coralina siempre están llenos de estrellas, incluso hay una noche muy famosa que es la de Halloween, en la que se llenan todas las calles a medianoche, como una tradición, porque no solo es la noche de las tinieblas, la noche de la magia;

sino que aquí en Coralina es la noche de las estrellas fugaces.

Sin embargo, hoy cuando alzo la vista al cielo, lo único que encuentro son nubes cargadas, listas para descargar en cualquier momento, como si el cielo quisiera llorar con nosotros.

O así al menos lo siento yo. El universo nos está diciendo que nos entiende y que por eso el cielo hoy debe estar tapado, lleno de tristeza.

Las primeras gotas empiezan a caer en el momento en que entro a On the sea, encuentro a mi yayo terminando de limpiar las pocas mesas en la puerta de arriba, ni siquiera se ha dado cuenta de que he entrado,

decido subir sigilosamente para poder encontrar la paz que ellos siempre me transmiten y que tanto necesito hoy.

Cuando llego a la planta de arriba mi pecho se llena de orgullo al encontrar mi yaya sentada en una silla junto a Isla, leyendo un libro de esos dibujos animados que tanto le gustan mientras mi abuelo acaba de recoger y las mirade reojo, sonriendo. No puedo sentir más amor por estas tres personas.

Me encantaría no tener que interrumpir este momento, pero es demasiado tarde y debemos ir a dormir, así que carraspeo para hacerme notar. Isla es la primera en verme y sale corriendo hacia mí.

—Tía Coral, has vuelto. —La cojo al vuelo con todas mis fuerzas para abrazarla y sentirla.

—Claro que he vuelto, siempre volveré a ti, pequeña.

—¿Y mis papis? —He acordado con Kai que lo mejor será decirle lo que está ocurriendo, no toda la gravedad, pero sí lo que una niña de tres años puede entender.

Pero justo cuando estoy a punto de hablar con ella, un mensaje me suena en el teléfono.

Pese a que no tengo registrado el número, sé quién es y aunque odio admitirlo, siento una calidez en el pecho. Al menos no tendré que estar sola en lo más importante, buscar la felicidad de nuestra niña.

—Ahora hablaremos en casa, ¿vale?

Ella solo asiente, mi hermano y Bella han hecho un gran trabajo con su educación y sus sentimientos, con tan solo tres años es toda una princesa. No sé cómo se lo vamos a explicar, pero saber que Luca va a estar ahí también, en cierta manera, me da paz.

Sé que mis abuelos quieren preguntar por la situación, pero con la pequeña delante no es el mejor momento. Mañana, como ella tiene que ir a la escuela me escaparé un rato para venir a ponerlos al corriente, aunque conociéndolos seguramente se turnarán para venir al hospital.

—¿Tú estás bien, cariño? —Así es mi abuelo. Él se preocupa por todos, hasta por mí, le diga la verdad o no.

—Todo lo bien que se puede estar en una situación así.

—Saldremos de esto, Coralina unida siempre sale adelante.

Sus palabras calan en lo más hondo de mi corazón porque durante una temporada eso no fue así y la mayoría lo saben, aunque no quieran reconocer el daño que causaron.

—Isla ya ha cenado, así que está lista para irse a dormir.

—Gracias yaya, en serio. Venga Isla, debemos irnos, te tengo una sorpresa, pequeña. —Los ojos azules de Isla se iluminan de emoción, su inocencia me hace seguir creyendo en la vida cada día más.

—¿Una sorpresa para mí? Eres la mejor tía —exclama, encantada.

Emito una gran carcajada porque ese puesto se lo lleva alguien antes que yo, eso lo sabe absolutamente todo el mundo y lo corroboraré en el momento en que llegue a casa y lo vea.

Durante el viaje a casa, que tan solo está a unos diez minutos, Isla no hace más que parlotear sobre todos los libros que ha leído hoy, todos los dibujos que mi abuelo le ha imprimido para pintar y las ganas que tiene de que llegue finales de septiembre para empezar con el concurso de pintar

paisajes con los colores de la estación.

Porque sí, aquí en Coralina los niños en cada estación dedican unos días a pintar los monumentos más importantes e históricos con los colores más emblemáticos del pueblo para después exhibirlos en la feria otoñal que se lleva a cabo el uno de octubre.

Ese día es cuando las familias hacen el concurso de postres caseros a través de las frutas de temporada.

Esta vez, al ser de otoño, se harán con manzana, calabaza, higo, uva…

Ver la ilusión de una niña de tres años por el pueblo y que ya sea consciente de todas las actividades que se hacen con tanto amor es tan bonito que me ayuda a seguir entendiendo por qué este sitio es tan mágico para todo el mundo.

Nos toma más tiempo del que se necesita para llegar a la cabaña rosa, como le llama Isla desde que se dio cuenta del color de mi casa. Soy consciente de que mis pasos cada vez son más lentos, pero es porque no estoy lista para enfrentarme a lo que está a punto de ocurrir tras esas puertas.

Primero de todo, ella se reencontrará con su tío.

Después tendremos que explicarle la situación de la mejor manera posible y, por último, tendré que tranquilizar mi pulso para sentir que no voy a desmayarme por culpa de los nervios al tenerlo tan cerca.

Porque sigo sin entender qué me pasa con este hombre de ojos esmeralda.

Sé que no es amor, lo supe hace un tiempo, pero tampoco sé decir qué es y eso hace que cuando está lejos lo lleve mucho mejor que cuando lo tengo a escasos metros de distancia.

Isla me mira como si no entendiera nada, llevo dos minutos en frente de la puerta de mi casa, con las llaves en la cerradura y mentalizándome de lo que está a punto de ocurrir.

—Tía, empiezo a tener frío… —Esas palabras son suficientes para que abra rápidamente y deje de lado la voz que tenía en mi mente, ¿cómo puedo estar siendo tan egoísta con todo este tema con todo lo que estamos pasando ahora?

Ver entrar a Isla corriendo a casa como si la sintiera suya me llena de orgullo y felicidad.

Me quedo observando cómo va directamente a su habitación para sacarse los zapatos y cambiarse entera; en estos momentos la veo tan mayor que luego es un golpe de realidad ver que solamente tiene tres años.

En realidad, no los tiene aún, los cumple en tan solo un mes, pero es simplemente increíble lo mayor que está.

Aunque si me pongo la mano en el corazón lo único que siento es gratitud hacia mi hermano y Bella porque me dieron el mejor regalo. La realidad es que, aunque parezca una tontería, mi sobrina llegó años después de mi mayor tormento, pero vino para sanar heridas que ella ni siquiera podría entender.

—Isla, ven, que te ayudo. — Por muy independiente que sea, aún necesita ayuda para algunas cosas y yo encantada de poder hacerlo siempre, porque cuando crezca sé que lo echaré de menos. —Ahora cuando te laves las manos te enseñaré la sorpresa.

Su respuesta es empezar a dar saltos de alegría, no sé qué se le cruza por la mente, pero tengo claro que no es para nada lo que le espera.

Mientras preparaba diferentes cosas para que podamos dormir a gusto esta noche, he aprovechado para escribirle a Luca y avisarle de que podía pasar cuando mejor le viniera, pero que no fuera muy tarde para que Isla pueda descansar, dado que ya es tarde.

Además, he aprovechado para llamar a Kai y ver cómo van las cosas por allí.

—Hola, tata. —Su voz refleja un cansancio total y aunque me gustaría poder ayudar en algo más, pero desgraciadamente a veces debemos entender nuestros límites y hasta dónde podemos llegar sin sentirnos culpables.

—Hola, tete, ¿cómo van las cosas?

—Estoy algo nervioso, dormir separado de Isla es difícil, aunque estamos en una sala privada que Luca nos consiguió para así poder descansar.

—No estás solo, ¿verdad? —Si me dice que sí no podré dormir en toda la noche por culpa de la preocupación, más de lo que ya estaba.

—No, no lo estoy. Estaba Rafael, pero le he dicho que fuera a descansar. Ian se queda esta noche conmigo.

Suelto un suspiro tras sus palabras, si alguien en este mundo puede ser el soporte de mi hermano en estos momentos es Ian. Además, que él esté ahí sabiendo que Jessica, su pareja, está embarazada de seis meses y él aun así haya decidido quedarse a su lado significa mucho para nosotros.

—Te has quedado más tranquila, ¿verdad?

—Sí, mucho.

—Lo imagino… Ahora, ¿me puedes pasar a mi princesa, por favor?

Me encamino directamente a la habitación de Isla para que pueda hablar con su padre, al entrar la encuentro delante del pequeño tocador que le regalé por Navidad, la ilusión que ella tiene cuando se sienta aquí es inmensa, sobre todo mientras le peino la larga melena como si fuera toda una princesa.

Pongo el teléfono en su oreja y en cuanto escucha la voz de su padre no necesita nada más para que su mirada se iluminé y empiece a hablar con él, así que vuelvo al salón para darles algo más de privacidad y prepararme yo un té para poder relajarme después del día de hoy,

que siento que ha durado demasiadas horas.

Supongo, que la vida no está de acuerdo conmigo, porque justo en el momento en que pongo el agua a hervir, el timbre de la casa suena.

Me giro hacia la puerta, sé perfectamente quién está en el umbral y eso es lo que me impide abrirla.

Cuando lo vi en el hospital estábamos rodeados de gente, en un sitio público y sobre todo en una situación donde los recuerdos no azotaron con fuerza en mi interior.

Reencontrarme con él aquí, en mi hogar, y con Isla de por medio es otra cosa totalmente diferente.

Principalmente porque sé que si alguien pudiera leerme la mente pensaría que estoy totalmente loca solo por pensar tanto en el pasado o en una persona que tengo claro que no me tiene en la cabeza ni un 1% de lo que yo lo tengo a él,

y sobre todo porque su mundo es mucho más correcto y centrado que el mío.

Siempre ha sido así y me alegro por él, pero me hace ser una desgraciada.

Verlo a él es ver a la perfección en persona y verme a mí es ver al desastre del huracán arrasando con todo a su paso.