2
Antes de acercarme a la puerta que da a salida a la clase de Isla, la cual, como es de esperar, está llena de padres esperando a sus hijos, tengo que coger aire y respirar profundamente unas cinco veces antes de verme preparada para afrontarla situación.
Ver a Isla es ver a una versión pequeña de Bella y Kai, aunque desde luego a quien más se parece es a su madre, con su piel de color porcelana, su pelo rubio casi platino, y las pequeñas pecas por toda la zona de su pequeña nariz.
De nosotros solo tiene esos ojos azules como el mar y unos labios gruesos idénticos a los míos.
Desde luego, verla va a ser como ver una pequeña versión de su madre. Siempre me ha encantado eso, por el amor que siento hacia Bella, pero hoy va a ser un recordatorio de lo que está ocurriendo en un día tan aterrador.
Cuando por fin me acerco a la puerta de su clase, la de las olas, ella está vestida con su pequeño vestido color rosa y sus dos coletas, pero sobre todo con una sonrisa que ilumina el mundo.
Puede parecer una locura, pero después de todo lo que he vivido en el pasado, esta niña me devolvió el mundo, y el amor entero.
—¡¡¡Tía Coral!!! —Su voz ilusionada me hace sonreír por primera vez en muchas horas, abro bien los brazos para que se lance a ellos.
—Mi niña bonita, cuánto te extrañaba.
—Yo también, ¿dónde están mis papis? —No hemos hablado de qué íbamos a decirle y, por un momento, me quedo en shock mirándole esos enormes ojos azules.
—Hoy tienen un poco más de trabajo, comerás con la tía y después irás a la librería con la bisa Violeta. —No quiero prometerle que va a ver a su padre hoy, porque si luego no puede ser sé la decepción que se llevará.
—¡Bien! Hoy va a ser un día especial.
Su inocencia me hace darme cuenta de que para ella salir de su rutina diaria es tener un día especial, pero lo que Isla no va a poder entender es que los días especiales durarán un tiempo, hasta que en algún momento volvamos a la normalidad; o al menos eso espero.
De la escuela a mi casa solo hay cinco minutos, es lo bueno de vivir en un pueblo pequeño, pero durante el camino, Isla me cuenta absolutamente todo lo que ha hecho y lo contenta que está.
Me siento feliz, en parte, de que ella pueda vivir en la ignorancia sin entender qué ocurre con su madre o con el mundo en general.
Aunque yo soy de las primeras que piensa que no debemos crear una fortaleza alrededor de los niños, esta pequeña es mi debilidad y pienso hacerlo durante un tiempo más.
Cuando llegamos a casa se va directamente a la habitación que creé para ella, con su cama estilo princesa, un rincón lleno de libros y juguetes y hasta un pequeño escritorio para que pueda pintar y dibujar todo lo que quiera.
Siempre le ha fascinado que le imprima dibujos y así puede volar a través de su imaginación.
Por eso, nada más llegar, deja la pequeña mochila en su habitación y escoge un cuento para mirar mientras yo preparo la comida.
Todas las veces que ha venido a casa a la hora de comer hemos seguido este pequeño ritual, ya sabe que es muy pequeña para ver la televisión y, hace poco, le expliqué que un cuento es como los dibujos de dentro de la tele, solo que mejor, porque puedes imaginarte las voces,
los sentimientos y el mundo entero.
Esa es la razón por la que ahora es una amante de los cuentos, sobre todo de Frozen y Rapunzel.
Por suerte, me encuentro preparada para estos casos.
Tengo algo de pasta y tomate para hacer, no es que tenga mucha hambre, pero debo comer algo o Isla directamente ni se acercará.
Cuando toda la casa empieza a oler a comida, aparece el otro amor de mi vida; Silvestre.
Un gato gris de ojos azules que adopté cuando volví, solo tiene un añito.
El nombre, como se puede intuir, lo eligió Isla después de ver la película de Silvestre y Piolín.
Le dejo que ande a sus anchas por la casa y el jardín porque nunca se va más allá de la valla, lo cual es una gran tranquilidad.
No obstante, ahora es su hora de comer y es muy raro que la pequeña no haya salido a buscarlo nada más llegar.
Pero, en cuanto sale para avisarme que ha terminado el libro que ha elegido, lo ve y enseguida corre hacia él.
Por suerte, Silvestre se encuentra totalmente acostumbrado a Isla, y es el gato más cariñoso del mundo, tanto que empieza a ronronearle a mi sobrina en el momento que le acaricia.
Aprovecho para poner un cuenco con comida para él y le pido a Isla que se lo lleve a su rincón. Ambos salen disparados mientras yo termino de preparar la comida.
Las dos nos sentamos en la barra de la cocina unos minutos después, ella decide que es lo suficientemente mayor para sentarse como la gente mayor se lo permito. Justo cuando voy a preguntarle si le gusta la comida, suelta la única pregunta que no puedo contestar:
—Tía Coral, ¿cuándo va a volver el padrino Luca?
Lo echo mucho de menos. —No creía que ninguna pregunta superaría el temor que me da que me pregunte sobre sus padres más de una vez, pero estaba equivocada.
El verdadero pánico lo siento cuando pronuncia el nombre compuesto por cuatro letras que más respeto me da y que es, sin ninguna duda, la persona que más quiere Isla en el mundo entero.
Nosotros dos somos sus padrinos y, por tanto, como unos segundos padres para ella.
Nos lo tomamos muy en serio, tanto que, al principio, éramos más cuidadosos y miedosos que sus propios padres, nuestros hermanos.
Pero entonces todo volvió a la normalidad en nuestros respectivos lugares y, aunque yo la veo la mayoría de las vacaciones, a Luca por lo menos lleva sin verlo desde su cumpleaños; el año pasado, justo para Navidad.
Sé a ciencia cierta que hablan mucho por teléfono, pero para una niña de tres años que sentía verdadera adoración por su tío, no verlo le puede provocar un trauma, y aunque puedo ser muy pesada con eso por el hecho de ser psicóloga, todos saben las verdaderas razones también de mis preocupaciones.
—El tío Luca no sabe cuándo va a poder venir, cariño.
—Pero es el único que no ha vuelto todavía… —Tiene toda la razón, todos siempre hemos prometido que íbamos a volver para crecer y volver a nuestro hogar, pero hace tiempo que entendí que el lugar de esa persona no era Coralina.
Nadie sabe el dolor que eso me provocaba, sobre todo porque en realidad nadie sabía nuestro pasado a ciencia cierta.
—Sabes que el tío es doctor… ¿y sabes qué hacen los doctores?
—Salvar a la gente —exclama, con un orgullo enorme por saber la respuesta.
—Exactamente, cariño. Por eso él no puede venir tan seguido, porque tiene que cuidar de la gente.
Se queda pensativa por unos momentos hasta que, de repente, sus ojos brillan cuando una idea se le cruza por la mente.
—Entonces, me voy a poner malita y así tendrá que venir a cuidarme. —No puedo aguantar la risa que se me escapa, las ocurrencias de Isla son completamente increíbles e improvisadas, pero claro, una niña de tres años puede salirte con cualquier cosa, porque en su mundo todo es posible.
—Estoy segura de que cuando te pongas malita él será el primero en venir, pero recuerda que no está bien mentir, así que hasta que eso suceda el tío Luca se tiene que quedar para salvar vidas.
Hace un pequeño puchero acompañado de un suspiro, se ha dado por vencida, y yo me apunto una victoria en el día de hoy, no estaba preparada para más charlas incómodas.
Mientras compruebo que Isla se coma toda la comida, aprovecho para enviarle un mensaje a mi hermano, con la esperanza de que haya algún cambio favorable.
Desde luego no son las palabras que esperaba. Quiero que todo vuelva a la normalidad, ni siquiera recuerdo la vida más allá de esta mañana. Todo se ha puesto patas arriba en tan solo una hora y eso es muy frustrante, tanto como no saber qué pasará en nuestro futuro próximo.
Levanto la mirada del teléfono para poder observar a Isla, con toda la boca llena de tomate y la sonrisa llena de vida mientras termina de comer. No podemos hacer nada por Bella ahora mismo, pero sí podíamos darle la mayor normalidad y felicidad que podemos a ella, y justo eso es lo que intentaré.
Me siento nerviosa, e incluso como si estuviera haciendo algo malo por el hecho de estar en casa jugando con Isla en vez de en el hospital con todos, lo cual es algo que desde luego tengo que trabajar.
Mi cabeza solo hace que decirme que estoy fallando como hermana, que mi lugar está al lado de Kai y no aquí jugando.
Pero entonces recuerdo que no solo estoy jugando, sino cuidando a la persona más valiosa para todos los miembros de esta familia.
Hemos estado dos horas pintando castillos y princesas, hasta que he conseguido que pasemos a pintar dibujos otoñales y de Halloween, porque si algo amamos en Coralina es poder hacer de fiestas y reuniones momentos únicos e inolvidables.
Así que desde bien pequeños se vive todo con muchísimo entusiasmo y, como es la próxima estación que se celebrará, es hora de empezar.
Acabamos de pintar la última calabaza y me doy cuenta de que son las cinco y media de la tarde y es momento de llevar a Isla a On the sea para poder acercarme un rato al hospital.
—Princesa, ¿qué te parece si vamos a ver a la bisabuela Violeta y tomas un chocolate mirando libros?
Se levanta de repente de la mesa del comedor donde estamos pintando. La librería, junto al restaurante de Joey y Courtney, es su lugar favorito en todo el pueblo, así que cada vez que va allí es la niña más feliz del mundo.
—¡Sí, sí, sí!
—Está bien, coge la sudadera que hay en la habitación y póntela, que nos vamos —le indico, pues en Coralina siempre refresca.
Nada más salir de la cabaña a la que llamo hogar, puedes apreciar la magia de este pueblo, uno lleno de amor y bondad.
Todo el camino está lleno de árboles y jardines repletos de los colores del otoño; el naranja y el marrón predominan sobre toda Coralina y, aunque aún nos encontremos a principios de septiembre, el otoño es la estación del año que más prevalece junto al invierno,
de ahí que el clima sea fresco durante todo el año.