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—Porque soy el director de este centro, y mi misión es que se les dé su lugar a las personas que lo valen y tú lo mereces. —Lo dice con tanto orgullo… como si le hablara un padre a una hija.
No puedo evitarlo, lo abrazo como cuando era pequeña.
—Significa mucho para mí poder verme aquí, en el lugar que me vio crecer…
—Y has vuelto aquí, incluso después de todo lo que ocurrió. Nunca dudé, ni por un segundo, de que este era mi lugar.
—He vuelto a mi hogar— confieso y las lágrimas empiezan a recorrer mis mejillas…
Me niego a empezar mi primer día llorando por mi pasado o por los recuerdos. Esta es una nueva vida por la que siempre he luchado y, por fin, me encuentro aquí, a un paso de hacerlo realidad.
—Tu despacho está al lado del de Tyler, él es el encargado de ocuparse de los problemas menores antes de que lleguen a mí.
Una vez me explica dónde se encuentra, Rafael me guía por uno de los pasillos hasta una puerta de madera en la que pone mi apellido: Psicóloga Mariner… ver ahí ese nombre es todo un orgullo para mí después de todo lo que he luchado durante estos años.
—Gracias, Rafael, si no te importa voy a instalarme antes de que venga el primer alumno.
—Claro, no te robo más tiempo. —Está a punto de salir del despacho, pero se gira para poder hablarme una última vez—. Coral, lo harás genial. Si después tienes un rato pásate por casa. Aurora quiere verte y comentar unas cosas contigo.
Asiento, antes de ponerme cómoda en el despacho. Es perfecto.
Lo primero en lo que reparo es en un sillón donde hablar calmadamente con los alumnos y además un pequeño escritorio con un ventanal a su espalda cuyas vistas dan hacia el bosque que se encuentra al otro lado del pueblo, al otro extremo del mar.
Decido ordenar todo lo que traía en la bolsa por el escritorio: el portátil, la foto de Isla, mis diversas libretas… por el simple hecho de que no puedo ni siquiera pensar en algo que no esté organizado, es necesario para mi paz mental.
En el momento que me siento en el escritorio para empezar a teclear todo aquello que debo hacer hoy, llaman a la puerta.
Mi primer paciente ha llegado.
—Adelante, sin miedo. —La puerta se abre poco a poco y en el umbral aparece una cabellera negra con unos enormes ojos azules que hacen que me quede mirándola totalmente absorta por un segundo.
Lo que me rompe el alma es que no solo estoy viendo el color de sus ojos, sino que puedo ver el dolor que llevan dentro…
—¿Usted es la señora Mariner? —Casi me atraganto de la risa al escuchar cómo me acaba de llamar, desde luego a mis veinticuatro años no estoy preparada para que empiecen a hablarme de usted.
—Sí, pero puedes llamarme solo Coral. —Sus ojos se agrandan aún más en el momento que también digo mi nombre.
—¿Tú eres la famosa Coral Mariner? —Sé perfectamente que todos somos conocidos en el pueblo, pero aún me pone algo nerviosa el hecho de que alguien sepa cosas de mí sin que yo las haya contado.
Por el simple hecho de que conozca mi pasado.
—No sé si eso es bueno, pero sí, esa soy yo.
Se frota las manos con nerviosismo antes de hablar.
—Tú y Luca Bay sois un ejemplo a seguir por aquí, todo el mundo quiere ser como vosotros.
Aunque me halaga, no me gusta para nada eso de los famosos “ejemplos a seguir”.
Como psicóloga, he aprendido que eso solo significa ponerte presión, muchas veces de forma inconsciente.
Incluso sin que nos demos cuenta, tener un ejemplo a seguir, en nuestra mente significa que quieres llegar a ser esa persona.
Eso no está para nada bien, cada uno es de una manera; eso es loque nos hace ser únicos, con diferentes metas, recursos y sobre todo, pensamientos y sentimientos.
Es una de las razones por las que quiero poder ayudar a los jóvenes, porque yo era una chica con esa mentalidad, hasta que Bella me ayudó, haciendo que mi pensamiento cambiara por completo.
—Me siento muy halagada, pero no quiero ser un ejemplo a seguir, solo una visión de que si luchas por lo que quieres puedes lograrlo.
Noto que empieza a retorcerse los dedos, presa de los nervios, y no puedo evitar ponerme alerta. Ni siquiera le he preguntado por su nombre, pero bien que he metido el primer batacazo a una chica cuyo motivo para estar aquí desconozco todavía; no empezamos muy bien.
—Perdona, dime tu nombre, preciosa.
—Soy Andrea Williams, estoy en mi penúltimo año de high school…
—Tranquila, no necesito que te presentes completamente ahora, Andrea, solo quería conocer tu nombre para sentirnos a gusto.
Cuando se sienta en el sofá, noto cómo se relaja, como si por un segundo se hubiera olvidado de dónde se encuentra. Eso me alegra porque significa que, por un segundo, ha podido olvidar todo lo que tiene en la cabeza y centrarse en este lugar, el que quiero crear como hogar para los alumnos.
—No sé por qué estoy aquí. Mi profesor cree que me iría bien hablar con una especialista después de todo lo que me ha ocurrido.
Ese es un buen comienzo, alguien se ha dado cuenta de la necesidad de una de las alumnas y eso ya es un gran paso.
—Entonces empecemos por el principio, por aquello que tú quieras contar…
He hablado con Andrea un total de quince minutos, exactamente el tiempo que ha conseguido desahogarse. No es suficiente para poder saber qué ocurre, aunque mi cabeza está hecha un lío. Me veo reflejada en ella en varios aspectos y no sé cómo sentirme.
En el momento en que la veo salir de mi despacho, sé que necesito un poco de aire.
Decido adentrarme en los pasillos del instituto, se siente raro volver a pasear por ellos.
Sobre todo, porque los últimos años fueron una época muy dura, nadie se acercaba a mí.
Todos sabían lo que había ocurrido, pero tenían miedo de romperme con cualquier palabra, como si de repente estuviera hecha de cristal.
Sin importar las veces que lo quisiera alejar, él permanecía a mi lado.
Por mucho que siempre me empeñaba en negarlo, cada vez que sentía que estaba cerca, tenía la necesidad de girar la vista hacia él, de saber cómo estaba.
No quería que nadie a nuestro alrededor se diera cuenta, pero por mucho que yo lo alejaba de mí ante los ojos de todo el mundo, no podía dejar de lado el hecho de que ese chico me importaba más de lo que me gustaría.
Aunque, eso nunca fue suficiente para permanecer a su lado, no después de que me hubiera visto tan rota y destrozada.
Supongo que estos momentos son los que me hacen extrañarlo, recordar todo lo que hizo por mí. Mi mente enseguida me recuerda que debo volver a la realidad, entender que su decisión fue irse, aun cuando le pedí que, por lo menos, no perdiéramos el contacto.
Sé que en muchos momentos he necesitado un ancla al que aferrarme. Y, por mucho que el mundo no lo supiera, él era esa ancla. Desgraciadamente si se iba, no sabía si sería capaz de afrontar lo que vendría…
Aun así, semanas después, su camioneta negra desapareció, y él junto a ella, entendí que el ancla a la que tanto me había aferrado nunca existió.
Su decisión fue hacer que Coralina quedara en su pasado. Luca Bay decidió alejarse de todos, incluida yo.
No llevo mucho pasillo recorrido cuando el teléfono empieza a sonar en mi bolsillo, provocando que dé un respingo, sobresaltada. Me encuentro sumida en mis pensamientos, tanto que el ruido me desconcierta por completo, aunque no más que leer la palabra tete en el teléfono.
¿El pensamiento que me viene a la cabeza? Algo malo está ocurriendo, algo no va para nada bien. Es más, de lo que necesito para volver a la realidad, dejando todos los pensamientos sobre el pasado, presente y futuro en un segundo plano.
—¿Kai, ¿qué ocurre? —pregunto, con la voz temblorosa, él aún no se ha pronunciado, pero el dolor que siento en el pecho no hace más que aumentar.
—Coral, necesito que vengas al hospital. —Ahí está, casi nunca me equivoco.
No preguntó por qué, la voz atacada de Kai me hace asentir sin darme cuenta de que él no me puede ver. Salgo corriendo de los pasillos sin importarme la mirada de la gente o que mis cosas están en el despacho todavía. Mi objetivo es llegar cuanto antes al hospital.
Doy gracias por el hecho de que se encuentra a tan solo quince minutos andando, al otro lado del pequeño jardín de flores del pueblo, pero puedo asegurar que llego en tiempo récord y sintiendo que el corazón se me va a salir por la boca.
Entrar en este hospital no es algo que me haga especial ilusión. ¿La razón? Mi primer recuerdo al abrir los ojos después de lo que sucedió fue ver estas paredes blancas. Y no solo eso, aquí dentro me explicaron todo lo que había pasado, demostrando que no era una pesadilla, sino mi realidad.
No pienso en eso en el momento que empujo las grandes puertas azuladas del hospital de Coralina y entro a toda prisa, dirigiéndome a la sala de urgencias, la que se encuentra en el ala derecha.
Ni siquiera sé qué está ocurriendo, pero desde luego debe tratarse de algo grave porque toda la familia se encuentra aquí, tanto la mía como la de Bella.
Lo primero que me viene a la mente es Isla, si algo le ha ocurrido soy capaz de colapsar; ella lo es todo para mí.
El miedo y los nervios que están sufriendo todos son tan grandes que no se dan cuenta de que estoy aquí.
Aurora llora desconsoladamente, sus lágrimas caen una tras otra y empiezo a temer que le empiece a costar respirar, Rafael está a su lado, abrazándola, aunque también se encuentra llorando y es en este preciso instante que entiendo que el hombre más fuerte que conozco está totalmente devastado.
De modo que lo que está ocurriendo va a ser un golpe muy, pero que muy duro.
El abuelo de Bella, Joey, abraza mi hermano, quien se encuentra tirado en el suelo.
A su otro lado se encuentra nuestro abuelo, intentando que su nieto respire.
Mi lado protector se hace presente en ese preciso instante; si algo me duele más que mi sobrina, ese es mi hermano y su dolor.
Por ese mismo motivo no tardo ni dos segundos en lanzarme al suelo; a sus brazos, a mi lugar seguro en el mundo.
Con la única diferencia de que me toca ser su pilar en estos momentos.