El lugar donde aprendí a amar 1 #3
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Se me ocurrió una noche de julio cuando desde el porche de casa veía el mar junto al faro y miles de historias cruzaron por mi mente.

Siempre he sido una amante de la lectura, pero el mundo de la escritura no me llamaba la atención.

No obstante, eso ha cambiado, porque esa misma noche tecleé las primeras palabras y, sin entender aún en qué momento, a día de hoy llevo escritas más de quince mil palabras de locuras, aventuras, amor y aprendizaje.

Por eso, aprovechando que Mackenzie también regresó al pueblo, quise comentarle mi nuevo hobbie, y me dio la idea. Sus palabras textuales fueron: «¿por qué no crear un sitio donde podamos escribir y leer?».

Tengo claro que no tiene por qué ser un libro, sino todo aquello que alguien necesite soltar. Como amante de las letras me pareció increíble, pero como psicóloga me pareció el momento perfecto para ayudar a la gente de Coralina sin tener que hurgar demasiado en sus vidas.

No voy a mentir. La verdad es que imaginé que nadie se apuntaría, pero, sorprendentemente, aunque ahora mismo solo seamos mujeres, tenemos a por lo menos quince personas de diversas edades deseando apuntarse a esta aventura; espero llegar también a algunos hombres, la verdad.

Mis abuelos son los que más contentos están de que vaya a llevarse a cabo en On the sea, la librería que crearon. Eso significaba que pasaré aún más tiempo con ellos, ya que esas actividades se llevarán a cabo tres días a la semana.

La mañana empieza lo más calmada posible. La alarma ha empezado a sonar a las seis y media de la mañana, algo temprano sabiendo que no empiezo a trabajar hasta las diez, pero necesito avanzar con diversos proyectos que tengo en mente.

Sobre todo, porque también soy una persona que necesita tiempo para tomarse su café y disfrutarlo; un café con leche con un solo hielo y un chorro de vainilla. Sé que es algo dulce para muchos, pero para mí es la mayor gloria del día.

Salgo al porche a ver las olas del mar chocar en el agua, tengo la gran suerte de vivir a primera línea de la playa, en una cabaña pintada de color blanco con tonos negros y rosas de dos plantas llena de calidez.

Es el sitio perfecto para vivir y desde luego quiero disfrutarlo.

A las siete y veinte de la mañana me encuentro sentada delante del ordenador planificando mi día: hoy mi misión es conocer a cuatro niños nuevos del high school, me han dicho que pueden necesitar ayuda de un profesional.

Después, por la tarde, quiero mirar el nuevo curso que quiero empezar, uno donde te ayudan a entender mejor este mundo y te guían para crear las historias.

«Aprende a crear tu mundo», así lo voy a llamar.

Una de mis prioridades es prepararme para algo que no sé con certeza si podré afrontar. Y menos si no está a mi lado esa persona que prometió acompañarme en este proceso tan doloroso de mi pasado.

Aunque me dé miedo, todo cambió cuando al volver para las fiestas de Navidad el año pasado, llevando a Isla a casa de sus abuelos maternos, me encontré de frente con el pasado, uno demasiado doloroso y que mi mayor pesadilla desde hacía tiempo…

En ese instante, tuve que recurrir a mi hermano, y me enteré de que la persona que me provocó tanto dolor durante años había vuelto al pueblo, ya que iba a seguir el negocio familiar de su padre, que murió hace dos años: pasear por la costa con los barcos más famosos de Coralina.

No me cabía en la cabeza cómo, después de destrozarme la vida con tan solo diecisiete años, tenía la cara de volver aquí.

No negaré que me sentí cobarde, si hubiera luchado en un pasado no estaría en esta situación, pero era demasiado para mí en ese momento. Sin embargo, ya no puedo seguir así, no pienso ni respirar el mismo aire que él y más después de la maldad que vi en sus ojos ese mismo día.

Es por eso que he decidido buscar un hueco para hablar con mi hermano mañana mismo sobre el tema.

Con todo eso en la cabeza, me dirijo al baño para asearme y poder prepararme para el comienzo del día.

Durante años me costó mucho ponerme diferentes tipos de ropa. No era la mujer más feliz del mundo; siempre iba con lo más oscuro que encontraba pero aunque hay cosas que hoy en día aún me cuesta reconocer y avanzar en la vida, el tema de la ropa ha cambiado mucho.

Mi armario está lleno de vestidos florales veraniegos en diversos colores, como el rosa de volantes a partir de la cintura, pero el de color rosado con flores en blanco, desde luego es uno de mis favoritos.

Verme en el espejo con él me saca una sonrisa, a mis veinticuatro años estoy empezando a sanar heridas que ni siquiera sabía que aún estaban abiertas.

Pero quiero que hoy sea diferente. No quiero pensar en todo mi pasado; hoy quiero volver a empezar a crear el futuro que me merezco, aunque todavía me quede mucho por sanar.

Lo primero que hago cada mañana al salir de casa es ir aOn the sea para tomar mi limonada favorita. No debería tomarla cada día, pero nadie se puede resistir a la limonada de la señora Violet, mi abuela.

—Buenos días, yaya. —Aunque parezca algo raro aún para la gente, la cual se me queda mirando por la manera en la que llamo a mi abuela, para mí siempre ha sido así.

La familia materna de mi abuela es española y ella, desde que nacimos, nos ha hecho llamarla así, como ha sido siempre en su familia.

Así que por para mí son la yaya y el yayo desde el momento en que nací.

—Mi niña, hoy llegas pronto. —Mi abuela se encuentra detrás de la gran barra de porcelana blanca, exprimiendo a mano todos los limones.

Ellos no son mayores; mis padres nos tuvieron con diecinueve y veinticuatro años, por tanto, mi abuela solamente tiene sesenta años, lo que le permite seguir con su vida a un muy buen ritmo.

Según ella, se encuentra en la flor de la vida.

—¿Necesitas ayuda? —Ni siquiera deja de exprimir para mirarme de reojo.

—¿Estás diciendo que no soy capaz de preparar mi bebida estrella yo sola? —Una sonrisa sale de mis labios.

—Claro que no, nunca diría algo así. —Soy consciente de que nunca quieren ayuda, pero nunca dejaré de ofrecerla.

Ella, después de negármela, empieza a servirla bebida en las jarras y alza la mirada hacia mí.

—Entonces, ¿qué haces aquí tan temprano?

—Hoy es mi primer día en el instituto, y empiezo bastante fuerte: me reúno con una chica que necesita ayuda urgentemente.

Ellos son mi calma después y antes de la tormenta porque hablar con ellos sobre mis nervios me ayuda a volver a la realidad.

—¿Y se puede saber quién es? —No aguanto la carcajada que me brota de la garganta al saber que intenta obtener información para después utilizarla en su club del cotilleo del pueblo.

—Sabes que no puedo decir nada que pueda comprometer a los chicos, así que la respuesta es no, señorita —le digo, mientras la señalo con el dedo.

Alza las manos en forma de rendición.

—Está bien, me rindo.

—Así me gusta, ahora debo irme. La primera reunión es dentro de media hora.

—Te irá súper bien, mi niña, pero pásate después para saludar a tu yayo.

Nunca pasaría ni un solo día sin ver a mis yayos mientras estuviera en Coralina, es lo mejor de vivir cerca de ellos.

Mientras camino hacia el instituto me siento nerviosa. Llevo demasiado tiempo preparándome para este momento. Siento que estar cerca de los chicos me va a ayudar a sanar cicatrices, además de permitirme poder apoyar a quienes lo necesitan.

La escuela de Coralina no es la más grande del mundo, pero es muy acogedora: el recinto por fuera está decorado con figuras y formas que están ambientadas en el mar, y el color que predomina es el azul marino combinado con el celeste.

Sí, desde luego en este pueblo tenemos un problema con todo lo relacionado con el mar, pero es lo que nos gusta.

A decir verdad, el colegio ha ido creciendo poco a poco con los años y gracias a las subvenciones de los padres que ayudan en todo lo que pueden. En un pueblo tan pequeño cuesta que todo vaya bien con pocos recursos, pero aquí lo están consiguiendo.

Mi primer día en el centro no empieza hasta dentro de un rato y la verdad es que me emociona pensar que por fin voy a poder hacer lo que durante tanto tiempo soñé: ofrecer mi mano a aquellos niños que creen que no pueden seguir adelante y ahora mismo sienten que el mundo se está rompiendo.

Entrar al instituto un lunes a las diez de la mañana se me hace raro después de seis años.

Aún puedo ver todos los recuerdos en cada pasillo, en cada rincón y sobre todo el olor a mar que consiguen esparcir a través del ambientador que Rafael, el director desde hace veinte años, decidió poner desde la primera vez que estuvo en el cargo.

Es reconfortante sentirse en casa en una instalación que en el fondo sabes que te acompañó durante toda tu pesadilla.

Me acerco para poder ver las vitrinas en las que se exhiben los mayores logros que han ocurrido en el instituto durante toda su historia. Incluso se ven periódicos antiguos de la generación de mis abuelos, cuando ella era animadora y él, el quarterback del equipo. Todo muy de película.

Sin embargo, hay una foto que me llama aún más la atención, una que se encuentra junto a uno de los trofeos más importantes de todo el condado y cuya inscripción dice así:

En la foto se encuentra el mejor jugador que hemos tenido en Costamar, y no podía ser otro que Luca Bay. Me gusta verlo ahí, en su lugar, aunque ahora mismo mis sentimientos hacia él no sean los mejores.

—No solo está él. Lo sabes, ¿verdad? —Me sobresalto al escuchar una voz tras mi espalda y me giro para encontrarme con Rafael. Solo con verlo, a sus cincuenta años, confirmó que sigue siendo uno de los hombres más atractivos que conozco.

—¿De qué me estás hablando…? —Me siento totalmente confundida.

—Tú fuiste la mejor de tu promoción Coral, tú también mereces estar aquí.

Es cuando señala el otro lado de la vitrina, distingo perfectamente una foto mía en la que salgo sonriente. Una sonrisa que sé que no es la verdadera, sino la que usaba en esa época en la que me encontraba totalmente a la deriva.

—¿Por qué estoy aquí, Rafael? —inquiero, totalmente confusa.