El lugar donde aprendí a amar 1 #2
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Se crearon para poder sentir todavía más el vínculo de familia entre todos los habitantes y para poder atraer a toda la gente del pueblo.

Su objetivo era que muchos de nuestros vecinos quisieran quedarse a vivir en Coralina, sin embargo, durante un largo período de tiempo los más jóvenes empezaron a fantasear con irse a vivir fuera y buscar su camino.

No obstante, al implementar todos los cambios que se hicieron, muchos de los que pensaban irse eligieron permanecer aquí.

Para mí siempre fue la opción lógica: ¿por qué alguien no va a querer quedarse en este pequeño lugar del mundo?

En Coralina puedes encontrar desfiles en cada estación del año. De esta manera podemos inaugurarlas todos juntos: en verano encuentras puestos de limonada en cada esquina, ya que estas están creadas por los niños del pueblo y te la venden por tan solo un dólar.

Cuando la primavera empieza a florecer, el concurso de ramos o coronas es imprescindible, igual que el de tartas o calabazas en otoño. Pero los favoritos de todos son, sin duda, los que hacemos en Navidad.

Aunque si algo tenemos aquí es nuestra propia fiesta, el mejor festivo del año: la Fiesta Marinera, donde durante dos días al año todos salimos a bailar al ritmo de batucadas con diferentes herramientas típicas de la historia de nuestro pueblo.

Solo de pensar en todo lo que este lugar nos brinda me emociono, sé todo lo que la generación de mis abuelos luchó para conseguir que perdurase. Soñaban con crear un hogar lleno de amor, amabilidad, empatía y esfuerzo.

Supongo que esa es la razón por la que mi corazón ha vuelto aquí, porque dentro de mí siempre supo, desde el primer momento en que empecé la carrera de Psicología, que volveríamos.

Han pasado cuatro años desde que dije hasta pronto y ahora es el momento de poder decir:

¡Hola de nuevo!

A la vista está que muchas cosas han cambiado.

No soy la misma Coral que se fue llena de incertidumbre, la que no sabía el camino que le esperaba. Ahora soy una psicóloga que es consciente del gran camino que le queda por recorrer, pero también de lo mucho que ha avanzado.

Incluso he conseguido trabajo en el instituto y en el colegio del pueblo para poder ayudar a los niños que han pasado por algún proceso traumático como me ocurrió a mí; y por supuesto me muero de ganas de ayudar a mis abuelos en la librería/cafetería que crearon hace cuarenta años.

Aunque si tengo que elegir una sola cosa por la que me hace ilusión empezar este nuevo capítulo de mi historia, es la pequeña casa rosa de madera situada casi en primera línea de playa, en la que viviré sola por primera vez y podré convertir en mi gran hogar.

No puedo contener las lágrimas mientras recorro las primeras calles del pueblo, aquellas que me vieron crecer. Paseo por ellas con el coche sin prisa, como si tuviera que volver a quedarme con cada pequeño detalle de cada rincón, algo que no es cierto, porque no he olvidado nada.

Es entonces cuando lo siento; un pequeño temblor en mi interior cuando llego al final de la calle principal, la que te conduce hacia el bosque de nuestro pueblo, en el que todo ocurrió años atrás.

Paro el coche en el estacionamiento y me lo quedo mirando por un segundo, está totalmente tranquilo, con los rayos del sol alumbrando, como si fuera una de las maravillas del mundo.

Mientras a mí me vienen mil recuerdos de esa noche: los llantos, los gritos, las pisadas detrás de mí y, entonces, sus manos encima de mí, salvándome.

Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos, y debo retirarlas rápidamente antes de arrancar el coche y emprender el camino hacia mi destino final. No estoy nada capacitada para enfrentarme a mi pasado en este momento.

Era un recordatorio de que una herida seguía abierta, pero no estaba dispuesta a enfrentarme a ella, al menos no todavía.

Sigo conduciendo durante dos calles más hasta la casa de mis abuelos, porque no tengo ninguna duda de que allí se encontrará toda la familia esperando, sobre todo porque mi hermano, Kai, no sabe guardar ni un solo secreto.

Al abrir la puerta de casa, más gente de la que esperaba se abalanza sobre mí para recibirme con los brazos abiertos. La verdad es que solo me fijo en unas manos pequeñitas que siento un poco más abajo de mis rodillas y que tiran de mi vestido para que me centre en ella.

Al mirar hacia abajo, me encuentro con mi mayor debilidad: una niña rubia con dos coletitas, de tan solo tres años y medio, que empieza a hacer pucheros porque no la estoy alzando en brazos.

—Isla, mi niña. —No puedo contener las lágrimas al verla tan grande, como si el tiempo pasara demasiado deprisa cuando se trata de mi ahijada—. ¡Estás tan mayor!

La veo en videollamada varias veces al día, por el temor a que no me reconozca en algún momento.

Fui la primera en estar en el hospital cuando ella nació, así que sí, la distancia es dura, y más cuando tienes a una personita tan pequeña metida en la cabeza.

Por muy corta que sea esa distancia, no podía venir tan seguido, y hacía por lo menos tres meses que no la veía.

A Isla no le cuesta hablar, solo pronunciar algunas letras como la erre, aunque sí que es verdad que a veces prefiere las caricias a la hora de demostrar amor, algo que le ocurre desde pequeña. Por eso, lleva su manita a mi mejilla y se acurruca junto a mi cuerpo.

—Cariño, debes dejar que todos saluden a tu tía. — Entiende perfectamente lo que le dice su madre, pero su respuesta es abrazarse más a mí.

—Déjala Bella, ella está a gusto aquí.

Bella, la misma que fue mi psicóloga, es mi cuñada desde hace cuatro años, cuando nos fuimos a la universidad ella y Kai comenzaron a tratar mucho más.

Por eso, seis años después aquí estamos.

Kai y Bella son tan felices que las personas que no creen en el amor no pueden ni mirarlos, y me han traído el mejor regalo de la vida: Isla, mi ahijada.

—No te preocupes Bella, puedo saludaros a todos con ella en brazos.

—La consentís demasiado… —Esta vez es mi hermano quien habla y se acerca a mí para abrazarme. Mi sobrina se agarra más fuerte a mí pensando que su padre viene a separarnos.

—Tranquila peque, que no vengo a sacarte de tu sitio favorito.

Todos nos reímos, porque no podría ni, aunque quisiera. Isla es la persona más apegada a sus tíos; Luca y yo. Y aunque al primero, lo ve todavía menos por su decisión de marcharse fuera, nosotros la amamos con el alma.

Miro a mi alrededor y solo puedo sentir felicidad, vuelvo a encontrarme en mi lugar, en el sitio que me ha visto crecer y, sobre todo, donde voy a poder sentir cerca otra vez a mis abuelos, las personas a las que me dirijo a abrazar con el mayor entusiasmo del mundo.

—¡Mi pequeño solecito ha vuelto! —El entusiasmo de mi abuelo Alonso no se podría ocultar ni aunque quisiera. Estamos tan unidos que nunca imaginé vivir lejos de ellos, para mí lo son todo.

—Alonso, teníamos la certeza total de que Coral volvería. —Mi abuela me conoce demasiado bien—. Ella pertenece a Coralina, nunca mejor dicho.

Y así es. Yo pertenezco aquí, no como esas personas que se supone que son mis padres. Mi mundo está en este pueblo.

Puedo parecer algo intensa por sentir tanto amor por un lugar, pero puedo asegurar que todos los que somos de Coralina, cuando nos vamos, solo estamos deseando volver.

—Lo tenía claro, Violeta, pero después de todo lo que ocurrió hace seis años y ahora con todo el tema de Luca…

Me paro en seco al escuchar que lo mencionan y de manera negativa, lo cual me extraña, ya que él siempre fue el favorito, hasta de mis abuelos.

Es entonces cuando me doy cuenta de que él no está, se supone que volvería unos meses antes que yo, aunque estos últimos tres años ha estado más desaparecido, pero siempre pensé que lo haría.

Ahora, con lo que mi abuelo ha dicho, y con su ausencia, no lo tengo tan claro. Me giro a mirar a Aurora y a Rafael, los padres de Luca, y me doy cuenta de que no están tan alegres. Además, los abuelos Bay ni siquiera se encuentran aquí.

Me acerco a ellos para poder saludarlos. Siempre han sido muy importantes para la familia, incluso son como unos segundos padres para nosotros.

—Madrina. —Llamarla de esa manera me hace sentir una niña de cinco años otra vez, una que durante muchos años lo único que le preguntaba a su madrina era por qué no teníamos padres tan amorosos como ellos.

Su respuesta siempre era que nuestros padres eran nuestros abuelos, y eso era más que suficiente.

—Mi niña, estamos muy orgullosos de ti. —Rafael, mi padrino, es quien se acerca a abrazarme intentando distraerme del tema del que venía a hablar.

—Gracias, padrino, pero no lo intentes, preguntaré igual. Ellos simplemente niegan con la cabeza y siento decepción.

—Dice que es feliz donde está, a veces sale con una chica que se llama Sara. —Se me seca la garganta; y él lo nota—. No es nada oficial, pero está contento, y de momento se quiere quedar allí…

No sé qué decir. Sé que él se encuentra en Raleigh, a más de cinco horas de aquí.

Puede que sea muy feliz, pero ni siquiera podría venir rápido por una emergencia, ni siquiera sus abuelos disfrutan de él.

Siempre ha alardeado toda la vida de la conexión que tenía con Courtney y Joey, pero ahora los deja atrás.

Supongo que a eso me refiero cuando digo que no todos sienten el mismo amor por Coralina.

Siempre pensé que nuestro lugar, a pesar de todo nuestro pasado, de todo el dolor… se encontraba aquí.

Durante estos años imaginé que solo necesitaba tiempo, pero no tenía duda de que volvería…

Ahora solo estoy yo, y prometo que no los defraudaré.

Dos meses después…

El tiempo pasa demasiado deprisa, de eso no tengo ninguna duda.

Nos encontramos a finales de agosto. Para ser exactos, a día veintisiete, eso significa que hoy comienza mi primer día de trabajo en el colegio.

Sin embargo, como no sé estar quieta ni tampoco sé lo que es vivir en calma, por si no tuviera demasiadas cosas nuevas en mi vida, he querido crear el primer club de escritura y lectura del pueblo en la librería de mis abuelos, que también hace las funciones de cafetería.