El lugar al que pertenezco 40 Declan
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40 Declan

CUARENTA

DECLAN

Pasan las once de la noche cuando consigo escaquearme de mi hermano y me cago un poco en la puta.

Sé que no está bien, ha llegado a un acuerdo en el trabajo y ahora dice que se va a recorrer Europa porque necesita ver mundo, reordenarse la cabeza.

¿Cómo se reordena la cabeza de uno? No sé, pero no me gusta.

Nada de nada. Lo he convencido para que espere un poco, para que se lo piense, pero su decisión parece ser inamovible. Incluso lo ha hablado con mis padres.

En mitad del drama, que por mucho que mi hermano lo niegue ha resultado ser peor que el mío, le escribí un mensaje a Riley solo para que supiera que no me había arrepentido de lo que le dije y para pedirle que me esperara.

Declan:

Mi hermano no está bien. Voy en cuanto termine.

Ni se te ocurra largarte.

Riley:

¿Y si no qué?

Declan:

Prueba y verás. No hay puto sitio en este mundo donde puedas esconderte de mí. Ya no.

Riley:

Uy, eso suena a acosador en potencia.

Declan:

Suena a chico enamorado hasta las trancas.

Riley:

Declan, ven ya.

Y voy, pero cuando el sol se ha ido, y eso que aún estamos en agosto y en verano tarda mucho en marcharse. Por suerte para mí, Riley me espera en el alféizar con la gata en el regazo, una manta peluda y una copia desgastada de Frankenstein en una mano.

—¿Y Hardy? Me tienes engañado —le digo cuando apoyo un brazo en la ventana, con una mueca que quiere parecer ofendida pero que no lo es, porque verlo me llena de fuegos artificiales el pecho y creo que voy a estallar si no lo beso ya.

—Te dije que no me gustaba tanto, idiota. Y entra, que te vas a congelar.

La gata suelta un maullido de disgusto y sale disparada hacia el interior de la habitación. Riley me ayuda a entrar y en nada estoy frente a él, nuestros cuerpos pegados, sus labios temblorosos, su mirada cristalina.

—Has venido.

Estiro el brazo y meto la mano en el bolsillo de su pantalón para atraerlo hacia mí. Lleva una de sus camisetas sin mangas, los brazos al descubierto con sus mariposas alzando el vuelo, su piel el único mapa que quiero recorrer por siempre jamás.

—¿Lo dudabas?

Él traga saliva, se encoge de hombros.

—Yo…

—Ni se te ocurra decir nada. —Tomo su rostro con una mano mientras lo pego a mi cuerpo con la otra, lo suficiente como para que sienta mi excitación—.

¿Cuántas veces has tenido que reclamar tus derechos, cuántas has tenido que explicar quién eras, cuántas?

Me hiciste daño. Joder, me destrozaste. Pero eras un crío y tenías miedo.

Yo me habría hundido de estar en tu lugar.

Y aun así… te dejaste ver. No dejaste que la vida te aplastara.

Luchaste por algo que al resto nos regalan, luchaste por cosas por las que ninguna persona debería luchar.

—Declan… —Su voz suena rota, ronca, las lágrimas le inundan los ojos y está temblando, pero yo estoy aquí con él, lo agarro con fuerza, lo quiero, y no pienso dejarlo solo; jamás.

Deslizo los labios por su mejilla para beberme su dolor, le beso la punta de la nariz, la comisura de la boca, y le doy pequeños mordiscos en la mandíbula hasta que le arranco una sonrisa que me hace sentir un puto superhéroe, y también el tío con más suerte del mundo.

—¿Recuerdas aquello que me dijiste sobre lo de ser normal?

—Llevo los dedos a su barbilla y se la subo con los nudillos; necesito que me mire a los ojos, que vea todo lo que siento por él—.

Me vino a la mente el otro día. Yo… hay cosas que he olvidado.

Para escapar del dolor, supongo. Ni siquiera fui capaz de reconocerte y, joder, soy gilipollas.

—Él va a decir algo, pero no lo dejo—. El caso es que ese recuerdo vino a mí y no dejo de pensar en él.

Me preguntaste qué era la normalidad y, cuando no te supe responder, me dijiste que para ti era ser invisible, y que no querías serlo porque entonces no te vería.

Y no te vi, Riley. No vi nada. No vi lo que sufrías, no vi lo solo que estabas ni cómo te trataban, no vi que me estabas llamando a gritos.

Estaba sordo y ciego. No entendí que solo necesitabas que te viera.

Y, cuando te fuiste, no vi nada de lo que me contaste en tus cartas porque estabas muy lejos de mí. No vi lo mal que lo pasaste.

Riley lleva las manos a mis hombros; la angustia le vibra en la piel.

—No fue culpa tuya, eras un crío y yo tampoco te dejé…

Me alejé porque era lo más fácil y luego no supe cómo volver a ti.

Los años pasaron y yo cambié, primero de aquí —se señala la frente— y luego de todo lo demás.

—Hace un recorrido por su rostro, por su cuerpo—.

Había cambiado tanto… ¿Cómo podía presentarme delante de ti? Tú solo querías a Rory.

—No, yo te quería a ti —replico; los dedos me tiemblan en su piel—. Quería lo que tienes dentro, Riley; quiero lo que tienes dentro.

—Lo sé. Ahora lo sé. Pero tenía mucho miedo.

Y si leíste las cartas…, entontes ya sabes cómo me sentía, y lo mucho que te echaba de menos.

Eras mi amuleto. Me agarré a tu recuerdo y lo llevé atado a mi pecho.

Cuando me fallaban las fuerzas, cuando me sentía solo y confundido, siempre regresaba a ti.

—Suspira hondo—. Antes…, en el teatro, dijiste que yo era el lugar al que pertenecías.

Tú siempre fuiste el mío. Siempre. Intenté que no lo fueras cuando conocí a Richard, quise olvidarte; pero ya ves cómo salió.

Y luego volví y tú estabas ahí y eras mi hogar.

Lo estrecho entre mis brazos, fuerte, como si quisiera metérmelo dentro, y él suspira y hunde la cara en mi pecho, y llora, y yo dejo que lo haga porque a veces llorar te libera y él tiene derecho a ser libre.

El viento agita las ramas, la gata ronronea, mi corazón retumba y el de Riley le devuelve los latidos.

El tiempo pasa y resulta que a nosotros no nos puede importar menos.

Minutos o siglos después, cuando se recupera, le levanto la barbilla y me bebo de nuevo sus lágrimas, le quito su dolor y me lo quedo. Y sonrío. Y él me devuelve la sonrisa.

—Te veo, Riley. Y te quiero por quién eres y también por todo lo demás.

Te quiero ahora y te voy a querer siempre.

Y me da igual si el mundo nos ve como una anomalía.

Míranos. —Lo cojo de las manos y me alejo un poco para examinarlo de la cabeza a los pies, y para que él me examine de la misma manera—. Somos una anomalía perfecta.

—Lo somos —repite él, y su sonrisa me parte en dos, pero de felicidad.