39 Antes
TREINTA Y NUEVE
ANTES
RILEY Y DECLAN
La primavera en Spellwood siempre olía a algo dulce, a hierba fresca, a sol.
Olía al verano que se acercaba, a esa libertad que creías que podías tocar con la punta de los dedos, pero no.
Olía a risas, a nervios, a la crema de cacahuetes que Declan se untaba en los dedos y se llevaba a la boca en los desayunos en el jardín, esos que disfrutaban en familia los domingos por la mañana cuando hacía bueno.
Pero también olía al Festival de San Patricio, con sus desfiles, su feria y esa música que no dejaba de sonar en las calles.
—¿Por qué te escondes? —le preguntó Declan a Riley cuando descubrió que se ocultaba en los vestuarios del pabellón deportivo, donde se celebraban los talleres de baile, las manualidades y los partidos de fútbol gaélico y hurling, tanto para adultos como para niños.
Se había sentado entre las taquillas, en un pasillo diminuto donde nadie lo vería a esa hora, y Declan se colocó como pudo a su lado, arrastrando el culo y ocupando el poco espacio que había.
Riley quiso quejarse, pero solo le salió una risa ronca que Declan le devolvió con cariño.
—No me gustan las niñas, por eso —confesó sin mirarlo.
Le daba mucha vergüenza que su amigo descubriera la verdad.
Y es que Riley no se entendía con las niñas, no encajaba ni lograba conectar con ellas.
Se sentía… raro. Invisible, pequeñito, un juguete roto.
Y lo odiaba. No a ellas, claro que no, Riley era demasiado pequeño para sentir una cosa como esa; lo que odiaba era lo que sentía cuando estaba con ellas. Ese malestar, ese estar pero no estar.
—Pues vente con los niños. ¿Ellos te gustan?
—Soy yo quien no les gusta a ellos.
—Bobadas. —Lo empujó con suavidad—. ¿Por qué no ibas a gustarles?
—Declan, yo no pinto nada ahí.
—Estamos jugando al fútbol, y tú corres más rápido que yo. —Declan lo volvió a empujar—. Y resulta que yo soy el más rápido de todos ellos, así que imagínate. Van a alucinar cuando te vean.
—No lo harán. Mírame. —Le dedicó una mueca y se señaló el cuerpo, el vestido horrible que su madre le había hecho ponerse—. No me parezco a esos niños. Ellos no quieren a nadie que no se les parezca.
—Si lo dices por la ropa, tengo alguna en la taquilla que te puedo prestar A mí no me importa, aunque a lo mejor a ti sí.
Es que huele un poco a sudor porque se me olvida llevarla a casa.
—Declan se puso rojo, pero enseguida añadió, solo para quitarle hierro al asunto—: Además, ¿qué más da?
No tienes que parecerte a nadie. Tú eres tú y ya está.
—Se le llama encajar, bobo.
—Encajarás, yo me encargo.
—No puedes encargarte siempre, no funciona así —se quejó Riley, y se abrazó más a sus piernas.
—Claro que sí. Eres mi persona favorita. Siempre habrá un hueco de tu tamaño a mi lado. Eso no va a cambiar. Y da igual si llevas vestido o chándal.
—Odio los vestidos. —Lo dijo intentando taparse las rodillas con la tela del suyo. Quería coserse la ropa al cuerpo para que nadie viera nada, para ocultar toda esa piel y lo que había debajo de ella.
—¿Te presto algo?
A Riley se le escapó una lágrima. Declan se inclinó hacia él, se la limpió con el nudillo y se la llevó a la boca.
—Qué asco —dijo Riley con una mueca.
Declan le sacó la lengua. Los rayos de sol entraban por las diminutas ventanas superiores y se derramaban sobre sus pecas enfatizadas por el rubor de sus mejillas.
A Riley le pareció uno de esos duendes que decoraban los pasillos del pabellón y del colegio con motivo de las festividades de San Patricio.
—No da nada de asco. Tu dolor sabe salado, y me lo pienso comer cada vez que aparezca. Lo masticaré hasta que deje de existir.
—Es líquido, bobo —replicó Riley con una sonrisa—. No se mastica.
—¿El dolor? Porque tú lo digas…
Se sonrieron. A continuación, Declan se levantó, le dio la mano y fueron hasta su taquilla para coger las prendas más limpias que había.
Sí que olían un poco a sudor, pero también a él, y a Riley no le importaba nada.
Declan se puso a dar vueltas mientras Riley se cambiaba y, cuando por fin se detuvo a su lado, Riley sonrió con timidez.
La cara de Declan parecía un árbol de Navidad de lo mucho que brillaba.
—¿Vamos a machacarlos? —dijo.
Riley le cogió la mano y se acercó. Tenía las mejillas coloradas.
Lo quería tanto… Le daba miedo la distancia que se abría ante ellos.
Riley sabía que esa ropa que llevaba no lo salvaría por mucho tiempo; solo era un pequeño puente, un paréntesis que le serviría ese verano, pero el siguiente ya no.
En nada el tiempo se lo comería y Declan no estaría ahí para correr a su lado.
Porque no eran iguales, aunque Riley sintiera que sí.
—¿Qué pasa? —le preguntó Declan—. Estás poniendo una cara muy rara.
Riley abrió la boca, pero no supo decirle cómo se sentía. No pudo.
—Las cabinas de teléfono.
—¿Qué?
—¿Sabes ese momento en el que Clark Kent entra en la cabina y se cambia de ropa para convertirse en Superman?
Solo son unos segundos, aunque puedan parecer eternos.
Un paréntesis. Superman entra siendo una persona y sale siendo otra.
—Riley bajó la vista un instante, tan diminuto como el tiempo que tardaba el superhéroe en entrar y salir de la cabina con su capa roja ondeando el aire; sentía tanta vergüenza…
, tanta… Y era raro, porque él era Declan, su Declan, y con él no debería sentir vergüenza, ni miedo, ni nada malo, ¿verdad?
Y aun así… no podía evitar que el pulso se le acelerara y le sudaran las manos y se sintiera más extraño aún en su propia piel—.
Tú eres mi cabina. Yo… tengo miedo todo el tiempo, pero tú haces que me sienta valiente.
—Cogió aire y lo soltó de golpe, los dedos de ambos muy apretados—.
Es más que eso, Declan; haces que me lo crea.
Declan sonrió. Riley también lo hizo.
Después, salieron al campo y volaron. Y Riley ocupó su sitio, siempre al lado de Declan.
Y Declan no dejó de mirarlo en ningún momento.
Y el tiempo pasó, y el aroma a primavera dio paso al verano, y pasaron más estaciones, y más años, y la distancia se fue abriendo más y más entre ellos, y el adiós terminó por llegar, y con él el invierno en sus corazones. Y el frío.
Sobre todo el frío.