38 Riley
TREINTA Y OCHO
RILEY
«Me has echado de tu vida como si yo no fuera nada».
«Nunca has creído en nosotros».
Las palabras se repiten en mi cabeza como una de esas canciones malas, con la diferencia de que esto es la vida, mi vida, y duele.
Duele porque suenan a verdad. Lo eché, lo ignoré, y no creí en nosotros.
No lo he hecho nunca. Y no entiendo cómo puedes querer a alguien y no creer.
Es… como no creer en ti mismo. Y yo creo en mí.
Si hay algo en lo que he creído siempre, es en mí mismo.
Mi vida no ha sido fácil y el camino ha estado lleno de baches, pero he tenido unos agarres increíbles: mis padres, Millie, Cassandra y el recuerdo de un amor que siempre estuvo ahí, inmutable en el tiempo, pero en el que dejé de creer como quien deja de creer en los cuentos de hadas y en Santa Claus.
Quizá porque me acostumbré a las miradas inquisitivas, al rechazo.
Me aterraba que aquel chico al que tanto había querido me mirara diferente, estropear lo más bonito que he tenido nunca, lo que ni el tiempo me ha podido arrebatar.
«Me has echado de tu vida como si yo no fuera nada».
«Nunca has creído en nosotros».
Necesito verlo. Necesito pedirle que me dé una oportunidad, decirle que se equivoca.
Que creo tanto en nosotros que no he dejado que nadie más entre en mi vida como lo hizo él, que me he pasado años asegurándome de que nadie se acerque a lo que fuimos juntos para no estropearlo, para no perderme.
Porque sin él…, sin los recuerdos de lo que fuimos, no tenía nada más que un camino con bifurcaciones que podrían llevarme a alguna parte o a ninguna.
Y yo sentía que no había lugares a donde pudiera ir que no fueran él.
Ese día no salgo del teatro. Emily está preocupada por mí.
Ha hablado con mis padres, lo sé, pero no me ha comentado nada.
Intenta distraerme, se asegura de que coma, me sirve una taza de chocolate tras otra, me pide que me cambie otra vez.
Y mientras espero a que haga algunos retoques, me dedico a observar el decorado, ya casi terminado, que imita al París del siglo XVII.
Incluso con las limitaciones de un pueblo como Spellwood, el resultado es increíble y resultón y todos se esfuerzan para que sea perfecto.
El carro antiguo, la pastelería, la pequeña zona de guerra para el acto más dramático de la obra, el famoso balcón de Roxane…
Estoy tan concentrado en los detalles que no me doy cuenta del revuelo que hay en medio de la estancia, donde el grupo se reúne con los recién llegados, hasta que escucho su voz. Nuestros ojos se encuentran en la distancia y a mí se me saltan ocho mil latidos.
Ha venido, está aquí y me está mirando. Emily le dice algo, Shay se ríe por algo que le cuenta el grupo de actores, Liam tiene cara de querer estrangularlo, ni idea de por qué.
Casi todos quieren hablar con él, pero él no aparta la mirada de mí.
Está hecho un desastre. Tiene los ojos inyectados en sangre, la camiseta de manga larga arrugada y el cansancio en la piel, más pálida que de costumbre, menos llena de vida.
—¿Por qué cojones va de Roxane? —La pregunta va dirigida a Emily, pero me señala a mí mientras se acerca sorteando a los presentes con toda su gracia.
Emily lo sigue, libreta de tareas en mano.
—Declan, hijo, menos mal que has venido. Tienes que probarte el traje. Hemos ajustado un poco la cintura y…
—¿Dónde está David? —inquiere al ver que nadie responde a su pregunta.
—Le ha surgido un viaje y no podrá estar aquí.
Declan se detiene delante de mí. Su mirada pasa de mi cara al vestido que llevo y vuelta a empezar. Es… como si no supiera dónde poner los ojos.
—¿Y le has pedido a él que haga de Roxane? ¿En serio?
Su tono de voz duele, mucho. Está enfadado. No me quiere aquí. Y vale, lo entiendo. Lo he decepcionado como nadie, pero… ¿de verdad me lo tiene que decir así, delante de todo el mundo?
—¿Tienes algún problema con que participe en la obra?
Porque ya lo estoy haciendo desde el principio —le recuerdo señalando el vestido que llevo puesto, de falda dividida, escote cuadrado y mangas abullonadas, todo muy incómodo pero precioso y fácil de quitar, ya que el corpiño solo es una imitación que he creado para que los chicos se muevan con más libertad por la obra.
—No seas ridículo. Yo haré de Roxane.
Lo miro, me mira. No tengo claro cuándo se ha acercado tanto, pero me tiemblan las manos y el cuerpo, quizá por el enfado, quizá por los nervios de tenerlo ahí, tan cerca, cuando ya creía que no volveríamos a estar así.
—¿Por qué? —pregunta Emily—. Ya tenemos el vestido listo, solo faltan unos cuantos retoques.
—Pues lo retocas más. Yo haré de Roxane y tú de Cyrano —me dice como si él fuera el director de la obra—. Me sé los diálogos, puedo cambiar de papel sin problema.
—Pero yo no —replico—. Ya casi me sé todo el guion, y la función es en cinco días.
—Pero es que no puedes hacer de Roxane. —Hay tanta impotencia en su mirada… Tanta angustia…
Y entonces lo entiendo. Se me forma un nudo en la garganta. Algo dentro de mí se convierte en un charco de lava y creo que voy a llorar. De felicidad, de amor, de todo.
—Declan, puedo vestir de mujer sin ningún tipo de problema. Da igual la ropa que me ponga, sé quién soy.
—Además, está buenísimo —añade Shay, que sale de alguna parte y se cuelga del cuello de su amigo—. Nadie quiere ver tus piernas peludas bajo la falda.
—No se ve nada bajo la falda. Tenemos putas medias. —Declan lo empuja hacia atrás, pero Shay vuelve a colgarse de él arrancando risitas que se oyen por toda la sala.
—En serio, estás increíble —me dice Shay, y yo le sonrío con timidez, porque Declan me sigue mirando. En realidad, todo el teatro me está mirando y solo espero no sentir el mismo vértigo cuando tenga que actuar de verdad, porque madre mía…
—¿Algo más que quieras decirme? —pregunto.
—Muchas cosas —contesta con una sinceridad apabullante—. Yo… he leído tus cartas.
Me quedo sin aire, y no sé qué decir, así que no digo nada.
—¿Te parece bien?
—Las escribí para eso —contesto en un murmullo que no entiendo ni yo; así de nervioso estoy.
—Vale, chicos. De verdad que no quiero estropearos el momento, pero…
necesito arreglar ese vestido —Emily me tira de la manga con suavidad—, y tú necesitas probarte el tuyo —le recuerda a su hijo—.
Está en el cuarto del fondo, el que uso para coser.
Hazlo y avísame para que lo revise. Y luego termináis de ayudar con la decoración, ensayáis un par de horas y podéis iros a hablar todo lo que queráis.
Declan va a replicar, pero su madre levanta el índice para acallarlo.
—Riley, cielo, pásame el traje para darle un par de puntadas y te la devuelvo.
—Se me queda mirando y yo bajo la vista al vestido.
No es la primera vez que me lo quito delante de ellos.
De hecho, en lo que va de día lo he hecho cuatro veces, pero…
él no estaba aquí, no me estaba mirando.
Busco una salida, el baño o lo que sea, pero el «nunca has creído en nosotros» vuelve a caer sobre mí, y decido que no voy a esconderme. Nunca más me esconderé de él.
Cojo aire y lo suelto despacio mientras me quito el vestido y lo dejo caer al suelo.
No aparto los ojos de él y él no despega los suyos de mi cuerpo.
Es… como si me viera por primera vez. Distingo dolor, y orgullo, y un amor que no me merezco pero que es mío.
Las lágrimas le nublan la mirada, la nariz se le enrojece, las pecas se le enfatizan allá donde el rubor se le extiende por la cara.
Me agacho y le paso el vestido a Emily, quedándome en pantalones cortos y medias, y ella me aprieta la mano con cariño antes de desaparecer en el cuarto habilitado como taller.
No me avergüenza mi cuerpo, todo lo contrario. Pero él está ahí y me está mirando. Y es… raro, y bonito, y excitante. Declan no me mira con rechazo, lo hace como si no existiera nada más hermoso en el mundo.
El silencio es apabullante y busco algo que decir, quizá sobre las cartas o sobre mis padres, cuando Liam se coloca detrás de su hermano y le pasa la mano con brusquedad por la barbilla.
—Deja de babear, tío, que das mucha grima.
—Quita, idiota. —Declan se revuelve y aparta a su hermano de un empujón cuando este le apoya el mentón en el hombro. Shay se parte de risa, lo que provoca las carcajadas de los presentes y también la mía. No sé quién de los dos está más rojo, si Declan o yo.
—¡Chicos, a trabajar! —Eso lo dice Emily, que saca la cabeza por la puerta para avisar de que nos vigila.
—¿Vienes a mi casa después? —le pregunto un poco demasiado nervioso. Todavía me está mirando el cuerpo, los tatuajes, mi piel al desnudo. Sigue rojísimo y me contengo para no cogerlo de la mano y arrastrarlo hacia mí, sentir el calor de su piel en los labios, comérmelo a besos.
La mirada se le ilumina al contestarme que sí con un gesto de cabeza.
Liam le suelta un «puaj, tío, deja de mirarle los pezones, que das asquito» y le limpia otra vez la barbilla.
A continuación, se empiezan a pegar y acaban en el suelo, rodando entre las telas del decorado.
Emily los regaña. Yo solo puedo pensar en la forma en que se le han iluminado los ojos, y en que me ha dicho que sí, que quiere hablar conmigo, y en que aún hay esperanza.
Lo miro una última vez y me dispongo a buscar el guion para darle un último repaso antes del ensayo cuando lo siento acercarse.
Me rodea la cintura con un brazo para girarme y acabo aplastado contra él.
Su aliento me hace cosquillas en la mejilla cuando me sujeta la cara con la mano libre para alzarme el rostro y acariciarme el labio inferior.
Tres segundos es el tiempo que me da para que me aparte.
Luego atrapa mis labios, ahí, en el teatro, delante de todo el mundo.
Me besa por todos los años en que no lo hizo, un beso profundo que me deja sin aliento y con un nudo de nervios en mi interior.
Los aplausos llenan la estancia, Emily nos vuelve a regañar, Liam hace que vomita en el suelo y Shay le come la boca solo para que se calle.
Nosotros nos separamos para respirar. Y puede que nuestros labios ya no se toquen, pero los dos seguimos dentro del beso.
Declan hunde los dedos en mi pelo y me eleva al rostro para que lo mire.
—Te quiero, Riley. Tú eres el lugar al que pertenezco —me dice antes de soltarme y salir disparado hacia la habitación donde su madre lo espera para que se pruebe la ropa. Y yo me quedo ahí, con mi «te quiero» y la certeza de que sea donde sea donde nos lleve la vida, iremos juntos.