El lugar al que pertenezco 37 Carta de Riley
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37 Carta de Riley

TREINTA Y SIETE

CARTA DE RILEY

Hola, Declan:

Me gusta repetir tu nombre, ¿sabes?

Declan. Declan. Declan.

Lo hago a veces, cuando estoy solo en mi habitación y mis padres no escuchan.

No quiero que se preocupen. Cuando se lo comento a mi psicóloga, me dice que no tengo que avergonzarme, y que siempre puedo intentar llamarte, o enviar de verdad una de estas cartas.

Echo de menos pronunciarte. También echo de menos tu voz.

Me imagino cómo sonaría mi nombre en tus labios.

El nombre que yo he elegido. Riley. Luego me doy cuenta de que ya no recuerdo tu voz y se me pone un nudo en la garganta.

Ha pasado mucho tiempo desde la última carta, lo sé.

He intentado escribir más, pero este año ha sido…

complicado. Demasiados cambios, mudanzas, personas.

A veces siento que camino por la vida como cuando vas por ese paso de peatones que hay en pleno Tokio, el cruce de Shibuya.

Fui a Japón con mis padres en abril del año pasado, porque mi madre quería ver los cerezos en flor.

¿Lo has visto en las pelis? Estás ahí y a la vez eres invisible, insignificante, nada.

Sientes tanto y nadie se da cuenta. ¿Cómo es posible?

Tengo veinte años, lo que significa que hace casi dos que empecé el tratamiento hormonal.

Los cambios fueron rápidos. El calor, la irritabilidad, el vello corporal, los granos que me llenaban la cara, el aumento de peso, el empezar a hacer ejercicio para mejorar mi físico…

Fueron tantas cosas… Es abrumador, Declan.

Quizá te preguntes qué fue lo más duro, y quiero compartirlo contigo.

Lo más duro fue lo que más necesitaba cambiar: mi aspecto.

Un día me miré al espejo y no me vi. Tenía a un desconocido de mandíbula más cuadrada y una voz grave que me había arrancado la agudeza de la mía.

Me costaba mirarme casi tanto como odiaba hacerlo antes de empezar el tratamiento.

Ya no tenía que tapar los espejos para no verme, y, aun así, sentía que alguien ajeno a mí me estaba devolviendo la mirada.

Me costó asimilar que esa persona era yo, esa que había estado ahí siempre, oculta, encerrada. Yo saliendo por fin a la luz.

Usaba binder por esa época, estaba obsesionado con ocultarme.

Lo estaba incluso cuando dormía al otro lado de tu ventana.

Nunca te diste cuenta de cómo me ocultaba.

Los pechos me crecieron mucho a los quince…

Los odiaba, tanto que a veces me hacía daño intentando hacerlos desaparecer.

La disforia creció a medida que ellos lo hacían, y cuando me vino la regla me quise morir.

No te diste cuenta de cómo me encogía y me encorvaba al caminar.

Algunos pensaban que iba de «machito» por la vida, pero solo era mi miedo aplastándome los hombros.

Me acostumbré tanto a protegerme que aún sigo haciéndolo sin darme cuenta.

El cuerpo tiene memoria y hay cosas que nunca se van por mucho que quieras. El cuerpo no olvida.

La vergüenza me creció dentro cuando empecé a ganar peso y tuve que ir al gimnasio y enfrentarme a todos esos cuerpos tan distintos al mío.

Por nada del mundo quería que lo supieran.

Mi amiga Cassandra (una mujer trans que estuvo a mi lado durante mi transición) me ayudó a elegir mis primeros packers, igual que lo hizo con el binder años atrás.

Y me sentí un poco más tranquilo, más… yo.

Poco a poco, mi mundo empezó a estabilizarse.

Me hice la mastectomía un año después de empezar el tratamiento y, después de mucho pensar y hablarlo con mi psicóloga, no quise operarme de nada más.

Ya tenía que lidiar con las hormonas durante toda mi vida.

No te voy a mentir en esto tampoco: no fue fácil.

Pero ya estaba acostumbrado a que nada lo fuera, supongo.

Quería intentar estar en paz con mi cuerpo, y creo que lo estoy consiguiendo, Declan.

Sé que no todas las personas trans sienten como yo, que cada caso es distinto, y que muchos no necesitan cambiar su físico.

Al final, nos imponemos a una sociedad que te dice que tienes que parecer un hombre para hacer algo tan simple como entrar en el baño de los hombres, para que no te miren, para que no te juzguen.

Y yo… necesitaba que me vieran como yo me veía.

Quizá no lo entiendas. A mí me ha costado mucho tiempo de terapia aceptar que no soy un cobarde por ello.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue mirar el fajo de cartas que llevo años escribiéndote y darme cuenta de que había perdido la posibilidad de mandártelas.

Porque ya no era Rory, no era la chica a la que querías.

Nunca fui una chica, Declan, pero así era como tú me veías.

Lo más probable es que, si me pusiera delante de ti ahora, ni siquiera me reconocieras.

Había muerto para ti, y algo dentro de mí, esa fuerza que me había mantenido entero y que tenía que ver contigo, se rompió al comprenderlo.

Esta es mi última carta. No creo que pueda hablarte sabiendo que no volverás a escuchar mi voz ni verás el mismo rostro que yo veo al mirarme en un espejo.

A veces me da la sensación de que los hombres trans no existimos, ¿sabes?

Se lo escuché decir una vez a un chico en uno de esos vídeos que me ayudaron a comprender quién era.

Fue en la época en la que contaba los días para empezar el tratamiento y convertirme en la persona que ya era por dentro.

El chico decía que solo existimos antes de la transición, y que cuando la hacemos somos tan eficientes que desaparecemos.

Nadie nos reconoce. Somos un rostro nuevo en el baile de máscaras que es el mundo en el que vivimos.

Nadie habla de nosotros, nadie nos menciona y nuestra voz suena igual que la de cualquier chico cisgénero.

Uno más entre un millón. Pero estamos. Existimos, aunque nadie nos tenga en cuenta. Existimos, incluso cuando no nos ven.

Declan. Declan. Declan.

Qué bonito suenas. La vida no fue amable conmigo, pero ¿sabes qué?

He tenido unos padres increíbles que nunca me han hecho sentir pequeño ni han intentado convertirme en alguien que no soy.

He tenido una vida difícil, pero en ella te conocí, y aunque nunca más me veas, quiero que sepas que siempre serás el lugar al que pertenezco.

Siempre tuyo,

Riley